Madrid, 5 de octubre de 2026.
Puccini cosechó su primer gran éxito, un gracias a su perseverancia. La popular historia de la cortesana Manon Lescaut, narrada por el Abate Prevost, que pasa sacrifica el amor por el lujo, y finalmente es deportada a América, donde halla la muerte; ya había sido adaptada a la opera por Daniel Auber, y con mucho más éxito por Jules Massenet, en su famosa ópera Manon. Puccini quedó cautivado por la historia, pero se encontró con la resistencia de la casa Ricordi, la gran editora de ópera italiana, precisamente por el éxito de la versión francesa. Sin embargo, el éxito que ha tenido esta ópera desde entonces (sin llegar al nivel de las cuatro grandes del maestro, y dependiendo del lugar, sin ser tan frecuente), demuestra la razón que tenía Puccini; quien ve a Manon a través de su lente apasionada, dramática, intensa, con acompañamiento de una hermosa música.
En Madrid, Manon Lescaut es una total rareza. En el Teatro Real no se representa desde 1906, ya que era más popular la de Massenet. Pero en 1978 se representó con Plácido Domingo y Eva Marton en el Teatro de la Zarzuela. Desde entonces, no se había vuelto a representar en la capital hasta ahora. Algo incomprensible habida cuenta de las grandes producciones que hay de esta ópera en el mundo, incluso en España, ya que en Barcelona se ha representado a principios de año, e incluso tiempo atrás se vio allí la bellísima producción de la Scala de Liliana Cavalli. Lo más parecido a ver esta ópera que hemos tenido los madrileños en tiempos recientes, fueron los fragmentos que Anna Netrebko y Yusif Eyvazov interpretaron en su gran concierto de septiembre de 2024. Por lo tanto, estas funciones con una producción procedente de la Ópera de Colonia a cargo de Carlos Wagner, son una oportunidad histórica para los aficionados locales. Ya no hay que viajar para ver esta ópera.
La producción del señor Wagner es visualmente impactante, no molesta demasiado en la acción de la obra, y permite seguirla sin demasiadas alteraciones, aunque tiene altibajos, es decir momentos incomprensibles. La puesta en escena traslada la acción a los años 40 o 50 del siglo pasado. El telón se abre y primero muestra el escenario reducido: Edmondo es un cantante y sobre un escenario y ante un micrófono tiene lugar su intervención, que abre la obra. Des Grieux hace lo mismo poco después. Antes de que llegue Manon, se levanta el telón al completo y muestra un enorme tiovivo. Hace Manon su aparición, con un vestido blanco que representa su pureza inicial, antes de que la vida la lleve por otro camino. Cuando los amantes escapan, se suben al tiovivo, que representa la breve felicidad de ambos antes de la tragedia. En el segundo acto vemos a Manon ya vestida provocativamente, convertida en la querida de De Revoir, con la complicidad de su hermano. Manon bailará sensualmente en una barra, al lado de dos bailarines masculinos, y luego con todo un grupo de caballeros, en un guiño al cabaret. En el tercer acto, donde antes estuvo el tiovivo, ahora hay una enorme jaula, donde Manon está presa, esperando la deportación. Muy intenso el momento en que las mujeres deportadas son llamadas una a una y desvestidas, dejándolas solo con un camisón negro. Durante la interpretación del famoso Intermezzo, cambiado de sitio, se proyectan olas de mar que muestran la deportación. El acto final representa solo la base del tiovivo, mientras que Manon y las otras deportadas, aquí una suerte de diferentes evocaciones de su personalidad, avanzan junto a Des Grieux. Durante toda la función, el suelo del escenario estaba decorado de tal forma que parecía encharcado. De ahí que, no se entiende que Manon, cuando manda a Des Grieux a buscar agua, de repente vea su reflejo en los supuestos charcos y no beba. Tampoco hay mucho sentido en que Des Grieux por momentos abrace a las otras figurantes en lugar de a Manon, ni que muera al final de la obra, poco antes de que lo haga ella. La intensidad teatral está, pero no casa con la historia en absoluto.
Al frente de la Orquesta del Teatro Real se encuentra el aclamado maestro italiano Nicola Luisotti, quien la ha dirigido maravillosamente, haciéndola sonar con intensidad desde el primer momento. Al igual que en el Trovatore de hace unos meses, el espectacular sonido que Luisotti extrae de la orquesta hace que esta busque su sitio y plante cara a los intérpretes. Claro que eso hace que en no pocas ocasiones los cantantes sean tapados por el exuberante manto sonoro de esta obra. Muy a destacar las interpretaciones de los violonchelos y de la viola solista en el intermedio sinfónico, a cargo de la señora Olga González, quien estuvo fantástica. El Coro del Teatro Real a cargo de José Luis Basso, se impuso en todas sus intervenciones, superando el reto, valga la redundancia, de superar a la potente orquesta que tenían debajo: así, las coristas se lucieron en el primer acto. De nuevo volvemos a ver a este coro que además de cantar actúa genial: desgarradores en lo actoral en el tercer acto cuando deportan a las mujeres.
