lunes, 21 de agosto de 2017

La función de mi vida: Lohengrin desde el Teatro Real, febrero de 2005




Hay funciones, que marcan la vida de aficionado de uno. Pocos espectáculos me habrán marcado en 16 años que llevo viendo ópera en vivo. Entre ellos está la producción de Lohengrin que el Teatro Real llevó a cabo en febrero de 2005. Gracias a la promoción del último minuto, que estaba empezando a implementarse, pude asistir a la función del 25 de febrero de 2005. La función de mi vida.

Hasta ese momento, Lohengrin era de las óperas que menos me gustaban del maestro. No me emocionaba como Parsifal o Tannhäuser. Ni digamos del Anillo. Pero al estar desde un buen asiento, siguiendo los subtítulos y una puesta en escena que ayudaba a seguir la acción (en aquella época me pareció fea, influido por el clásico video de Viena con Plácido Domingo), desde entonces se convirtió en una de las óperas que más me gustan.

Con unos repartos de primera clase, y tras la experiencia del Anillo y las visitas estivales de Barenboim, en el Real por fin se habían visto las diez grandes óperas de Wagner.

El reparto era el siguiente:

Lohengrin: Peter Seiffert / Klaus Florian Vogt/ Stig Andersen/ Jeffrey Dowd
Elsa von Brabant: Petra Maria-Schnitzer / Gwynne Geyer
Telramund: Hans Joachim Ketelsen / Richard Paul Fink
Ortrud: Waltraud Meier / Birgit Remmert
Rey Heinrich: Kwangchul Youn
Heraldo: Detlef Roth

La Orquesta y el Coro del Teatro Real fueron dirigidos por Jesús López - Cobos y Jordi Casas Bayer respectivamente,  y la puesta en escena por Götz Friedrich.

Tuve la suerte de ver el primer reparto, con la histórica Waltraud Meier y el gran Peter Seiffert.

Meier, tras su éxito como Sieglinde en La Walkiria, regresó al Real a interpretar la Ortrud; una de sus grandes creaciones. En mi función estaba algo fría vocalmente, quizá se debiera a un catarro que hizo que cancelase la función del 28 de febrero. Pero la interpretación del personaje fue de antología. Aún la tengo en mi memoria. En su entrada, con un vestido negro, con altivez mirando a todos los presentes. Y qué segundo acto. A medida que el preludio terminaba se veía a Doña Waltraud mirando al horizonte, con una mirada que revelaba una maquinación. Luego tras proferir su maldición e invocación a los dioses caía al suelo estrepitosamente. Cuando Elsa le pregunta a Ortrud: "¿Dónde estás?", Frau Meier respondía sin levantarse del suelo. Y luego al final de ese segundo acto, cuando Elsa entra en la catedral y se gira a mirar a Ortrud, Meier la miraba desafiante alzando el puño. Y el final fue aún mejor: Aparecía en medio de la nada, mientras Lohengrin se disponía a partir, cubierta con un velo negro que se quitaba para revelar su delito. Pero el héroe se marcha, y Gottfried aparece en lugar de Lohengrin. El pequeño duque se dirigía a Ortrud, mientras que ésta, se resistía a  morir, de nuevo alzando el puño de rabia y temblando. Yo lo interpreté en su día como una humillación final de la malvada noble hechicera, pero un crítico opinaba que era lo contrario: que parecía que la Meier se levantaría para engullirse al niño.




La puesta en escena de Götz Friedrich, como ya dije, me pareció fea. Pero ahora, mirando atrás, la veo como muy hermosa. Utilizaba unos juegos de luces que creaban unos efectos de atardecer casi cinematográficos, siendo el cisne un juego de luces. El vestuario era clásico, en tonos blancos y negros. Muy hermoso fue el preludio del primer acto, cuando en medio de una luna proyectada en el telón, Elsa salía al final y alzaba la mano en dirección al cielo, como manifestando su esperanza. Recuerdo que en el segundo acto los decorados de la primera escena no eran tan buenos, pero la iluminación hacía olvidarlo. La dirección de actores fue impresionante y convincente. Algo feo me pareció el tercer acto, la escena de noche de bodas de Lohengrin y Elsa tenía un fondo azul con una cama en medio que parecía de plumas.

