Madrid, 30 de septiembre de 2026.
Hace dos años, el Teatro de la Zarzuela estrenó por todo lo alto una nueva producción de "La Verbena de la Paloma", de Tomás Bretón, con gran éxito. No podría ser de otro modo, siendo quizá la más famosa de las zarzuelas, aunque sea de oídas el público de todas las edades conoce el título de la obra o frases míticas como "Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad", "Por ser la virgen de la paloma un mantón de la china-na te voy a regalar" o "Dónde vas con mantón de Manila". En aquel 2024, todas las localidades estaban vendidas. Además se dio la feliz circunstancia que se programó en mayo, coincidiendo con las fiestas de San Isidro. Después de su programación en Madrid, la producción viajó, según mencionan en la revista Bachtrack, a Sevilla, Santander, Oviedo, Málaga y Tenerife. Este mes, la producción de Nuria Castejón vuelve al teatro de la calle Jovellanos, colgando de nuevo el cartel de "no hay billetes". Después de estas funciones irá a Valencia (donde estaba programada para noviembre de 2024, pero las trágicas inundaciones de la DANA obligaron a cancelar todas las funciones) y Valladolid.
La producción de la señora Castejón mantiene el mismo encanto que la hizo triunfar en su estreno. De hecho, se me ocurre que podría (ojalá) seguir el camino de la producción de Mario Gas de La del Manojo de Rosas, y convertirse en un clásico de este teatro, sujeta a muchas reposiciones en el futuro. El tiempo dirá. La Verbena, por sí sola, dura poco más de una hora. Para hacer un espectáculo más largo, se ha recurrido a su propia historia: bien es sabido que esta obra maestra se estrenó en el Teatro Apolo, la "catedral del género chico", en 1895. Pero en 1929 cerró sus puertas y fue demolido, para ser sustituido por la flamante nueva sede del Banco de Vizcaya (actual BBVA). Esta producción toma esa historia como base de un sainete lírico llamado "Adiós Apolo", como prólogo a La Verbena, en la que se narra el último ensayo antes de la última función en dicho teatro: en él no solo aparecen personajes cuyas vivencias y reivindicaciones, feminismo, aumento salarial, situación política, son reconocibles para el público moderno, de ahí que se divierta, sino que los números escogidos muestran algo aún más fascinante, aunque ya se sepa. Que algunos de los números escogidos, como la Polca japonesa de El Pobre Valbuena, o el Tango del Cinematógrafo de La Gente Seria, son muestras de cómo la zarzuela, y especialmente el género chico, han tratado todos los temas y realidades del mundo, a través de su mirada satírica.
Al terminar este prólogo, comienza la zarzuela propiamente dicha: La Verbena de la Paloma. Un deleite para la vista, como ya dije hace dos años, con la realista escenografía de Nicolás Boni que parece uno sentirse en La Latina o Malasaña, el coqueto vestuario años 20-30 de Gabriela Salaverri, o la iluminación de Albert Faura, muy destacada en la escena de la Soleá, iluminando maravillosamente el Café de Melilla. Todo esto contribuye notablemente al disfrute visual, algo que para el público del Teatro de la Zarzuela es cada vez menos frecuente, al parecer.
Tanto tiempo después de su estreno, seguimos disfrutando pero también reconociendo como actuales temas como la escena el Sereno y los guardias hablando de política (buena está la pulítica), o los tóxicos celos de Julián, incapaz de respetar la independencia de Susana, y que ver infidelidades por todas partes: si la joven amada se siente cansada pero al final sucumbe siempre a su dibilidad, y vuelve con él, a pesar de esa seria advertencia que hoy los más jóvenes llaman red flag. Llama la atención lo fuertes e independientes que son las mujeres, en un mundo castizo que aun querido y celebrado, es machista: A Don Hilarión se le tolera su galantería para con las jóvenes, mientras que Susana debe soportar los celos de Julián. Aunque parece que esté estuviera juzgando una obra del siglo XIX bajo el prisma actual, nada más lejos de mi intención: simplemente me parece que estamos ante una obra que despierta varias lecturas, y eso la convierte en actual, que era la intención del género chico: hablar de la realidad. Ni por asomo dejaríamos de disfrutarla.
