jueves, 5 de febrero de 2026

Es lebe die Zarzuela! El Barberillo de Lavapiés, desde Basilea, en vídeo.

 

La zarzuela ha encontrado un inesperado y valiosísimo aliado en el director de escena alemán Christof Loy, de fama internacional, quien ha manifestado públicamente su entusiasmo por nuestro género lírico. Hasta el punto de, crear una compañía con artistas españoles, llamada Los Paladines, formada por cuatro cantantes principales y por un director de orquesta. Loy afirma haberse enamorado definitivamente de la zarzuela, tras ver una representación de La del Manojo de Rosas en el Teatro de la Zarzuela, en noviembre de 2020, cuando la pandemia del Covid-19 tenía cerrados los teatros líricos en toda Europa, mientras que los teatros españoles los abrían. Esto le ganó para el género, y fue el comienzo de una andadura que ha culminado esta temporada con tres producciones de lírica española a cargo del señor Loy: El Barberillo de Lavapiés, en Basilea, estrenada en septiembre del año pasado; Benamor en Viena estrenada el pasado mes, y El Gato Montés en el Teatro de la Zarzuela, que se verá próximamente en junio. 

La obra maestra de Barbieri y Larra, se estrenó, como se ha dicho, el pasado septiembre en la ciudad suiza de Basilea, con un enorme éxito. Pero desde hace unas semanas, el mundo entero puede juzgarlo, ya que la plataforma Operavision ha subido a Youtube, durante seis meses, el vídeo de esta producción, filmado los días 5 y 7 de noviembre de 2025. El entusiasmo, en crítica, público y aficionados al género es desbordante: por fin nuestra lírica tiene una nueva oportunidad para ser difundida como se merece, más allá de los álbumes de oberturas y romanzas que muchos de nuestros artistas, con Plácido Domingo y Alfredo Kraus a la cabeza, difundieron entre los melómanos internacionales décadas atrás.

Yo me siento entusiasmado con este proyecto, y en una entrevista reciente a la revista Codalario, Loy confiesa sus ganas de hacer más proyectos de zarzuela. Mi mayor deseo es que lo consiga. Pero como alguien que ha presenciado el trabajo operístico del señor Loy desde hace veinte años, me pregunto qué pensará el sector más purista, cuando vea estas producciones en vivo. Porque si hay un público históricamente conservador, ese es el de zarzuela. Aún recuerdo esa producción puramente minimalista y aburrida de la Lulu de Alban Berg, en su estreno en el Teatro Real en 2009, que fue, y sigue siendo, la peor experiencia operística de toda mi vida de melómano. Claro que ha tenido tiempo de redimirse ante mis ojos, con unas producciones excelentes del Capriccio de Strauss o el que considero el mejor de sus trabajos, el Erwartung de Schönberg, con el que hizo historia en el Teatro Real en marzo de 2024. Y eso que en esta ocasión, aún sin renunciar a sus señas de identidad como regista, me parece que Loy se ha mostrado comedido. 

¿Cómo presentar esta producción ante un público tan familiarizado con el regietheater (aunque no siempre lo apoye) como el germano? ¿Cómo presentarle un género nuevo, sin que de la impresión de ser un mero cuadro folclórico y turístico de trajes folclóricos y posiciones de jarras, propios de una cultura que ellos desconocen? El reto no parece fácil, pero a juzgar por los aplausos en el vídeo, y sobre todo por las críticas, el resultado ha sido un éxito total.

La producción es evidentemente contemporánea (como es de esperarse con Loy), pero la estética me parece de una atemporalidad a caballo entre los 70 y los 90. Aunque las costureras me remontan un poco incluso a los años 50. Lo único dieciochesco es la guardia real, con tricornio y pelucas. Aun así, la trama puede seguirse sin demasiados problemas. Y sigue divirtiendo igual que siempre, incluso si uno percibe que Loy no ha renunciado a los tópicos (danza, colorido y casticismo) más asociados al género.

La producción empieza, con un discurso en alemán del tenor que interpreta a Don Luis, aún no metido en el personaje, en el cual introduce el género al público de Basilea. Acto seguido, se abre el telón y muestra un decorado de colores clarísimos, una sala presidida con unos troncos de árboles, y al fondo más árboles pintados, sugiriendo el Prado en un día de frío invierno... que contrasta con el vestuario contemporáneo y colorido del coro y personajes, desprovistos de mangas largas, que sugieren una agradable tarde de primavera o verano. Antes de que empiece la música, Paloma y Lamparilla hablan como si su relación estuviera ya asentada, algo que choca con su cortejo, una vez que empieza la obra. En el primer acto sobre todo, pero a lo largo de la obra, hay danzas, los diálogos son acompañados principalmente por una guitarra (aunque creo que es un elemento que distrae, especialmente cuando en el primer diálogo de Luis y Pedro el guitarrista se pone a interpretar "Asturias" de Isaac Albéniz), y tanto el coro como los solistas, gracias a la dirección de actores, transmiten el casticismo de sus personajes. En el segundo acto se ve un espacio cerrado, salvo por una puerta que muestra un parque nocturno, presidido por la barbería de Lamparilla, con una "L" que indica visiblemente a su dueño. El acto se inicia con una trifulca entre los barberos y sus clientes, que echan de menos al protagonista. El dúo entre Lamparilla y Paloma, termina dos veces con él en brazos de ella, ante el aplauso estruendoso del público que les permite incluso romper la cuarta pared y sonreír a la entusiasmada audiencia. El tercer acto tiene lugar en una sala de color crema, con unas mesas, y máquinas de coser. Cuando la marquesa y Don Luis se visten de majos según la trama, aquí se ve que ella va con un conservador y elegante abrigo y traje azul violáceo y collar, aunque él tiene menos clase, un enorme abrigo negro con  borrego y cadenita de oro. Al final, cuando entra la guardia, todo se arregla y la obra concluye con una danza final.

En esta ocasión, Loy ha contado con los miembros de su compañía, un maestro conocedor de la partitura y un elenco joven, atractivo y con la suficiente agilidad para moverse en escena, trabajando su lado más cómico, al servicio de la visión del director de escena.

El director musical José Miguel Pérez-Sierra, tan asociado a esta obra, y que la dirigió en el Teatro de la Zarzuela en 2019 y 2022, repite su versión festiva, ágil y vivaz de la partitura al frente de una orquesta notable como es la Sinfónica de Basilea. El Coro del Theater Basel (el teatro municipal de Basilea) realiza un gran esfuerzo para hacerle justicia a la obra. Y lo consigue, pese a que se nota en la dicción lo difícil de cantar en español, más en el coro masculino que en el femenino, que consigue bordar (nunca mejor dicho) su número del tercer acto. Un detalle nimio pero interesante me parece el ver que, como es habitual en coros centroeuropeos, la presencia de algunos coristas asiáticos, indios y negros, lo que le da un toque multirracial a la producción. Porque multiétnica, es ya nuestra moderna capital. Aunque se ha cuidado que en los diálogos, los personajes pequeños sean también españoles. 

Lamparilla es David Oller, quien trabajó con Loy en Capriccio, de Richard Strauss, en el Teatro Real. Oller a nivel actoral es impecable, tiene un físico esbelto, una sonrisa permanente y contagiosa, además de soltura en escena. Vocalmente es un barítono más bien ligero.