El resto del reparto fue antológico: Peter Seiffert cantó con su hermosa voz lírica. Y en el tercer acto recuerdo que por unos segundos me parecía estar escuchando al gran Wolfgang Windgassen. Luego r recuperé  la cordura y seguí disfrutando. Petra Maria Schnitzer, su esposa en la vida real, me pareció la Elsa de aquéllos días. Kwangchul Youn estaba entonces en plenitud de medios vocales, Hans Joachim Ketelsen estuvo inspirado aunque no siempre su voz fuera grata. Y Detlef Roth cumplió como el Heraldo.

Y la irregular batuta de Jesús López - Cobos estaba esos días inspirada. Menudo sonido tan hermoso sacó de la orquesta, que forma tan bella de acometer la pausa del final del preludio.

Durante esos días, en el segundo reparto estaba previsto que el tenor fuera Christopher Ventris ( quien finalmente debutaría el rol en Madrid en 2014), pero fue sustituido hasta por tres tenores. Uno de ellos era un joven Klaus Florian Vogt. Esta función supuso uno de sus primeros éxitos fuera de su país. Un año después grababa su Lohengrin en Baden -Baden.

Todo un éxito de crítica y público, ovacionadísimo. Yo salí entusiasmado. Unos años después, escuché esta función en unas cintas de cassette que grabé de la radio y no salía de mi asombro. Reviví aquella gran noche. Y entonces comprendí que aquélla había sido la mejor función de mi vida, hasta el día de hoy.

Recordar es volver a vivir, y por eso les propongo recordar conmigo aquélla noche gloriosa, e irrepetible.


miércoles, 9 de agosto de 2017

Las seis canciones orquestales de Arnold Schönberg, opus 8.


Autorretrato

Arnold Schönberg es uno de los compositores que revolucionaron la historia de la música. Más bien, para hacerla emprender un camino evolutivo sin retorno posible, valga la redundancia. Un genio universal, consagrador del atonalismo y padre del dodecafonismo y por ende del serialismo. Todo un revolucionario de la música, una obra fascinante a la par que compleja. El Schönberg que conocemos es el atonal, ese que nada más verlo anunciado se nos antoja difícil ya de antemano. ¿Aunque, a veces no es una obra de arte más interesante por el desafío que nos supone, una vez abandonado cualquier intento de aproximación simple o evasiva?

Y sin embargo, entre sus obras más populares o celebradas, se encuentran algunas de su período anterior al atonalismo, entre ellas la famosa Noche Transfigurada, Pelléas et Mélisande o los Gurrelieder, que es de esas obras puente entre su etapa tonal y atonal. Personalmente, pese a la fascinación que la obra completa del autor me produce, he de admitir que escucho más sus obras del período tonal.


Casi al final de este período, se encuentran unas canciones maravillosas, poco conocidas para lo que su calidad merece: las seis canciones orquestales, opus 8.

En 1903, tras una estancia en Berlín exitosa en lo compositivo pero fallida en lo profesional, se adentró en un campo musical poco explorado por él: la canción orquestal. Estas canciones suponen su primer intento serio en este campo, terminando la composición en 1904.

Las canciones son en concreto seis:

1. Natur (Naturaleza)  de un poema de Heinrich Hart.

2. Das Wappenschild (Escudo de armas)

3. Sehnsucht (Añoranza)

Ambas tomadas del ciclo de cantos populares Des Knaben Wunderhorn de Clemens Brentano y Achim von Arnim.
        
4. Nie ward ich, Herrin (Soneto 82,Jamás de amar a vos me vi cansado)

5. Voll jener Süße (Soneto 116, Lleno de la inefable y gran terneza)

6. Wenn Vöglein klagen ( Soneto 279, Si queja de ave, o movimiento suave)

Esas tres son tomadas de los sonetos del Cancionero de Petrarca.

