La zarzuela ha encontrado un inesperado y valiosísimo aliado en el director de escena alemán Christof Loy, de fama internacional, quien ha manifestado públicamente su entusiasmo por nuestro género lírico. Hasta el punto de, crear una compañía con artistas españoles, llamada Los Paladines, formada por cuatro cantantes principales y por un director de orquesta. Loy afirma haberse enamorado definitivamente de la zarzuela, tras ver una representación de La del Manojo de Rosas en el Teatro de la Zarzuela, en noviembre de 2020, cuando la pandemia del Covid-19 tenía cerrados los teatros líricos en toda Europa, mientras que los teatros españoles los abrían. Esto le ganó para el género, y fue el comienzo de una andadura que ha culminado esta temporada con tres producciones de lírica española a cargo del señor Loy: El Barberillo de Lavapiés, en Basilea, estrenada en septiembre del año pasado; Benamor en Viena estrenada el pasado mes, y El Gato Montés en el Teatro de la Zarzuela, que se verá próximamente en junio.
La obra maestra de Barbieri y Larra, se estrenó, como se ha dicho, el pasado septiembre en la ciudad suiza de Basilea, con un enorme éxito. Pero desde hace unas semanas, el mundo entero puede juzgarlo, ya que la plataforma Operavision ha subido a Youtube, durante seis meses, el vídeo de esta producción, filmado los días 5 y 7 de noviembre de 2025. El entusiasmo, en crítica, público y aficionados al género es desbordante: por fin nuestra lírica tiene una nueva oportunidad para ser difundida como se merece, más allá de los álbumes de oberturas y romanzas que muchos de nuestros artistas, con Plácido Domingo y Alfredo Kraus a la cabeza, difundieron entre los melómanos internacionales décadas atrás.
Yo me siento entusiasmado con este proyecto, y en una entrevista reciente a la revista Codalario, Loy confiesa sus ganas de hacer más proyectos de zarzuela. Mi mayor deseo es que lo consiga. Pero como alguien que ha presenciado el trabajo operístico del señor Loy desde hace veinte años, me pregunto qué pensará el sector más purista, cuando vea estas producciones en vivo. Porque si hay un público históricamente conservador, ese es el de zarzuela. Aún recuerdo esa producción puramente minimalista y aburrida de la Lulu de Alban Berg, en su estreno en el Teatro Real en 2009, que fue, y sigue siendo, la peor experiencia operística de toda mi vida de melómano. Claro que ha tenido tiempo de redimirse ante mis ojos, con unas producciones excelentes del Capriccio de Strauss o el que considero el mejor de sus trabajos, el Erwartung de Schönberg, con el que hizo historia en el Teatro Real en marzo de 2024. Y eso que en esta ocasión, aún sin renunciar a sus señas de identidad como regista, me parece que Loy se ha mostrado comedido.
¿Cómo presentar esta producción ante un público tan familiarizado con el regietheater (aunque no siempre lo apoye) como el germano? ¿Cómo presentarle un género nuevo, sin que de la impresión de ser un mero cuadro folclórico y turístico de trajes folclóricos y posiciones de jarras, propios de una cultura que ellos desconocen? El reto no parece fácil, pero a juzgar por los aplausos en el vídeo, y sobre todo por las críticas, el resultado ha sido un éxito total.
La producción es evidentemente contemporánea (como es de esperarse con Loy), pero la estética me parece de una atemporalidad a caballo entre los 70 y los 90. Aunque las costureras me remontan un poco incluso a los años 50. Lo único dieciochesco es la guardia real, con tricornio y pelucas. Aun así, la trama puede seguirse sin demasiados problemas. Y sigue divirtiendo igual que siempre, incluso si uno percibe que Loy no ha renunciado a los tópicos (danza, colorido y casticismo) más asociados al género.