Quien para mí se lleva la función es Carmen Artaza con una excelente Paloma tanto a nivel vocal como actoral. Una bella voz que deslumbra en su romanza de entrada y que mantiene ese nivel gracias a su atractivo timbre de mezzosoprano.

Los otros miembros de la compañía son el tenor Santiago Sánchez como Don Luis, y la soprano Cristina Toledo como la marquesita Estrella, ambos entregados a sus roles, aunque me pareció mejor ella. Sánchez ese el encargado de introducir, con su salero en escena, la obra al público alemán. Y con ellos, el resto del elenco muestra la misma entrega. 

El público suizo se ha rendido a los encantos de la música de Barbieri, con entusiastas aplausos después de cada número y al final de la obra. ¿Es válida la actualización de Loy, que pone en boca de Lamparilla las diferencias entre liberales y conservadores? Personalmente lo creo, porque eso pretendía la obra cuando se estrenó en su tiempo, aunque lo hiciera a través de una historia del siglo anterior. Al escuchar las opiniones de los personajes sobre la actuación de los políticos, la inconformidad política de Lamparilla, uno que vive en 2026 podría comprender a esos personajes dieciochescos. 

Loy ha descubierto las posibilidades que ofrece la zarzuela, y desea explorarlas. Su visión contemporánea puede gustar o no al público, pero su labor de difusión es innegable. Esperamos que más producciones vengan en camino y las lleve a los principales teatros centroeuropeos. El público zarzuelero madrileño tendrá que esperar a junio de este año, con El Gato Montés, y a futuras temporadas en lo referente a este montaje, que  se coproduce con el Teatro de la Zarzuela y con Oviedo (donde irá en las próximas semanas) para juzgar el trabajo de Loy. Mi deseo es que sean un éxito y que el público más conservador entienda, que aunque le pueda no gustar su trabajo cuando lo vean, mejor aliado no podría haber encontrado nuestra lírica, en el circuito operístico internacional. Pero lo mismo me equivoco y Loy es tan aclamado unánimemente aquí como en Basilea, y en Viena, donde su producción del Benamor de Luna también ha gustado a los austríacos.

El señor Loy con los cuatro cantantes de su compañía.

El vídeo de esta producción puede verse en Youtube y en excelente calidad aquí, hasta el 16 de julio. O de forma permanente, en este otro portal.

Breaking the bitter chains: outstanding Dukas's Ariane et Barbe-bleue in Madrid.


Madrid, January 31, 2026.

Paul Dukas is known today primarily for his work The Sorcerer's Apprentice, an orchestral scherzo from 1897, popularized worldwide by Mickey Mouse, wearing his iconic red sorcerer's suit in the classi 1940 cartoon film Fantasia. Beyond that, Dukas is known for being one of the most important French Impresionist composers, and for being such a perfectionist that he would destroy every composition he disliked. As a result, his surviving work catalogue is small. Among these surviving works, stands his only opera (although there were projects for another ones that never came to fruition), Ariane et Barbe-bleue (Ariadne and Bluebeard in French), from 1907, with a libretto by Maurice Maeterlinck, who also wrote the text for Claude Debussy's great Impressionist opera, Pelléas et Mélisande. This magical, evocative, and beautiful score tells the Bluebeard tale in an odd way. Bluebeard marries Ariane, an independent and charismatic young woman whose curiosity leads her to discover her husband's infamous harem of captive, subdued wives. Unlike Judith in Béla Bartók's opera about the same male character, who ultimately accepts her fate, Ariane becomes a beacon of hope for these long-suffering women and confronts the tyrant. Unfortunately, they remain trapped in their comfort zones, their psychological dependence, and their fear of emancipation, with Ariane being the only one who breaks Bluebeard's chains for freedom.

The Teatro Real has included in its current season the celebrated operas by Bartok, last November , and now Dukas, about the infamous wife-collector. This opera premiered at the Teatro Real in 1913, one hundred and three years ago. Now it returns to its stage with a production from the Lyon Opera, directed by  Alex Ollé from  La Fura dels Baus. Needless to say, this production has been set in modern times, but beyond a fewcontradictory details, the staging is not intrusive and allows the audience to follow the work without significantly altering the plot. During the opening chorus, a film is projected showing the protagonists, newlyweds, traveling by car, leaving behind the city of Madrid with its iconic four towers in the background, heading towards their new home... because Bluebeards exist in every era and every nation. During the first act, part of the stage is darkened, and in a small section, Ariane and her nurse visit all the rooms. In each room, Bluebeard appears with a woman, and different lighting represents each chamber. When Ariane finishes listening to the singing from a distant and unseen female chorus—her husband's other wives—the entire stage is illuminated, revealing tables occupied by guests and surrounded by enormous lamps. These are the wedding guests, among whom are the other five wives. Other women appear throughout the work, as if the harem were larger. This room will be the main set for the rest of the opera. In the second act, when Ariane finds the exit and shows her companions the outside world, this is reflected in a new arrangement of the tables: they form a tower with Ariane on the top as the emancipatory leader, and this tower is surrounded by lamps. In the final act, the chorus fights Bluebeard, whom they defeat after a long battle. He is tied to a chair, head bowed, facing his wives and with his back to the audience. Bluebeard is not freed. At first, his wives, especially Aldadine, attack him, but ultimately they do not kill him. Finally, Ariane leaves with her nurse, but the remaining ones they leave him tied to the chair and turn him around, displaying him before the audience, to whom they stare directly.

The return to the Teatro Real, after sixteen years, of the great Israeli maestro Pinchas Steinberg, one of the finest opera conductors working today, is a major event. Since his debut in 1974 with the Berlin Radio Symphony Orchestra, the accomplished maestro has enjoyed a long and successful career. In the Wagnerian world, he is also known for his 1992 recording of The Flying Dutchman for Naxos and his masterful 2012 DVD performance of Rienzi in Toulouse. Steinberg is a regular guest at Madrid's symphony seasons, but he has not conducted at the Teatro Real for many years. In 2005, he conducted and led a spectacular run of performances of Richard Strauss's Die Frau ohne Schatten, which remains etched in the memory of those who saw it. In 2010, at the end of Antonio Moral's final season as director of the Teatro Real, he returned to conduct an equally impressive and beautiful version of Erich Wolfgang Korngold's Die Tote Stadt, which moved many of us who attended the performances. Aged 80, the maestro once again conducted the Teatro Real Orchestra, taking its sound at the highest level, conveying the beauty, intimacy, and evocative power of the score from the very first orchestral introduction. The woodwinds had a particularly memorable moment in the prelude to the third act. The Teatro Real Choir, under the direction of José Luis Basso, gave an excellent performance of its opening scene, showcasing its powerful male section throughout the opera, without overshadowing the women in the first act's finale.

The undisputed protagonist is Ariane. Irish mezzo-soprano Paula Murrihy possesses the stage presence to portray the charismatic character, apart from being a very beautiful woman. Vocally, her performance improves throughout the show, her rather high timbre enhancing the beauty of her portrayal of the role. Bluebeard sings very little, though his presence serves as a dramatic and musical counterpoint to the free-spirited Ariane, so that his absence is felt even when he is not around. In this case, Italian bass Gianluca Buratto is as impressive as the role demands, with his dark and powerful voice, as well as his commanding stage presence. 