La influencia wagneriana en  es evidente y perceptible en la mayor parte de la obra. La voz se enfrenta a una gran orquesta, aunque también el avance hacia una ruptura crítica es igualmente manifiesto, así como la personal instrumentación.

 En el primer lied, Natur, se presentan los motivos del resto del ciclo, con una bellísima introducción de trompeta seguida de la orquesta y una bella línea de canto. Das Wappenschild es más interesante: Schönberg crea una canción explosiva con influencias tomadas de la ópera Die Walküre, de Wagner. Sehnsucht es más íntima y tiene una orquesta reducida.  Pero son las canciones de Petrarca las más bellas, dramáticas, evocadoras. Y de ellas, las dos últimas son las más wagnerianas, que además terminan con largos postludios orquestales, que nos evocan la música de Tristán e Isolda. Voll jener Süße es una de las canciones más célebres del catálogo schoenbergiano pero Wenn vöglein klagen es si acaso la más hermosa, empezando con una melodía de flauta respondida por la cuerda, evocando al ave del texto de Petrarca, yendo hacia un éxtasis orquestal desde la segunda estrofa, terminando con un pasaje orquestal final mágico, etéreo, con el  viento al frente de la orquesta cerrando la obra con broche de oro; he aquí su letra en español:

Si queja de ave, o movimiento suave
de la verde floresta a la aura estiva,
o un murmurar de ondas ronco y grave
se oye de margen fresca y sugestiva,

allá donde suspenda Amor y escriva,
la que el Cielo mostró y en tierra hoy cabe,
veo, y oigo, y entiendo que aún es viva:
tan lejos responder mis cuitas sabe.

«¿Por qué, ¡ay! antes de tiempo languideces»,
me dice con piedad, «¿Por qué así rojos
vierten río tus ojos tantas veces?

Ni más me llores ni te cause enojos,
que, al morir, a la luz de eternas preces,
cuando cerrar me viste, abrí los ojos.»


Schönberg tardó una década en imprimirlas, y estrenarlas. Él prefería las canciones de Petrarca (las dos últimas, especialmente) y Das Wappenschild sobre las demás. Y así, el 29 de enero de 1914, Alexander von Zemlinsky dirigiría estas tres canciones, en la voz del tenor Hans Winkelmann, al que el autor le pidió que cantara "piano, y sobretodo legato, sin enunciar el texto abrasivamente".

Poco después, Schönberg escribiría a Zeminsky: " Ya sabe, que había vislumbrado su interpretación de forma distinta a la suya. Pero la interpretación es temporal, variable en el arte de la música. Es uno de los métodos para retratar el significado, para despertar y resucitar el espíritu".


Esta composición poco frecuente, tiene  sin embargo varias interpretaciones muy destacadas a lo largo de la discografía, si bien siempre con voces femeninas.

La versión de referencia es la que interpretó Anja Silja en 1979, junto a la Filarmónica de Viena, dirigida por su esposo Christoph von Dohnányi. Grabada al mismo tiempo que su legendaria versión del Erwartung, Silja ofrece una interpretación entregada y experimentada ya que juega en casa: sus interpretaciones de Berg y Schönberg son históricas. Aunque ya no está en su esplendor vocal como en la década anterior, es capaz de transmitir los diferentes estados de ánimo de las canciones, una excelente y sensible interpretación de Natur, seguida por unas espectaculares versiones de la segunda canción y las de Petrarca, aunque a veces el agudo tienda a abrirse. Pero cualquier defecto palidece ante las tablas y la aún presente belleza de su canto. Y ni se diga de la Filarmónica de Viena, que logra una versión épica y bastante operística de la partitura.


Dos décadas después, Giuseppe Sinopoli dirige la que quizá sea la otra gran versión, al frente de la Staatskapelle Dresden y en la voz de Alessandra Marc. Marc tiene una voz más hermosa y grande que la de Silja, pero no tan teatral ni apasionada. 



