miércoles, 18 de abril de 2018

Gloriana en el Teatro Real. 18 de abril de 2018.


Gloriana. Tenía ganas desde hacía mucho de este título inusual en la obra britteniana. Inusual  porque  fue un fracaso en su ceremonioso  estreno en la coronación de la Reina Isabel II  del Reino Unido, y eso la afectó en su posterior consideración. Sin embargo, tiene todas las papeletas para ser más tenida en cuenta; pese a que a mí me gusta más Billy Budd o su magna obra Peter Grimes.

Con una inspirada (y muy británica) partitura, Benjamin Britten y su libretista William Plomer nos presentan un retrato humano de la gloriosa Isabel I de Inglaterra, a la que llamaron Gloriana en su tiempo. Una reina con apariencia poderosa y severa pero por dentro agotada. Ella ama a un noble que la traicionará, y ese amor por ese hombre le pasará una terrible factura.

Britten nos regala pasajes inspiradísimos  como la vigorosa obertura, las bellas danzas corales y las danzas  del final del acto segundo, el dúo de Mountjoy y Penélope, el tormentoso inicio del acto tercero o la escena final, que podría pasar como de banda sonora de cine.

Dice la prensa que el Teatro Real se está ganando la fama de experto en Britten: tras las excelentes producciones de Billy Budd y Muerte en Venecia; ahora vuelve a apuntarse un tanto con esta gran producción de Gloriana, lo que hace pensar que va camino de convertirse en un teatro "britteniano".



En esta ocasión, la puesta en escena recae sobre David McVicar y su equipo, que apuesta por una dirección clásica y de gran belleza. En el escenario está presente una estancia en cuyo centro se encuentra un enorme disco escénico que representa un antiguo mapa de las Islas Británicas, sobre el que se levantan tres arcos dorados gigantes (lo que sería un antiguo globo planetario), que simbolizan la grandeza del poder real pero también de lo opresivo del mismo. La estancia es de color azul y el coro se sitúa en unas plataformas alrededor de la esfera. Sobre las paredes a veces se proyecta un cielo estrellado y en medio hay una enorme puerta que se abre solemnemente cuando aparecen los personajes.  McVicar con la dirección de actores y la estupenda recreación del ambiente cortesano de la época nos transmite el lado más humano y frágil de Isabel I: una mujer que reina y no puede permitirse vivir para sí, aunque tenga momentos de evasión e incluso de ironía como en el final del acto segundo. Utiliza la iluminación de forma magistral, como en el tercer acto, ya que consigue poner al público en ambiente, como en la tensa discusión de Essex e Isabel, o el contraste de iluminación plena con iluminación tenue y oscuridad en el gran monólogo de la reina; que en un momento se enfrenta a la presncia de un distante Essex en medio de la oscuridad a punto de ser ejecutado. Deliciosas las danzas corales, con una recreación fidedigna de los bailes de ese tiempo. Brigitte Reiffenstuel crea para la ocasión un precioso vestuario, con trajes espectaculares para la reina, y de tonos oscuros para los cortesanos.



Ivor Bolton estuvo al frente de la orquesta. La dirigió a un gran nivel, pero no llegó a lo excelso como el Budd del año pasado. Obtuvo de la misma un gran sonido y unos tempos un poco lentos pero convenientes al drama, subiendo el nivel respecto de la Aida de hace un mes. Por otro lado, la enérgica y breve obertura sonó demasiado lenta para mi gusto; algo que no se puede pasar por alto cuando se trata de uno de los momentos más conocidos de la partitura pero al acabar esta la dirección remontó a un buen nivel. La dirección fue creciendo a medida que avanzaba la función. Bolton conoce a profundidad la música de Britten, y como resultado la orquesta obtiene unos resultados disfrutables. 

El coro estuvo en su habitual gran nivel: deliciosa interpretación la de las danzas corales del segundo acto.


Anna Caterina Antonacci fue Isabel I o Gloriana. Por fin vemos a esta gran artista en una ópera escenificada en Madrid,  y así poder al ver animal escénico en acción. A sus 57 años, posiblemente la voz ya no sea lo que fue (aunque aún da recitales barrocos impresionantes, donde es maestra) pero no ha perdido la autoridad y la destreza interpretativa. La voz a veces tiende a (y en esto me recuerda a Josephine Barstow en el vídeo de Philida Lloyd) vibrar , pero algo de belleza queda. Antonacci es una gran actriz, y su caracterización de la reina Isabel es intachable: esos defectos vocales los emplea en su interpretación de la anciana soberana fatigada, a veces cruel, otras enamorada y sensible. En el acto tercero estuvo memorable.


Leonardo Capalbo tiene el físico ideal para el joven conde de Essex (o Roberto Devereux, como en la genial ópera de Donizetti del mismo título y tema)  y una voz agradable para este personaje. Otra cosa sería en Verdi, pero aquí consigue una interpretación apropiada y más que correcta.

El resto del reparto se mantuvo a un gran nivel. De bella voz la Penélope de Sophie Bevan, y muy dignos Duncan Rock y Paula Murrihy como Mountjoy y Lady Essex, sobretodo esta última. Quizá faltase un poco de profundidad a la de todos modos buena voz de David Soar como Raleigh, y Leigh Melrose fue un Cecil tétrico y convincente. James Creswell cantó muy bien su parte de cantante de baladas ciego, con una bella voz de bajo y Sam Furness y Gerardo López fueron unos comprimarios de lujo como el Espíritu de la máscara y el Maestro de Ceremonias respectivamente.



Anna Caterina Antonacci recibiendo el saludo del público sola y luego con el resto del equipo.

Aunque el teatro no estaba lleno y el público aplaudió educadamente la obra en comparación con la Aida del mes pasado, no cabe duda de que se ha estado ante una función de gran nivel. Se ha hecho justicia a la partitura y eso pone de manifiesto la capacidad del Teatro Real de producir grandes montajes brittenianos que tienen posibilidades de convertirse en referencia.




Las fotografías no son de mi autoría, si alguien se muestra disconforme con su publicación en este blog le pido que me lo haga saber inmediatamente.


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