However, the most outstanding performers were the mezzo-sopranos Silvia Tro Santafé, with a beautiful voice as the nurse, and Aude Extrémo, with an imposing dark voice as Sélysette. The sopranos Jaquelina Livieri and especially María Miró were remarkable as Ygraine and Mélisande. The cast is rounded out by the competent Renée Rapier as Bellangére, with her commanding stage presence, and the bass Luis López Navarro (whom I remember as an excellent jailer in the 2021 Tosca, opposite Jonas Kaufmann ) as the old peasant. The actress Raquel Villarejo played the silent and suffering Alladine.

Surprisingly, for a not so popular opera, the theater was highly occupied, with Murrihy and Steinberg as the most ovationed. When such a beautiful opera is well-produced, it's doubly enjoyable. I can confidently say that this is the most well-rounded performance we've had so far this season at the Teatro Real.


My reviews are not professional and express only my opinions. As a non English native speaker I apologise for any mistake.

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miércoles, 4 de febrero de 2026

La dignidad que derrota al mal: inolvidable Ariadna y Barbazul en el Teatro Real.


Madrid, 31 de enero de 2026.

Paul Dukas es conocido hoy en día, principalmente por su obra El Aprendiz de Brujo, un scherzo orquestal de 1897, popularizado mundialmente por Mickey Mouse con su icónico traje rojo de mago, en la película Fantasía, de 1940. Además de eso, Dukas es conocido por ser un importante compositor de la bella escuela impresionista francesa, y por ser tan perfeccionista que destruía las composiciones que no le gustaban, por lo que su catálogo es más reducido de lo que podría haber sido. Entre ese reducido catálogo se encuentra su única ópera (aunque hubo proyectos para otras que no llegaron a buen puerto), Ariadna y Barbazul (Ariane et Barbe-bleue, en francés), de 1907, con libreto de Maurice Maeterlinck, quien puso texto a la gran ópera impresionista, Pélleas et Mélisande, de Claude Debussy.  Esta mágica, sugestiva y hermosa ópera cuenta de forma distinta el mito de Barbazul, quien se casa con Ariane, una joven independiente y carismática, cuya curiosidad le llevará a descubrir el infame harén de esposas sometidas de su esposo. A diferencia de Judith, en la ópera de Bela Bartók sobre el mismo personaje, que termina aceptando su destino, Ariane se convierte en una esperanza para estas sufridas mujeres, y se enfrenta al tirano. Pero desgraciadamente, ellas no salen de su zona de confort, de su dependencia psicológica y de su miedo a la emancipación, siendo Ariane la única que rompe esa cadena. 


Este año, el Teatro Real ha incluído en su temporada las célebres óperas de Bartok, el noviembre pasado, y ahora de Dukas, sobre el infame coleccionista de esposas. Esta ópera se estrenó por primera vez en el Real en 1913, hace ya ciento tres años. Ahora vuelve al regio escenario con una producción procedente de la Ópera de Lyon, a cargo de Alex Ollé, de La Fura dels Baus. Ni qué decir tiene que esta producción ha sido ambientada en tiempos modernos, pero más allá de algún detalle contradictorio, la producción no molesta, y permite seguir la obra sin alterar demasiado la trama. Durante el coro inicial, se ve proyectada una película en la que se ve a los protagonistas, recién casados, viajar en coche, dejando atrás la mismísima ciudad de Madrid con sus icónicas cuatro torres de fondo, rumbo hacia su nuevo hogar... porque Barbazules hay en todas las épocas y naciones. Durante el primer acto, parte del escenario está oscurecido, y en una pequeña parte del mismo, Ariane y su aya visitan todas las habitaciones, en cada cual aparece Barbazul con una mujer, y diferente iluminación, representando cada una de las estancias. Cuando Ariane termina de oír el canto de unas mujeres, las otras esposas de su marido, se ilumina todo el escenario y se ven unas mesas ocupadas por comensales, y rodeadas por enormes lámparas: los invitados a la boda, entre los que se hallan las demás mujeres del harén, además de las cinco esposas, aparecen otras mujeres, como sie el haré fuera más grande. Esta sala será el principal decorado del resto de la obra: en el segundo acto, cuando Ariane encuentra la salida y muestra a sus compañeras el mundo exterior, esto se reflejará en una ordenación nueva de las mesas: formando una torre con ellas en la que está Ariane como líder emancipadora, y las lámparas alrededor. En el último acto, el coro lucha contra Barbazul, al que derrotan tras una larga pelea, y es atado a una silla, con la cabeza baja, mirando a sus mujeres y de espaldas al público. Barbazul no es liberado, al principio sus mujeres, especialmente Alladine, le agreden pero finalmente no lo matan. Finalmente Ariane se va con su aya, pero las demás no le liberan: le dejan atado en la silla y le dan la vuelta, exhibiéndole ante el público, mirando fijamente hacia los espectadores.

 
Es todo un acontecimiento el regreso al Teatro Real, después de dieciséis años, del gran maestro israelí Pinchas Steinberg, una de las mejores batutas de ópera que puede encontrarse hoy. Desde su debut en 1974, al frente de la Orquesta Sinfónica de Radio Berlín, larga ha sido la exitosa carrera de este maestro competente, quien además en el mundo wagneriano es conocido por su grabación de El Holandés Errante de 1992 para el sello Naxos, y por su magistral Rienzi en DVD en Toulouse en 2012. Steinberg es más o menos asiduo en las temporadas sinfónicas madrileñas, pero en el Real no dirigía desde hacía muchos años. En 2005, el maestro dirigió una espectacular versión de La mujer sin sombra, de Richard Strauss, que permanece en el recuerdo de los que la vimos. En 2010, terminando la última temporada del mandato de Antonio Moral al frente del teatro, regresó para dirigir una igualmente impresionante, bella versión de La ciudad muerta de Erich Wolfgang Korngold, que conmovió a muchos de los que estuvimos presentes en las funciones. A sus ochenta años, el maestro se vuelve a poner al frente de la Orquesta Titular del Teatro Real para sacar de ella el mejor sonido posible, transmitiendo la belleza, el intimismo, lo evocador de la partitura, a un nivel muy alto desde la misma introducción orquestal. En el preludio del tercer acto la madera tuvo un gran momento. El Coro Titular del Teatro Real a las órdenes de José Luis Basso, da una excelente interpretación de su escena inicial, y luciendo su poderosa sección masculina a lo largo de la obra, sin desmerecer a las mujeres en el final del primer acto.


La indudable protagonista es Ariane. La mezzosoprano irlandesa Paula Murrihy tiene el porte escénico suficiente para interpretar al carismático personaje, además de ser una mujer muy bella. Vocalmente, su interpretación va a más en la función, con su timbre más bien agudo, que aumenta la belleza de su retrato del rol. El personaje de Barbazul canta muy poco, aunque su presencia tiene que ser el contrapunto escénico y musical a la arrolladora Ariane, de tal modo que cuando no esté, se le sienta. En este caso, el bajo italiano Gianluca Buratto está a la altura, con su oscura y potente voz, así como su autoritaria presencia escénica. 