Dos repartos han sido convocados para estas funciones, que se han visto modificados en más de una ocasión. En primer lugar, el tenor Brian Jagde estaba previsto para el primer reparto como Des Grieux, pero por motivos de salud tuvo que salir de la producción, y al tenor del segundo reparto, el estadounidense Michael Fabiano, se le encargaron sus funciones. De este modo, teníamos en escena a una de las parejas artísticas más aclamadas en este repertorio: el propio Fabiano y la también estadounidense Sondra Radvanovsky, soprano tan querida por nuestro público. Sin embargo, se anunció que por enfermedad de la soprano del segundo reparto, Saioa Hernández, las funciones que debía cantar el 3 y el 6 de este mes, las pasaba a cantar Radvanovsky, y de la de esta noche, por tanto, que correspondía a la norteamericana, se encargó una soprano emergente, la alemana (hija de albanesa y boliviano) Carolina López Moreno.
Los que fuimos a la función de esta noche nos hemos llevado una desilusión mayúscula al conocer la noticia. De hecho, yo me enteré nada más hacerme con el programa. No sentía un enfado tan grande desde que me pasó la misma experiencia en 2007, cuando supe que Francisco Casanova sustituía a Roberto Alagna en Il Trovatore, nada más abrir el programa una vez sentado en mi butaca.
Sin Radvanovsky, Fabiano y la orquesta se adueñaron de la función. El tenor estadounidense, uno de los habituales del Real, volvió a impresionar con su potentísima voz, con un timbre más dramático y de volumen generoso. Pese a algunas complicaciones en el primer acto con algún que otro agudo, desde la famosa aria Donna non vidi mai, en la que empezó a controlar la situación y que cantó bellamente; el resto de la función vino rodada. Su interpretación fue desgarradora y con un canto intenso, como en "O tentatrice, È questo l'antico fascino" en el segundo acto, o su súplica en el final del tercero, totalmente conmovedora, o en el dúo final, exclamando desesperado "un soccorso, un soccorso"... totalmente convincente. Es un placer ver a este tenor darlo todo en escena, y más en Puccini, su especialidad.
López Moreno estrenó esta producción en Colonia, por lo que no podría haber reemplazo más fácil. La soprano alemana es, como ya he dicho antes, una soprano en ascenso: ha cantado con éxito en Barcelona, Verona y Roma, entre otros teatros; además ha grabado con Thomas Hengelbrock la versión original de Cavalleria Rusticana en disco. Físicamente, también es una excelente opción, al ser una mujer joven, muy bella y de físico espectacular, ideal para el montaje. Vocalmente es una intérprete más sensible, y con una voz con momentos líricos y otros dramáticos. En el In quelle trine morbide dio una versión más bien intimista, lírica, algo que también hizo en su gran aria final, Sola, perduta, abbandonata, del acto cuarto. Sin embargo, el tamaño de su voz no pudo superar en ocasiones a la orquesta que tenía debajo. Uno de sus mejores momentos fue en el tercer acto, donde abordó con un tono más oscuro, "Tremo, pavento per te!...", terminando con un desgarrador grave en "Tremo a un periglio che ignoto m'è", y en su despedida de Des Grieux antes de subir al barco, "Des Grieux, fra poco lungi sarò...", donde su voz se oyó de nuevo con un precioso timbre dramático. El público del Real supo premiar su esfuerzo con una gran ovación.
El resto del elenco estuvo a un buen nivel, aunque no se lleve la misma atención que la pareja protagonista. Lucas Meachem fue un Lescaut bien cantado y actoralmente socarrón, Alejandro del Cerro fue un correcto Edmondo, que fue tapado por la orquesta en el inicio. El veterano Pietro Spagnoli fue Geronte di Ravoir, en una interpretación cómica y con voz audible. Entre el elenco se contaba el gran Mikeldi Atxalandabaso, como el maestro de baile. Mercedes Gancedo tuvo su momento de lucimiento en su breve y bella intervención en el segundo acto, que acometió muy bien.
El teatro estaba altamente ocupado, pero no lleno. Aun así, el público disfrutó de esta bella ópera, tan bien servida. Hubo grandes ovaciones para Fabiano, López Moreno y Luisotti. Me comentó un amigo que era una obra difícil de escuchar, comparada con las cuatro grandes del maestro, pero yo encontré una música preciosa, que anticipa lo que vendrá en Bohème y Tosca. Esperamos que no tengan que pasar otros cuarenta y ocho años para volver a verla en el Real: con estas funciones se le ha hecho una reparación histórica.
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