La producción empieza, con un discurso en alemán del tenor que interpreta a Don Luis, aún no metido en el personaje, en el cual introduce el género al público de Basilea. Acto seguido, se abre el telón y muestra un decorado de colores clarísimos, una sala presidida con unos troncos de árboles, y al fondo más árboles pintados, sugiriendo el Prado en un día de frío invierno... que contrasta con el vestuario contemporáneo y colorido del coro y personajes, desprovistos de mangas largas, que sugieren una agradable tarde de primavera o verano. Antes de que empiece la música, Paloma y Lamparilla hablan como si su relación estuviera ya asentada, algo que choca con su cortejo, una vez que empieza la obra. En el primer acto sobre todo, pero a lo largo de la obra, hay danzas, los diálogos son acompañados principalmente por una guitarra (aunque creo que es un elemento que distrae, especialmente cuando en el primer diálogo de Luis y Pedro el guitarrista se pone a interpretar "Asturias" de Isaac Albéniz), y tanto el coro como los solistas, gracias a la dirección de actores, transmiten el casticismo de sus personajes. En el segundo acto se ve un espacio cerrado, salvo por una puerta que muestra un parque nocturno, presidido por la barbería de Lamparilla, con una "L" que indica visiblemente a su dueño. El acto se inicia con una trifulca entre los barberos y sus clientes, que echan de menos al protagonista. El dúo entre Lamparilla y Paloma, termina dos veces con él en brazos de ella, ante el aplauso estruendoso del público que les permite incluso romper la cuarta pared y sonreír a la entusiasmada audiencia. El tercer acto tiene lugar en una sala de color crema, con unas mesas, y máquinas de coser. Cuando la marquesa y Don Luis se visten de majos según la trama, aquí se ve que ella va con un conservador y elegante abrigo y traje azul violáceo y collar, aunque él tiene menos clase, un enorme abrigo negro con borrego y cadenita de oro. Al final, cuando entra la guardia, todo se arregla y la obra concluye con una danza final.
En esta ocasión, Loy ha contado con los miembros de su compañía, un maestro conocedor de la partitura y un elenco joven, atractivo y con la suficiente agilidad para moverse en escena, trabajando su lado más cómico, al servicio de la visión del director de escena.
El director musical José Miguel Pérez-Sierra, tan asociado a esta obra, y que la dirigió en el Teatro de la Zarzuela en 2019 y 2022, repite su versión festiva, ágil y vivaz de la partitura al frente de una orquesta notable como es la Sinfónica de Basilea. El Coro del Theater Basel (el teatro municipal de Basilea) realiza un gran esfuerzo para hacerle justicia a la obra. Y lo consigue, pese a que se nota en la dicción lo difícil de cantar en español, más en el coro masculino que en el femenino, que consigue bordar (nunca mejor dicho) su número del tercer acto. Un detalle nimio pero interesante me parece el ver que, como es habitual en coros centroeuropeos, la presencia de algunos coristas asiáticos, indios y negros, lo que le da un toque multirracial a la producción. Porque multiétnica, es ya nuestra moderna capital. Aunque se ha cuidado que en los diálogos, los personajes pequeños sean también españoles.
Lamparilla es David Oller, quien trabajó con Loy en Capriccio, de Richard Strauss, en el Teatro Real. Oller a nivel actoral es impecable, tiene un físico esbelto, una sonrisa permanente y contagiosa, además de soltura en escena. Vocalmente es un barítono más bien ligero.
Quien para mí se lleva la función es Carmen Artaza con una excelente Paloma tanto a nivel vocal como actoral. Una bella voz que deslumbra en su romanza de entrada y que mantiene ese nivel gracias a su atractivo timbre de mezzosoprano.
Los otros miembros de la compañía son el tenor Santiago Sánchez como Don Luis, y la soprano Cristina Toledo como la marquesita Estrella, ambos entregados a sus roles, aunque me pareció mejor ella. Sánchez ese el encargado de introducir, con su salero en escena, la obra al público alemán. Y con ellos, el resto del elenco muestra la misma entrega.
El público suizo se ha rendido a los encantos de la música de Barbieri, con entusiastas aplausos después de cada número y al final de la obra. ¿Es válida la actualización de Loy, que pone en boca de Lamparilla las diferencias entre liberales y conservadores? Personalmente lo creo, porque eso pretendía la obra cuando se estrenó en su tiempo, aunque lo hiciera a través de una historia del siglo anterior. Al escuchar las opiniones de los personajes sobre la actuación de los políticos, la inconformidad política de Lamparilla, uno que vive en 2026 podría comprender a esos personajes dieciochescos.
Loy ha descubierto las posibilidades que ofrece la zarzuela, y desea explorarlas. Su visión contemporánea puede gustar o no al público, pero su labor de difusión es innegable. Esperamos que más producciones vengan en camino y las lleve a los principales teatros centroeuropeos. El público zarzuelero madrileño tendrá que esperar a junio de este año, con El Gato Montés, y a futuras temporadas en lo referente a este montaje, que se coproduce con el Teatro de la Zarzuela y con Oviedo (donde irá en las próximas semanas) para juzgar el trabajo de Loy. Mi deseo es que sean un éxito y que el público más conservador entienda, que aunque le pueda no gustar su trabajo cuando lo vean, mejor aliado no podría haber encontrado nuestra lírica, en el circuito operístico internacional. Pero lo mismo me equivoco y Loy es tan aclamado unánimemente aquí como en Basilea, y en Viena, donde su producción del Benamor de Luna también ha gustado a los austríacos.
El vídeo de esta producción puede verse en Youtube y en excelente calidad aquí, hasta el 16 de julio. O de forma permanente, en este otro portal.




