Sin embargo, las intérpretes más destacadas fueron las mezzosopranos Silvia Tro Santafé, con una preciosa voz como el aya, y Aude Extrémo con una imponente y oscura voz como Sélysette. Las sopranos Jaquelina Livieri y especialmente María Miró, fueron unas notables Ygraine y Mélisande. El reparto se cierra con unos competentes Renée Rapier como Bellangére, de imponente presencia escénica, y el bajo Luis López Navarro (a quien recuerdo como un excelente carcelero en la Tosca de 2021, frente a Jonas Kaufmann) como el viejo campesino. La actriz Raquel Villarejo interpretó a la muda pero muy sufrida Alladine.


Sorprendentemente en una ópera no tan popular, el teatro estaba altamente ocupado, aunque las ovaciones fueron principalmente para Murrihy y Steinberg. Cuando una ópera tan bella, está bien servida, se disfruta doblemente. Puedo afirmar que este es el más redondo espectáculo de lo que llevamos de temporada en el Real.


Las fotografías  escénicas y vídeos no son de mi autoría, si alguien se muestra disconforme con la publicación de cualquiera de ellas en este blog le pido que me lo haga saber inmediatamente. 

Cualquier reproducción de este texto necesita mi permiso.

lunes, 26 de enero de 2026

Nostálgica ucronía: La Edad de Plata en el Teatro de la Zarzuela, segundo reparto.

Madrid, 25 de enero de 2026.

La Edad de Plata de nuestra cultura, que tantos autores, con sus obras maestras, dio a la literatura universal, así como en las artes plásticas, también se vio reflejada en un auge de nuestra lírica, posiblemente su edad de oro. Desde Arrieta y Gaztambide, hasta Sorozábal, gran parte de nuestro repertorio lírico se originó en esta época; que terminó abruptamente en 1936, con el estallido de nuestra Guerra Civil, y con el erial cultural que de ella heredó la dictadura. En toda esta época, nuestros grandes compositores, como Isaac Albéniz, Enrique Granados y Manuel de Falla, crearon sus obras maestras. De estos dos últimos, el Teatro de la Zarzuela ha programado dos obras pequeñas, la ópera en un acto Goyescas, y El Retablo de Maese Pedro, en un programa doble que tiene por título precisamente "La Edad de Plata".

Goyescas es principalmente conocida como una suite de piano, habiéndose inspirado en cuadros de Goya, que tan bien documentaban el mundo de majos y majas del siglo XVIII. Pero basándose en esta música, Granados compuso una ópera en un acto, cuyo famoso Intermedio orquestal es una de las piezas de música española más interpretadas en conciertos sinfónicos. Fue la primera ópera que se estrenó en español en el mismísimo Metropolitan Opera House de Nueva York. Sin embargo, el propio compositor se dio cuenta, en sus últimos días, de que era una ópera complicada. Su lenguaje musical es interesante, imbuído de las corrientes musicales de su época, pero no así su argumento, demasiado simple pero con un libreto divagante, y a la postre aburrido. Aun así, el cuadro final es el más interesante musicalmente, de gran lucimiento para la soprano, y que tiene un final lúgubre, tan opuesto a su famoso intermedio. En el Teatro de la Zarzuela se vio en el año 2003 junto a San Antonio de la Florida, de Albéniz, y en el Teatro Real en 2015, junto a Gianni Schicchi de Puccini, y protagonizado por una María Bayo en total declive.

En cuanto a El Retablo de Maese Pedro, es una obra en la que Falla, quien lo representó por primera vez ante la flor y nata de la vanguardia y cultura parisinas, y que luego alcanzó mucho éxito con el público, siendo aún hoy una de sus composiciones más conocidas. En ella, tomando una historia de la segunda parte del Quijote cervantino, hizo una ópera para marionetas, en una música por momentos moderna, y por momentos imitando a la música barroca, recuperando en el siglo XX el uso del clave. 

Procedente de la Ópera de Oviedo y del Teatro Cervantes de Málaga, esta producción de Paco López quiere rendir homenaje a esa edad de plata, partiendo de la amistad entre el pintor Ignacio Zuloaga y Manuel de Falla, a través de una ucronía, en la que Zuloaga, quien en realidad apoyó al bando nacional en la Guerra Civil y en sus últimos años fue homenajeado y celebrado por la dictadura, se une a los exiliados republicanos en 1939, cuando terminó esa Edad de Plata de nuestra cultura. López no solo homenajea, sino que se lamenta en la producción del abrupto fin de esta época de desarrollo cultural, esa oportunidad perdida a manos de un gobierno convulso y una guerra que terminó con el inicio de una terrible dictadura, y para ello sitúa la acción de ambas obras en esos años. Pero al crear esta ucronía, lo que parece un planteamiento interesante, se convierte en pretencioso y hasta pedante, como cuando se ve a un imaginario y triste Zuloaga, cuando en realidad fue lo opuesto, al nivel de un Falla que sí se exilió tristemente. La aparición de los espectros y sus incomprensibles danzas mientras se ven las imágenes de la Guerra Civil y la voz de Franco, podría parecer otro ejemplo de esnobismo intelectual. Y eso afecta a Goyescas, aumentando la falta de accesibilidad de la obra y su comprensión, así como demostrando que este no es el canal para representar El Retablo de Maese Pedro, ya que se convierte en la música de fondo de una dramaturgia que poco hace por su comprensión.

El telón se abre y, al son de la Marcha de los Vencidos de Granados, da paso a una pantalla que muestra imágenes de Europa en 1939: Hitler y los nazis. El hermano del pintor, lee una carta de este, fechada en ese año, en la que le cuenta que los alemanes están a las puertas de París (lo que en el mundo real no ocurrió hasta mayo del año siguiente) y que su colección de cuadros de Goya puede peligrar en un bombardeo. Acto seguido, la pantalla se levanta y muestra una sala, repleta de cuadros de Goya y del propio Zuloaga: la acción se retrotrae a una fiesta ficticia en París, en los felices años veinte, en casa del pintor, y aparece una bailarina, Antonia Mercé, conocida como La Argentina, quien le pide a un pianista que interprete su Danza de los ojos verdes. Ese pianista no es otro que el propio Granados, quien en realidad murió en 1916, en un ataque submarino al barco que lo traía de vuelta a Europa, poco después de estrenar Goyescas en Nueva York. Y es en esta fiesta, donde se ambienta la acción de esta ópera. El coro se reparte entre invitados al convite, señoras con mantilla, y artistas vestidos con trajes goyescos y dieciochescos. Durante el famoso Intermedio musical, La Argentina y un personaje misterioso y encapuchado, un espectro, bailan. Al final, Rosario canta recostada en un diván, junto a un agonizante Fernando, con la iluminación muy atenuada, mientras el espectro y La Argentina bailan su última danza.