En el año 2009, Manuela Uhl grabó las canciones con la Beethoven Orchester Bonn, dirigida por Stefan Blunier, con ocasión de un concierto. Uhl es una de las sopranos alemanas más aclamadas en la actualidad, con una deliciosa voz y fuerte personalidad. La orquesta se desempeña muy bien, aunque comparada con las anteriores nos puede parecer que suena hasta camerística. Uhl no defrauda y nos da una sensible interpretación. Y a título personal debo decir que la propia soprano me dijo que era una obra difícil pero que Wenn vöglein klagen era su favorita de todas las canciones.


Como curiosidad, una versión de Natur, por la soprano Eva Marton, ya en época de madurez vocal. 

Además de las mencionadas, el experto en Schoenberg Robert Craft grabó una notable versión con Jennifer Welch-Babidge, y también se han grabado versiones para orquesta reducida.





miércoles, 2 de agosto de 2017

James Rhodes en el Teatro Real. 27 de julio de 2017.



En el marco del Universal Music Festival que en el Teatro Real ya va por su tercera edición, a la que van artistas famosos como Elton John o Sting o Raphael, se ha programado un recital a cargo del famoso pianista británico James Rhodes, quien hacía su debut en el Teatro Real.

James Rhodes es uno de los pianistas del momento, y su libro de memorias, Instrumental, ha cosechado un éxito internacional. En su libro , Rhodes nos hace partícipes de su difícil vida: en su más tierna infancia sufrió los abusos sexuales de un inclemente profesor que no pudo responder ante la justicia pues murió antes del juicio. La consecuencia de aquél infierno fue una terrible espiral de traumas tanto físicos como psicológicos. Experiencias por las que nadie debería de pasar. Y en medio de la tragedia, la música se abrió paso. Y no sólo consiguió salvar la vida de Rhodes, no sólo llegó para quedarse, sino que le convirtió en un artista. Bach, Chopin, Beethoven, Rachmaninov ... la música de los más grandes como medicina salvadora.

Pero el pianista británico no sólo quiere tocar el piano, sino también divulgar, mostrar, difundir, impresionar. Vestido de manera muy informal, en sus recitales interactúa con el público: lo ameniza con anécdotas sobre las obras y sus autores, siendo capaz de explicarlas desde un punto de vista del siglo XXI. También cuenta, transmite, la relación de éstas con la historia de su vida. Con un estilo de hablar muy particular y desenfadado, decide romper con los convencionalismos y la etiqueta del mundo de la música clásica. Y así, lectores y espectadores disfrutan con él. Y aplauden. Recientemente, ha publicado otro libro, Toca el piano, donde al parecer introduce  al lector en este instrumento en poco tiempo.

Leyendo la prensa, nos situamos en un contexto algo controversial si nos atenemos a criterios estrictamente musicales, ya que se dice que la trágica autobiografía de Rhodes ha contribuído a su éxito como músico y como icono cultural. Y además dice que en España es más conocido por su libro que por su música.


Separando el lado biográfico (digno de todo nuestro apoyo y admiración) y, porque de una vez afirmo que no he leído ninguno de sus libros, quiero centrarme en el lado estrictamente musical.

Autodidacta en una gran parte de su formación musical, no estoy seguro de que pueda medirse con las primeras figuras del piano, como Pollini, Barenboim, Zimerman, Joao-Pires o Lang; pero su labor de divulgador me parece interesante, con tal de que su habitual público pueda oír estas inmortales obras quizá por primera vez en su vida. Por no hablar de que él mismo está en contra de lo que considera la "élite", es decir ambientes como el del Auditorio Nacional, donde actúan sus más afamados colegas.

Recientemente, ha trasladado su residencia a Madrid, lo que este concierto tenía algo de especial por ser el primero que da como vecino de nuestra ciudad. Entre los motivos que le han hecho elegir nuestra ciudad está la gastronomía, Goya o el Brexit. Y a todo esto hizo referencia durante la velada.

                                                      Ambiente previo.

