jueves, 27 de julio de 2017

Macbeth en el Teatro Real. 11 de julio de 2017.



Macbeth. Una de las obras más fascinantes y desgarradoras de William Shakespeare. Un noble ambicioso alentado por la perversa ambición de su esposa, que desgarrará un país y sus propias vidas. Siglos después, Giuseppe Verdi crearía igualmente una de las obras más maravillosas de su catálogo operístico. Siempre que la he visto programada en Madrid, he ido a verla, atraído por su teatral y maravillosa música.





En trece años, hemos tenido la tercera producción de Macbeth en el Teatro Real. Con el recuerdo no tan lejano (hace sólo cinco años) de la estupenda producción de Tcherniakov/Currentzis que estuvo acompañada de un buen equipo vocal, esta vez la genial obra de Verdi tenía un motivo para volver a subirse a nuestro escenario: que el rol protagonista lo interprete el gran Plácido Domingo.

Domingo ha paseado por muchos teatros en los últimos años su creación del rey atormentado. No es un barítono, pero sí sabe ejercer su oficio. Y sabe mucho de cómo interpretar a Verdi. Ya en 2015 le escuchamos una versión del aria que nos puso los pelos de punta. A sus 76 años no deja de sorprender su fuerza en los escenarios y su capacidad para hacer tantas funciones en los principales teatros del mundo y que los llene. Ni que pese a la lógica merma de medios que se acrecenta un poco cada año, la voz aún pueda recordarnos al Plácido de siempre, aquél en plenitud que muchos habrán visto y que otros conocemos por sus grabaciones.

En su entrada Giorno non vidi mai si fiero e bello, con tan sólo abrir la boca, nos trasladamos a esos momentos de gloria: qué potencia, qué belleza. Plácido parece estar más entregado como Macbeth que como Foscari, y la impresión que iba dándome era la de moderarse para los grandes momentos al mismo tiempo que no perdía la garra escénica ni el buen sonido. El año pasado le notaba más cansado en algunos momentos. Aquí en absoluto. En las escenas con su esposa, su Macbeth convencía por su dramatismo. Sonidos impresionantes, algunos agudos apreciables (aunque no propios de un tenor) se iban sucediendo en el resto.

Se reservó para el Pietà , rispetto, donde cantó maravillosamente y con mucha expresividad. Fue un momento verdaderamente mágico, dentro de sus posibilidades. Uno olvida que es tenor o barítono, simplemente se ve a un enorme cantante. Uno ve un Macbeth atormentado. En su escena final, Mal per me, cae dramáticamente al suelo e interpreta muy bien su trágica muerte. Impresionante la fuerza en sus últimas palabras: vil corona, e sol per te!

Es difícil para muchos oír a un gran tenor interpretando una parte de barítono. Pero Domingo tiene un magnetismo tal que uno se olvida de ello. No obstante, la voz parece haber perdido un poco de volumen y haberse engorronado otro poco (a veces sonaba muy vibrante), por no hablar de que termina por forzar su registro más bajo para sonar como barítono ... pero lo que transmite, milagrosamente, es que aún es capaz de dar guerra ¿hasta cuándo seguiremos así de mal acostumbrados? Aunque desde el principio suene a tenor, el mito, el gran artista, es capaz de que lo olvidemos. Incluso, que muchos se lo perdonemos. Y siempre, queremos verle el año siguiente.

                                Plácido Domingo y Anna Pirozzi, en un momento de la función

Anna Pirozzi fue una Lady Macbeth buena pero tampoco referencial ni del nivel de una Monastyrska o una Netrebko. La voz es agradable de oír, pero aunque tiene excelentes agudos y resiste el papel, a uno le queda la sensación de que falta algo. ¿Más garra? ¿más belleza? Por otro lado a veces era capaz de emitir unos pianissimi estupendos. Donde mejor estuvo fue en la cabaletta del primer acto, en La luce langue donde logró una versión intimista y agradable, y finalmente en la escena del sonambulismo, donde tanto a nivel vocal como interpretativo estuvo estupenda.