Tras el descanso, se levanta el telón para mostrar imágenes del Noticiario Español (precedesor del NODO), de la caída de Barcelona en la Guerra Civil, con las tropas franquistas entrando en la ciudad, al mando del general Yagüe, y la gente cantando el Cara al Sol. Inmediatamente después, se oye la aflautada voz del dictador Franco, en su famosa declaración de Salamanca de 1937, en la que afirma que un estado totalitario armonizaría en España. Mientras, los espectros portan un estandarte con una cara grotesca, sacada de las Pinturas Negras de Goya, que ahora, bajadas al suelo, decoran el salón antes repleto de cuadros colgados. La acción vuelve a la fiesta, con Falla presente, en la que una soprano (la misma que interpretó a Rosario en la obra anterior), canta la bellísima canción Psyché. Ahora se va a representar El Retablo de Maese Pedro, aunque la historia de Gayferos y Melisendra se muestra como una película muda, proyectada por partes, cada una introducida por Trujamán, vestido con turbante y collares. Al final se revela que el inoportuno Don Quijote, que interrumpe a veces la acción, es el propio Falla. 


Álvaro Albiach es el encargado de dirigir a la Orquesta de la Comunidad de Madrid, la cual va a más en la función, especialmente a partir del famoso Intermedio de Goyescas, que es cuando entra en calor. Las cuerdas, que dan inicio a la pieza, sonaron con una intensidad que no mostraron al principio. En el cuadro final, y en El Retablo de Maese Pedro, alcanzarían un sonido precioso.  En el intermedio de Goyescas el viento estuvo a un buen nivel, pero fue el momento de las cuerdas. Diría que la orquesta alcanzó un equilibrio tanto en la bella Psyché, en El Retablo de Maese Pedro, donde estuvo excelente, y supo desgranar la belleza de la partitura en la escena de Melisendra. El Coro Titular del Teatro de la Zarzuela sonó estupendo y actuó igualmente bien.

La función de hoy fue la primera del segundo reparto, que solo cambia el tenor y la soprano de Goyescas, respecto del primero. La intérprete más destacable del reparto fue la mezzosoprano Mónica Redondo como Pepa, con su aterciopelada y bella voz, dándole un toque sensual a su personaje. Estuvo seguida de la soprano Mónica Conesa como Rosario, que evolucionó en su interpretación, que empezó discreta, guardándose para el cuadro final, donde la voz se dejó oír por toda la sala (cuando en los dos cuadros anteriores sonaba más contenida), con impresionantes agudos, y transmitiendo, con el material que tiene, el sufrimiento de su personaje. El tenor Enrique Ferrer sufrió algún apuro, especialmente en el agudo, interpretando a Fernando. El barítono César San Martín como Paquiro, tiene el porte y la presencia escénica, además de una voz que se deja oír, pero suena un poco gutural. 

En cuanto a El Retablo de Maese Pedro, el mismo para todas las funciones, la mezzosoprano Lidia Vinyes-Curtis se llevó el gato al agua con su bien cantada interpretación del Trujamán, el rol más largo de la obra. Bien Pablo García-López como  Maese Pedro, y un correcto Gerardo Bullón como Don Quijote, quien se guardó para el final.

Aunque ambas no sean óperas que se suelan ver representadas a menudo, este programa doble ha agotado todas las localidades para todas las funciones. Sin embargo, la acogida del público no ha parecido, al menos en la función de hoy, demasiado entusiasta. Durante la obra, al menos en la tercera planta donde me encontraba, se vieron varias deserciones, las primeras durante el famoso Intermedio de Goyescas. Y cuando la voz de Franco se escuchó, alguien gritó: "No he venido a escuchar propaganda", aunque rápidamente fue callado por el público. No hubo abucheos, pero tampoco demasiados bravos, y los aplausos terminaron pronto. Nada más acabar la función, mucha gente salió disparada. De ambos elencos, fue más aplaudido el de El Retablo, que el de Goyescas, aunque me pregunto si fue porque, como no tenían el vestuario de la primera parte sino de la segunda, no sé si parecían tan reconocibles. 

La oportunidad para ver estas famosas obras está ahí, pero la producción no parece haber ayudado al público, para su disfrute. 


Las fotografías  escénicas y vídeos no son de mi autoría, si alguien se muestra disconforme con la publicación de cualquiera de ellas en este blog le pido que me lo haga saber inmediatamente. Las pertenecientes al segundo reparto de esta producción pertenecen a Madridiario.

Cualquier reproducción de este texto necesita mi permiso.

viernes, 23 de enero de 2026

ESP/ENG: Bendita obra inacabada: Décima sinfonía de Mahler por la ORTVE.

 

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Madrid, 22 de enero de 2025.

La popularidad de las obras de Gustav Mahler en España se explica, a la frecuencia en su programación, que con esta, y la Novena en el Auditorio Nacional en junio, que supone la despedida de David Afkham como maestro titular de la Orquesta Nacional de España, habré visto todas sus sinfonías, con la excepción de la séptima (no pude ir en el concierto de 2023 en el Auditorio Nacional); en un plazo de tan solo cuatro años. 

Mahler es otro de esos músicos que sucumbió, supuestamente, bajo la temida maldición de la Novena Sinfonía, que se llevó por delante a Beethoven, y a su maestro, colega, y rival por el favor del público melómano, Anton Bruckner. Ya el temor a esta maldición hizo que la que tendría que haber sido la novena sinfonía, no llevara tal número, y se convirtiera en el famoso ciclo de seis canciones sinfónicas, La Canción de la Tierra. Sin embargo, tras completar finalmente una novena, se lanzó a la composición de una nueva sinfonía, la Décima, la cual no llegaría a terminar. De hecho, cuando la muerte se lo llevó en 1911, con tan solo 50 años, estaban muy avanzados el majestuoso primer movimiento, el famoso Adagio, y el tercero, que llevaba el nombre de Purgatorio. Del resto solo había esbozos. Aunque ¡qué esbozos! cuando Deryck Cooke en los años 60 empezó la reconstrucción de esta sinfonía inconclusa (algo que ni Schönberg, ni Shostakovich ni Britten quisieron, y que el gran intérprete y amigo del maestro, el mítico director de orquesta Bruno Walter intentó vetar) se encontró con una bellísima música.

La ansiedad producto de su apretada agenda, su éxito tardío (estrenar la octava sinfonía, un año antes de morir, con éxito hizo que deseara dedicarse más a componer que dirigir, lo que afectó a su trabajo como director de orquesta en Estados Unidos), la infidelidad de su esposa Alma con Walter Gropius... y la pérdida de su hija Maria, le hicieron pensar que la muerte, una constante en su obra, le estuviera rondando. Ese torbellino de emociones se refleja en esta sinfonía: el apoteósico primer movimiento, dirigido históricamente por la mayoría de grandes batutas como Abbado, Bernstein, Boulez o Barenboim, juega con la atonalidad, tanto en el inicio arrancado por las cuerdas (que recuerda al inicio del tercer movimiento de la novena de Bruckner), como la apoteosis orquestal, con un terrorífico y disonante tutti poco antes del final, para terminar con una música acariciante. Es una obra en la que las disonancias irrumpen breve pero intensamente, como si fueran eyectadas. Los movimientos intermedios tienen conclusiones más difusas que los dos primeros y el último, y de hecho ayer se interpretaron los dos últimos del tirón. El primer movimiento es el que se ha consagrado en el repertorio, y como ya he dicho antes, los grandes maestros lo suelen interpretar. Aunque el resto quizá no esté a la altura (aunque para mí el quinto sí lo está, siendo como el primero, pero más bello, incluyendo un solo de flauta que es de lo mejor que salío de la pluma de Mahler), y no sepamos nunca cuál habría sido el resultado final; vuelven a aparecer la música hermosa, introspectiva, obsesionada con la muerte y la naturaleza, proveniente de lo más profundo del alma... marca de la casa mahleriana.