El ambiente del Universal Music Festival es distinto al de la ópera. Para empezar, porque el concierto ha empezado a las 21:30, supongo para que la gente pueda salir más cómoda del trabajo. Nada más entrar, hay un pase VIP por el lado de la tienda (en el extremo derecho de la puerta principal) donde se agolpan los fotógrafos para inmortalizar a los famosos que han asistido al evento. Luego, no hay programa. Supongo que porque dan por hecho que los que van a los conciertos de música popular se saben todas las canciones de sus artistas. O les da igual una cosa que otra. Y eso no es de recibo en un programa de un recital de piano. El festival debería tenerlo en cuenta.

Para colmo, esta vez había mucha más gente agolpada en los arcos de seguridad de lo habitual, cuando lo vi presentí que muchos entrarían tarde o no entrarían.



Una vez en la sala, en el escenario se ve el piano de cola y en la pared oscurecida aparece su nombre proyectado. Al apagarse las luces anuncian que tras acabar el concierto habrá firma de discos. De inmediato, Rhodes aparece en escena en medio de una gran ovación.


Tras un saludo al público, en el que pidió disculpas por no saber aún el suficiente castellano para expresarse, empezó con una melodía de Orfeo y Eurídice de Gluck, arreglada al piano por Giovanni Sgambati. La interpretación fue sensible, pero algo destemplada. Hay una lentitud en Rhodes que no termina de gustarme y que siento que le diferencia de los grandes, aunque no puede negarse que siente y vive cuando está en el teclado. Sin embargo no pudo disfrutarse. Al comenzar, las personas que no pudieron entrar a tiempo empezaron a entrar en tropel, a buscar su asiento desesperadamente y a hacer que el público se levante o incluso que temporalmente se sentasen en las escaleras. Aquello era circense. Incluso se me ocurrió ironizar con que formaba parte del espectáculo porque casi se sincronizaba con la música. Terrible.

Como era de esperarse, al acabar cada pieza explicaba anécdotas (pero no ha hablado mucho de sus traumas) de las piezas, aunque de algún modo enlazadas con otras de su vida. Y en inglés, sin subtítulos. Menos mal que podía entender más o menos lo que decía. Rhodes pese a sus limitaciones, consigue dar momentos de belleza cargados de intimidad o agilidad, pero no a niveles que puedan presumirse excelsos. No obstante, se consigue disfrutar más de lo que podría esperarse.

Continuó con la Partita nº1 en Si bemol mayor de Bach, que  estuvo bien a partir de la mitad. Siguió con la Ballade nº 4 en fa menor, Op. 52 de Chopin y,  en la última pieza del programa logró una estupenda versión de una obra que conoce muy bien ya que se enamoró a primera vista desde su infancia, la Chacona en re menor de Bach y Busoni. Ésta le salió apasionada, fuerte, vital, ágil. Aunque ignoro la razón (podría ser la amplificación) pero sonaba más en forte que las demás obras. Se notaba su pasión por la pieza, y le valió un sonoro "bravo" desde el paraíso.

La famosa interpretación de la Chacona de Bach/Busoni por Rhodes, esta vez en Barcelona.

Hasta aquí el programa, luego empezarían los bises, de los cuales algunos conocía y otros no. Entre ellos, y tras profesar admiración a Puccini, una versión del O mio babbino caro con arreglos de Yvan Mikhashoff, que no me gustó nada. Rhodes la acometió dignamente, pero no me gustaba ese arreglo que hacía unas variaciones imposibles a la maravillosa pieza. Terminó el concierto con otra pieza de Bach, el Adagio del Concierto en re menor para oboe en la adaptación de Alessandro Marcello (originalmente para clave), una pieza íntima y sensiblemente interpretada.

Un concierto al que va otro público que no es el del Real ni del Auditorio Nacional, que fue ovacionado con silbidos y jaleos poco convencionales para los asiduos a funciones de ópera, pero con entusiasmo evidente. Esperamos ver a Rhodes pronto, aunque será en un auditorio más "popular". O quizá vuelva al Real que ya ha conquistado.


Para terminar, quiero enlazar algunos artículos de prensa sobre James Rhodes y su fama en España:

Artículo sobre la biografía de Rhodes en El País

Una controversial nota de prensa sobre la fama de Rhodes en El Español

El Recital en el Teatro Real, según El Mundo



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