Ildebrando D'Arcangelo fue un gran Banquo, con una voz bellísima de bajo aunque el volumen no sea el de un Belosetsky o un Ulyanov. Excelente en su escena del acto segundo.

El Macduff de Brian Jagde no tiene la voz más agradable ni la dicción más refinada, pero pese a un no muy satisfactorio recitativo previo, el aria Ah, la paterna mano
le salió aceptable. Pero no deja de evidenciar esto la falta de tenores para esta parte.

A buen nivel los comprimarios, a destacar un estupendo Malcolm de Airam Fernández, que me sonaba mejor de voz incluso que Jagde.

El coro estuvo sobresaliente, y se nota el trabajo en el coro femenino, que hizo una interpretación memorable de las brujas, que es un personaje coral de suma importancia. Las señoras interpretaban: cantaban y eran también capaces de reír maliciosamente. No se queda atrás el coro masculino, con una buena escena del coro de asesinos y todos se arrancaron un precioso Patria Opressa.

James Conlon volvía al Real después de una electrizante versión de Luisa Miller el año pasado. No ha estado a la misma altura, pero al igual que Domingo el señor Conlon sabe cómo interpretar al autor. Incluso uno piensa que aun irregular, su Verdi es mejor que el de muchos maestros que lo han dirigido aquí últimamente. Y hay algo a su favor: conseguir que las cuerdas sonasen muy bien desde la misma obertura, algo que no es común en la orquesta. De ellas extrajo un sonido exquisito y dramático. Pero el viento incluso dejó que desear. En el final del primer acto sonó espectacular. Uno consigue emocionarse en ese momento tan sobrecogedor. Igualmente electrizante el coro final con la victoria de Macduff. El acto tercero tiene momentos de lucimiento para la orquesta: la música de ballet fue interpretada a un nivel bueno pero podría haberse mejorado. Mejor en la escena de aparición de ondinas y sílfides.

                                      Plácido Domingo, en otro momento de la función

Cada vez hay más recursos para evitar que las versiones de concierto sean aburridas. Esta vez se ha optado por una pequeña dramatización. La orquesta está situada en el foso, la iluminación es la de una puesta en escena, oscureciéndose todo al empezar. Sobre un escenario negro están los asientos del coro, que viste de negro. Llevan algunos pañuelos distintivos, sobretodo las mujeres que llevan hasta tres: rojo para las brujas, amarillo para la escena del banquete real y verde (para todos) cuando se camuflan bajo las ramas de los árboles del bosque de Birnam. Los solistas interactúan dramáticamente. llevan espadas, Lady Macbeth cambia de vestido varias veces, y los protagonistas llevan coronas en el segundo acto. La iluminación consigue efectos apreciables, como una iluminación tenue y azulada en el coro de asesinos o totalmente roja en la escena del ballet. Banquo aparece iluminado cuando Macbeth ve su espectro. Nada puede sustituir una puesta en escena pero el efecto es bastante llevadero.
Aunque a veces pienso que ni falta que hace. Todo el drama está en la música y el texto. Verdi (con un libreto inspirado) se convierte en Shakespeare cuando a partir de un escenario desnudo, su música consigue que veamos un palacio o un bosque donde no los hay. Y también se convierte en el autor inglés cuando la partitura nos revela las emociones de sus personajes y el ambiente sombrío que los rodea sin necesidad de vestidos ni dirección de actores. Verdi es un hombre de teatro, y Macbeth una de las obras más cautivadoras de su catálogo.

La función ha sido un éxito, con el lógico lleno en las funciones donde esté Domingo. Cuando salió se escuchaba desde el paraíso un "¡Viva Plácido!" y la gente en los pasillos ha llegado a decir que estábamos en una función histórica. Sin creer que haya sido para tanto, espero poder ver a nuestro Plácido como Athanael el año próximo en el Thais de Massenet.



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