Hace veintiséis años que no se interpretaba la Décima Sinfonía de Mahler al completo, en el Teatro Monumental. El hecho de que ahora vuelva a interprerla, en la versión reconstruida de Deryck Cooke, la Orquesta de Radiotelevisión Española, al frente de un experto como Thomas Dausgaard, era un acontecimiento de nivel, aunque el teatro no estuviese lleno. Antes de empezar el concierto, la orquesta guardó un minuto de silencio en honor a las víctimas del terrible accidente de tren en Adamuz, con cuarenta muertos, y que ha sido sucedido por una serie de accidentes ferroviarios esta semana, que hacen pensar si el sistema ferroviario de España tiene más cosas en común con el de la República Democrática del Congo de lo que se podría esperar de un país desarrollado en la Unión Europea.

Dausgaard es un experto en esta obra, habiéndola grabado con la Sinfónica de Seattle en 2016. Su lectura de la misma podría calificarse de introspectiva, que busca transmitir lo más íntimo de una obra con momentos espectaculares. La orquesta, puede decirse que fue de menos a más, con un inicio tímido por parte de las cuerdas. A partir del segundo movimiento el sonido se asentó, y así para el tercer movimiento las cuerdas ya estaban en forma, para dar una excelente versión del movimiento final. Más lucido desde el primer momento el metal, con una trompeta que antes del clímax disonante del primer movimiento sonó maravillosamente, introduciendo al oyente en el oscuro estado de ánimo de ese momento. La percusión igualmente espectacular, hasta el punto que la señora que se sentaba delante de mí se asustó con los golpes secos que, evocando la muerte, anuncian el movimiento quinto. Igualmente bellísima la flauta en su maravilloso solo en el movimiento final. 

No sé cómo habrá sido en las zonas más bajas, pero durante el primer movimiento, las máquinas de aire acondicionado hicieron un horrible sonido que prácticamente lo arruinaron a los que estuvimos en las zonas más altas. Al final del concierto, el público que estuvo (hubo algunas deserciones), aplaudió agradecido a un simpático Dausgaard, aunque no todos estuvieron contentos: al salir por el pasillo, alguien dijo que el maestro se pensaba que esto era Mozart. Aun así, es una maravilla ver esta maravillosa sinfonía, que afortunadamente pudo llegar hasta nosotros. No a todo el mundo le gusta porque está incompleta y Mahler pidió destruírla, pero no cabe duda de que el genio del compositor austríaco está presente incluso en la forma de boceto en la que ha sobrevivido gran parte de la obra.

ENGLISH: Blessed unfinished work - Mahler's Tenth Symphony by the ORTVE.

Madrid, January 22, 2026.

The popularity of Gustav Mahler's works in Spain is explained by the frequency with which they are scheduled in its local orchestras. With this performance, and the Ninth Symphony at the National Auditorium in June—which marks David Afkham's farewell as principal conductor of the Spanish National Orchestra—I will have seen all of his symphonies, with the exception of the Seventh (I couldn't attend the 2023 concert by the National Orchestra), in just four years.

Mahler is another of those musicians who supposedly succumbed to the dreaded curse of the Ninth Symphony, which claimed the lives of Beethoven, and among others, his teacher, colleague, and rival for the favor of music lovers, Anton Bruckner. The fear of this curse even led to what should have been his Ninth Symphony not being numbered, and instead becoming the famous cycle of six symphonic songs, Das Lied von der Erde (The Song of the Earth). However, after finally completing his ninth symphony, he embarked on the composition of a new one, his Tenth, which he would never conclude. In fact, when death took him in 1911, at only 50 years old, the majestic first movement, the famous Adagio, and the third, entitled Purgatorio, were the only ones completed. Only sketches remained of the rest. But what sketches they were! When Deryck Cooke began reconstructing this unfinished symphony in the 1960s (something neither Schoenberg, nor Shostakovich, nor Britten wanted, and which the great interpreter and friend of the maestro, the legendary conductor Bruno Walter, tried to prevent), he discovered a work of exquisite music.

The anxiety stemming from his hectic schedule, his late-blooming success (the successful premiere of his Eighth Symphony, a year before his death, led him to desire to dedicate himself more to composing than conducting, which affected his work as a conductor in the United States), his wife Alma's infidelity with Walter Gropius, and the loss of his daughter Maria, made him feel that death, a recurring theme in his work, was stalking him. This whirlwind of emotions is reflected in this symphony: the apotheosis of the first movement, historically conducted by most of the great conductors such as Abbado, Bernstein, Boulez, or Barenboim, plays with atonality, both in the opening burst from the strings (reminiscent of the beginning of the third movement of Bruckner's Ninth), and in the orchestral apotheosis, with a terrifying and dissonant tutti shortly before the end, to finally conclude with caressing music. It is a work in which dissonances erupt briefly but intensely, as if ejected. The middle movements have less defined conclusions than the first two and the last, and in fact, the last two were performed back-to-back yesterday. The first movement is the only one to enter in the repertoire, instead of the symphony as a whole, and as I mentioned before, the great masters usually perform it. Although the rest may not be up to the same standard (though for me the fifth movement does, being like the first but more beautiful, including a flute solo that is among the best that came from Mahler's pen), and we may never know what the final result would have been, the beautiful, introspective music, obsessed with death and nature, coming from the depths of the soul, reappears—a hallmark of Mahler's work.

It had been twenty-six years since Mahler's Tenth Symphony had been performed in its entirety at the Teatro Monumental. The fact that it was now being performed again, in Deryck Cooke's reconstructed version, by the Spanish Radio and Television Orchestra (ORTVE), led by an expert like Thomas Dausgaard, was a major event, even though the theater wasn't full. Before the concert began, the orchestra observed a minute of silence in honor of the victims of the terrible train accident in Adamuz, which claimed forty lives and has been followed by a series of train accidents this week, prompting one to wonder if Spain's railway system has more in common with that of the Democratic Republic of Congo than one might expect from a developed country in the European Union.

Dausgaard is an expert on this work, having recorded it with the Seattle Symphony Orchestra in 2016. His rendition could be described as introspective, seeking to convey the most intimate aspects of a work with spectacular moments. The orchestra grew in strength as the performance progressed, with a shy start by the strings. From the second movement onward, the sound settled, and by the third movement, the strings were in top form, delivering an excellent rendition of the final movement. The brass section was more prominent, with a trumpet that sounded magnificent before the dissonant climax of the first movement, drawing the listener into the dark mood of that moment. The percussion was equally spectacular, to the point that the lady sitting in front of me was startled by the sharp, death-tinged blows that heralded the fifth movement. The flute was equally beautiful in its marvelous solo in the final movement.