Para esta reposición se ha contado con los mismos artistas que en 2024, salvo excepciones, y se ha contado con otro elenco, que es el que comentaremos en esta crítica. A nivel general, aun cuando las interpretaciones fueron entregadas, no pude librarme de cierta sensación de rutina.
Carlos Aragón dirige a la Orquesta de la Comunidad de Madrid, en una interpretación entregada, pero aun así algo rutinaria. A destacar las flautas en el preludio y las coplas de Hilarión, la trompeta de acompañamiento sereno en la famosa soleá, así como contrabajos y violonchelos en la escena de los serenos. El Coro del Teatro de la Zarzuela defendió muy bien sus intervenciones, además de encajar bien con los bailarines en las danzas.
César San Martín fue un Julián muy bien interpretado: un joven castizo carcomido por los celos, rol en el que estuvo convincente, y también en lo vocal con su voz con un bello tono grave. Maria Rey-Joly interpretó a Susana: la voz está ya muy madura, pero arrojo escénico no le falta: tanto en el prólogo como la actriz feminista y empoderada, como en la obra interpretando a una Susana muy castiza, sensual y con personalidad. Siempre me sorprende la versatilidad de Jorge Rodríguez-Norton, quizá porque lo sigo asociando con sus intervenciones wagnerianas en Bayreuth, y si en tierras germanas interpreta a un solemne maestro cantor, a un inocente escudero del Grial, aquí despliega su vis cómica en la polca del fotógrafo en el prólogo, y luego como un rejuvenecido y despreocupado Don Sebastián. Divertido, aunque le falte algo de la decrepitud asociada muchas veces a su personaje, el Hilarión de Antoni Comas, que aquí resulta un playboy maduro, y vocalmente se dejaba oir por la sala. Milagros Martín repitió su entregada Señá Rita de 2024, con la voz madura, pero convincente en el maternal personaje. Rafa Castejón fue un divertido Tabernero (aunque me hace daño tener en la cabeza a Pepe Ruiz en el personaje) y más convincente aún en el prólogo como el incomprendido y vanguardista director de teatro. Gurutze Beitia repite también como una matronil y divertida Tía Antonia, teniendo además la oportunidad de cantar con picardía el tango del cinematógrafo, en una excelente interpretación del rol de la sensible Característica, tan opuesta a la vulgar Antonia. Otra que vuelve a impresionar, e incluso diría que más que la otra vez, es la cantaora Sara Salado en la soleá, que fue recibida con un aplauso largo, que parecía que le iban a pedir un bis, estando, en los saludos finales, entre los más ovacionados del elenco. Bien Ana San Martín como Casta, y el ver otra vez a Mitxel Santamarina en el rol de Sereno, me recuerda cuando le vi en este mismo rol, y en este mismo escenario, en la polémica versión que el Proyecto Zarza hizo de esta obra en 2019, que fue mi primera Verbena, y la que terminó de acercarme al Teatro de la Zarzuela. Aunque fuera solo por nostalgia, verle por tercera vez en esta obra me alegra y me trae buenos recuerdos.
Como no podía ser de otro modo, la función terminó con ovaciones a los artistas, que saludaban mientras la orquesta interpretaba la famosa mazurca. Había varias personas jóvenes entre el público, incluso tres de ellos se interponían entre mi y una señora cuyo móvil hizo sonar "Un velero llamado libertad" de José Luis Perales, mientras en escena estaban los serenos hablando de polítical al son de la bella y serena música del Nocturno. No deja de ponerme de los nervios la manía de la gente para hablar, cuchichear en medio de, no digo ya los números orquestales, sino de algunos números hablados y cantados. Volviendo a los jóvenes, me dan esperanza para el futuro del género.
Y así despedimos el verano con este gran inicio de temporada: ahora nos espera una obra nueva sobre las Trece Rosas, la reposición de Los Gavilanes, y las dos citas más esperadas: La Bruja y El Barberillo de Lavapiés dirigido por Christof Loy. El Teatro de la Zarzuela podrá haber hecho caja, pero también nos ha alegrado a todos los asistentes, porque de una función de esta obra solo se puede salir con una sonrisa... y con ganas de volver a verla.
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