I don't know what it was like in the lower sections, but during the first movement, the air conditioning units made a horrible noise that practically ruined the experience for those of us seated in the upper sections. At the end of the concert, the audience (there were a few departures) applauded a charming Dausgaard with gratitude, though not everyone was pleased: as they left through the aisle, someone remarked that the maestro thought this was Mozart. Even so, it is a marvel to see this wonderful symphony, which fortunately has survived to this day. Not everyone appreciates it because of its incompleteness and Mahler requested its destruction, but there is no doubt that the Austrian composer's genius shines through even in the sketch form in which much of this work has survived.


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viernes, 9 de enero de 2026

Nada es lo que parece a simple vista: The Book of Mormon, el musical, en Madrid.


Madrid, 8 de enero de 2026.

Me pregunto si con esto he cubierto mi cuota de teatro hablado y musical de este año, que es una anécdota, al lado de mi programación de ópera, zarzuela y sinfónica. Hace año y medio caí trampa de mi propio morbo y fui a ver esa vacuidad llamada Malinche, en el que Nacho Cano se autocomplacía con un bodrio de lujo. Muchos allegados a mí me recomendaron ver The Book of Mormon, un exitoso musical procedente de Broadway, donde lleva catorce años en cartel. Anunciado en metro, Youtube y redes sociales, se estrenó hace un par de años en el augusto Teatro Calderón -que fue teatro de ópera durante la época de la Segunda República y los primeros años del franquismo- , pero desde esta temporada está en el Teatro Rialto de nuestra Gran Vía, el pequeño Broadway español. Finalmente me animé ayer.

Voy a hablar desde mi ausencia de conocimientos del mundo del teatro musical y de la religión mormona. Pero si hablaré de las impresiones que me ha generado, y de por qué me parece una obra tan hilarante como brillante. 

Cuando uno ve los anuncios de este musical, con esos actores tan pulcros y sonrientes, especialmente el que encarna al Elder Price, el protagonista, tan rubio, blanco, de ojos azules y de sonrisa Profident como los mormones que se ven por ahí, intentándote hablar sobre Dios (conmigo lo intentó uno en el metro, tratando de conquistarme con su amor por la comida peruana y el cebiche, pero no recuerdo más porque duró poco la charla), o los testigos de Jehová que tocan cada puerta. Uno sabe que se va a reír, pero si no averigua un poco más, se puede encontrar con toda una sorpresa una vez se siente en su butaca. Empezando porque los creadores de esta obra son ni más ni menos que Trey Parker, Robert Lopez y Matt Stone. El primero y el tercero son también los creadores de South Park, esa legendaria serie de dibujos para adultos tan horribles como irresistiblemente soeces y satíricos.

Estados Unidos es una sociedad de contrastes: hay una parte culta, muy diversa, liberal, con aportaciones de todas las culturas que lo han formado, muy desarrollada tecnológica y artísticamente, en la que me gustaría incluírme si viviera allí porque la admiro muchísimo, pero también hay otra parte conservadora, retrógrada, que cree a pies juntillas que la creación del mundo es como en la Biblia, profundamente inculta y racista, consciente o insconscientemente tendente al supremacismo de la "raza" blanca, que además tiene el suficiente poder para limitar a la parte más cultivada. Y este musical, creado en el liberal y ultramoderno Broadway neoyorquino, viene a satirizar el peor de los lados de esa sociedad tan contrastada, que es la que cultural, económica, y ahora parece que también militarmente, manda sobre nosotros.

Los mormones tienen una importante presencia en ese país, con Salt Lake City como su capital, con su neogótico y gigantesco templo. Desde ahí, se dirigen a todo el mundo para llevar la palabra de Dios... y de Joseph Smith, fundador de la orden. Y es en este punto cuando encontramos a nuestro protagonista, el carismático Elder Price, quien sueña con ir de misión a Orlando, Disneylandia, pero al que destinan a Uganda, y para su desgracia, junto a él va un hermano tímido, poco agraciado, basto, con sobrepeso y con muy baja autoestima, el Elder Cunningham. Ambos hermanos no solo no saben nada del país ni de su gente, sino que durante toda la obra no hacen más que confundir el nombre con Uruguay o Yugoslavia. El mundo africano que se encuentran es un sitio colorido, pero miserable. Allí se encuentran con unos hermanos que no solo no han conseguido convertir a nadie, sino que viven víctimas de sus propias represiones y fantasmas. A los ugandeses no les interesa la palabra de Dios, ya tienen bastante con sus problemas: el VIH extendido, la represión de un general local, la ablación de clítoris, la pobreza... 

Esto podría dar para un drama, pero el libreto lo pasa por el filtro de la comedia brutal y tronchante. Porque la pluma del Elder McKinley, quien de acuerdo a las enseñanzas mormonas, trata de reprimir a duras penas su homosexualidad (porque a los homosexuales el libro mormón les prescribe la castidad), la forma en que los africanos son representados como personas miserables, ignorantes (como que uno de ellos crea que por tener sexo con un bebé se le cura el sida, toda una alusión a los abusos a niños en las iglesias estadounidenses), enfermas y reprimidas; la incultura total de los hermanos que creen que Uganda es como en la película El Rey León, la soberbia del modélico Elder Price que demuestra ser un cobarde, dejando solo al Elder Cunningham con la misión... son una verdadera patada en la entrepierna a la pacatez conservadora y racista de la sociedad blanca estadounidense. Ahí reside la brillantez de esta obra, porque nada es lo que parece. El verdadero protagonista no es el rubio atlético y carismático Elder Price que huye a la primera de cambio, sino el bajito, gordo y moreno Elder Cunningham... el que consigue la conversión de toda la aldea, incluso si para ello tiene que engañarlos metiendo anécdotas de su invención. Y pese al ridículo, el horror del presidente mormón cuando descubre el engaño, dejando entrever su racismo y clasismo... los hermanos consiguen una conversión sincera de los aldeanos, que una vez unidos en la esperanza de la Palabra (aun en una versión llena de invenciones), se libran del yugo del general, y serán los nuevos mormones de África.

Todo esto es llevado a la escena del Rialto en la producción de David Serrano (quien junto a Alejandro Serrano se encarga de la traducción al español, todo un reto a la hora de introducir una historia tan americana en sus temas, como en las onomatopeyas como la muy americana "Oh, Guau" que dice el Elder Cunningham), quien consigue crear ese mundo de ensueño y colorido, que transmite una realidad descarnada en tono de comedia casi zafia. Nada más entrar en el Teatro, las palabras "THE BOOK OF MORMON" reciben al espectador. Aunque la recreación cómica de la historia del Libro de Mormón y la impecable sala del centro de formación son bellas a la vista, lo importante son las escenas africanas, obra de Ricardo Sánchez-Cuerda. Y estas aparecen con unos colores vivos, aunque no dejen de recordarnos la pobreza, presididas por un destartalado coche arriba del todo.. Las escenas de explicaciones y de sueños también son un universo aparte: cuando Elder Price sueña con Orlando, primero quemándose y viéndose él mismo en el infierno, con Hitler, Gengis Kan, el asesino en serie Jeffrey Dahmer y con Silvio Berlusconi (en la versión en inglés es el abogado de OJ Simspon, el boxeador)... es una joya absoluta. A Iker Karrera se le debe la estupenda coreografía y a Joan-Miquel Pérez la dirección musical de las animadas canciones.

Poco que decir sobre el excelente elenco, aunque los dos hermanos no son los mismos que lo estrenaron en Madrid allá por octubre del 2023. Alexandre Ars hace creíble al Elder Price, que de guapo, siempre sonriente, carismático y virtuoso resulta repelente. Y como el verdadero protagonista, Jesús González (quien se alterna en el rol con el principal Alejandro Mesa) transmite un Elder Cunningham gracioso, que baila muy bien y que trasmite su inseguridad al público, como el compañero que a priori nada querríamos tener, poniendo a prueba nuestra superficialidad. Me arriesgo a decir que la mejor voz del elenco es la de la catalana Aisha Fay como la crédula e inteligente Nabulungi (a la que Cunningham pone muchos nombres como Jumanji o Enantium, una prueba más de involuntaria soberbia al no esforzarse siquiera de pronunciar su nombre), con su potente canto, y el tierno retrato que hace de su personaje. Los mejores números fueron los cantados por ella. Del resto de personajes, muy divertido Alberto Bolea como el reprimido Elder McKinley, Álvaro Siankope como el aldeano que tiene chinches en la entrepierna (sí, así de soez es el libreto), y gracioso y brutal al mismo tiempo Ricardo Nkosi como el General Puto Culo Desnudo, de imponente porte y presencia en escena, quien también interpreta al Diablo en la canción de pesadilla del Elder Price. 


Esta mordaz sátira quizá sea más impactante y ofensiva, pese a su éxito, en Estados Unidos, donde ha sido acusada incluso de racista debido a su representación de los africanos, llegando incluso a una reelaboración del libreto tras el asesinato racista de George Floyd. Aqui, con un público más secularizado y menos creyente, la sátira se convierte en una comedia desternillante que arrancaba a cada rato las risas del abarrotado teatro. Yo creo que esta obra es necesaria a uno y otro lado del Atlántico, porque asistimos a una sana y tronchante deconstrucción del irreal mundo de fantasía de la evangelización de la América más conservadora.


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lunes, 5 de enero de 2026

Navidades con Tchaikovsky en casa del Rey León: El Cascanueces por el Ballet de Kiev.

 

Madrid, 3 de enero de 2026.

Como es habitual por fiestas, las cuales están ya a punto de terminar, entre la abundante oferta de ocio de la capital y otras ciudades se encuentran las giras de compañías privadas de ballet. Desde que empezó la invasión rusa de Ucrania, las compañías privadas de ballet rusas o con nombre ruso que solían pasar por nuestras ciudades, optaron por cambiarse el nombre, para seguir ganándose el pan honradamente. No es el mejor tiempo en Occidente para pasear la marca Rusia. Pero además, el nicho que han dejado en las programaciones, especialmente la madrileña, lo han ocupado compañías ucranianas. Desde su exitoso debut español en 2022, el Ballet de Kiev, dirigido por Viktor Ishchuk, ha sido un habitual de las programaciones de danza clásica en el país. En Madrid, hace temporada en verano e invierno. En los últimos tiempos, esta compañía se ha presentado en el Teatro Lope de Vega, compartiendo escenario con el musical El Rey León. Y en concordancia con estas fechas, el ballet representado en estos días es El Cascanueces, de Piotr Ilich Tchaikovsky.

¡Quién iba a decir que este clásico navideño en su día fue un fracaso! Tuvo que ser Estados Unidos el que lo catapultó a la fama internacional que hoy goza como clásico navideño, desde que se estrenó en Nueva York una producción con coreografía de George Balanchine, en 1953. En aquél país es una tradición que muchos de sus teatros y compañías de ballet lo programen y hagan su propia producción. Hasta los institutos de secundaria. Ningún país occidental se queda sin el Cascanueces por navidad. España y su capital no son menos. Si no lo hace el Ballet Nacional de España en un gran teatro, siempre lo harán las compañías privadas ucranianas, o incluso algunas academias de baile como la de Checa. Si hay algo que seduce al público, tanto adulto como infantil son la bella y popular música de Tchaikovsky, tan reproducida en películas y anuncios de televisión, y que describe el encantador mundo de fantasía que cuenta la historia. Muchas de las piezas musicales que se oyen son conocidas por el público incluso si se desconoce su procedencia. En los últimos años, incluso ha sido tachado de racista por la representación estereotipada de chinos, árabes y españoles en sus respectivas danzas. Pero ni siquiera una revisión tal ha mermado su popularidad, ni la forma de representarlo. 


Como es habitual en estas compañías, es difícil saber quién es quien en el reparto, cosa que me molesta mucho. Aunque termine por no ser relevante para muchos, creo que el público debería de saber quién baila. Al menos, he podido reconocer, tras cotejar fotografías, a una pareja protagonista formada por Ievgen Lagunov como el Príncipe Cascanueces, y a Elena Germanovich como Clara;  a Evgeniy Svetlitsa (antiguo bailarín principal del ballet de Lviv) como bailarín árabe y como Drosselmeyer, a Veranika Auchynnikava como bailarina árabe, y quizá a Akane Muramatsu como bailarina española. La compañía se presentó con un cuerpo de ballet de doce muchachas flor, que llegaron hasta dieciocho cuando eran hadas en el primer acto.


La compañía hizo lo humanamente posible, dadas las reducidas dimensiones del escenario. Aun así, hay que destacar la interpretación de Germanovich en el primer acto, en el que se mostró ágil y en sus danzas en solitario en el segundo. Lagunov no le fue a la zaga, a destacar sus danzas en el segundo acto, especialmente en su habilidad de mover los pies en el aire en algunas de ellas. Quienes se robaron la escena fueron Svetlitsa y Auchynnikava en su sensual y contorsionante danza árabe, ambos excelentes. Del cuerpo de ballet, podría destacarse a la solista de las flores, así como a los dos bailarines del trepak, aunque se vieron limitados por el pequeño escenario. Esta versión no termina con el final original de Clara despertando del sueño y abrazando a su muñeco, sino que Drosselmeyer hace magia, y se la ve a ella junto al Príncipe Cascanueces y los demás personajes, en ese mundo de ensueño. 


El Cascanueces siempre emociona. Incluso cuando la música es pregrabada, el escenario pequeño (para ballet), y el público cuchichea en las oberturas, o incluso el teatro aprovecha para hacer que pase el público que llega tarde mientras suenan (algo triste, porque son tan famosas como las danzas y merecen atención). Perdonamos los ruidos de los niños, pues esta obra se presta para el público familiar. Oír la bella música y verla bailada en vivo, es siempre maravilloso. Ojalá los grandes teatros españoles tomaran nota y organizaran sus propias compañías o invitaran a otras de gran calidad o renombre para que se presenten, en estas fechas, con la dignidad y espectacularidad que merecen. Mientras tanto, seguiremos con la labor encomiable de las compañías privadas ucranianas. ¿Cómo podríamos despreciarlas cuando llevan al ballet allá donde no hay medios ni interés para producirlo?


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