martes, 1 de agosto de 2017

James Rhodes en el Teatro Real. 27 de julio de 2017.



En el marco del Universal Music Festival que en el Teatro Real ya va por su tercera edición, a la que van artistas famosos como Elton John o Sting o Raphael, se ha programado un recital a cargo del famoso pianista británico James Rhodes, quien hacía su debut en el Teatro Real.

James Rhodes es uno de los pianistas del momento, y su libro de memorias, Instrumental, ha cosechado un éxito internacional. En su libro , Rhodes nos hace partícipes de su difícil vida: en su más tierna infancia sufrió los abusos sexuales de un inclemente profesor que no pudo responder ante la justicia pues murió antes del juicio. La consecuencia de aquél infierno fue una terrible espiral de traumas tanto físicos como psicológicos. Experiencias por las que nadie debería de pasar. Y en medio de la tragedia, la música se abrió paso. Y no sólo consiguió salvar la vida de Rhodes, no sólo llegó para quedarse, sino que le convirtió en un artista. Bach, Chopin, Beethoven, Rachmaninov ... la música de los más grandes como medicina salvadora.

Pero el pianista británico no sólo quiere tocar el piano, sino también divulgar, mostrar, difundir, impresionar. Vestido de manera muy informal, en sus recitales interactúa con el público: lo ameniza con anécdotas sobre las obras y sus autores, siendo capaz de explicarlas desde un punto de vista del siglo XXI. También cuenta, transmite, la relación de éstas con la historia de su vida. Con un estilo de hablar muy particular y desenfadado, decide romper con los convencionalismos y la etiqueta del mundo de la música clásica. Y así, lectores y espectadores disfrutan con él. Y aplauden. Recientemente, ha publicado otro libro, Toca el piano, donde al parecer introduce  al lector en este instrumento en poco tiempo.

Leyendo la prensa, nos situamos en un contexto algo controversial si nos atenemos a criterios estrictamente musicales, ya que se dice que la trágica autobiografía de Rhodes ha contribuído a su éxito como músico y como icono cultural. Y además dice que en España es más conocido por su libro que por su música.


Separando el lado biográfico (digno de todo nuestro apoyo y admiración) y, porque de una vez afirmo que no he leído ninguno de sus libros, quiero centrarme en el lado estrictamente musical.

Autodidacta en una gran parte de su formación musical, no estoy seguro de que pueda medirse con las primeras figuras del piano, como Pollini, Barenboim, Zimerman, Joao-Pires o Lang; pero su labor de divulgador me parece interesante, con tal de que su habitual público pueda oír estas inmortales obras quizá por primera vez en su vida. Por no hablar de que él mismo está en contra de lo que considera la "élite", es decir ambientes como el del Auditorio Nacional, donde actúan sus más afamados colegas.

Recientemente, ha trasladado su residencia a Madrid, lo que este concierto tenía algo de especial por ser el primero que da como vecino de nuestra ciudad. Entre los motivos que le han hecho elegir nuestra ciudad está la gastronomía, Goya o el Brexit. Y a todo esto hizo referencia durante la velada.

                                                      Ambiente previo.

El ambiente del Universal Music Festival es distinto al de la ópera. Para empezar, porque el concierto ha empezado a las 21:30, supongo para que la gente pueda salir más cómoda del trabajo. Nada más entrar, hay un pase VIP por el lado de la tienda (en el extremo derecho de la puerta principal) donde se agolpan los fotógrafos para inmortalizar a los famosos que han asistido al evento. Luego, no hay programa. Supongo que porque dan por hecho que los que van a los conciertos de música popular se saben todas las canciones de sus artistas. O les da igual una cosa que otra. Y eso no es de recibo en un programa de un recital de piano. El festival debería tenerlo en cuenta.

Para colmo, esta vez había mucha más gente agolpada en los arcos de seguridad de lo habitual, cuando lo vi presentí que muchos entrarían tarde o no entrarían.



Una vez en la sala, en el escenario se ve el piano de cola y en la pared oscurecida aparece su nombre proyectado. Al apagarse las luces anuncian que tras acabar el concierto habrá firma de discos. De inmediato, Rhodes aparece en escena en medio de una gran ovación.


Tras un saludo al público, en el que pidió disculpas por no saber aún el suficiente castellano para expresarse, empezó con una melodía de Orfeo y Eurídice de Gluck, arreglada al piano por Giovanni Sgambati. La interpretación fue sensible, pero algo destemplada. Hay una lentitud en Rhodes que no termina de gustarme y que siento que le diferencia de los grandes, aunque no puede negarse que siente y vive cuando está en el teclado. Sin embargo no pudo disfrutarse. Al comenzar, las personas que no pudieron entrar a tiempo empezaron a entrar en tropel, a buscar su asiento desesperadamente y a hacer que el público se levante o incluso que temporalmente se sentasen en las escaleras. Aquello era circense. Incluso se me ocurrió ironizar con que formaba parte del espectáculo porque casi se sincronizaba con la música. Terrible.

Como era de esperarse, al acabar cada pieza explicaba anécdotas (pero no ha hablado mucho de sus traumas) de las piezas, aunque de algún modo enlazadas con otras de su vida. Y en inglés, sin subtítulos. Menos mal que podía entender más o menos lo que decía. Rhodes pese a sus limitaciones, consigue dar momentos de belleza cargados de intimidad o agilidad, pero no a niveles que puedan presumirse excelsos. No obstante, se consigue disfrutar más de lo que podría esperarse.

Continuó con la Partita nº1 en Si bemol mayor de Bach, que  estuvo bien a partir de la mitad. Siguió con la Ballade nº 4 en fa menor, Op. 52 de Chopin y,  en la última pieza del programa logró una estupenda versión de una obra que conoce muy bien ya que se enamoró a primera vista desde su infancia, la Chacona en re menor de Bach y Busoni. Ésta le salió apasionada, fuerte, vital, ágil. Aunque ignoro la razón (podría ser la amplificación) pero sonaba más en forte que las demás obras. Se notaba su pasión por la pieza, y le valió un sonoro "bravo" desde el paraíso.

La famosa interpretación de la Chacona de Bach/Busoni por Rhodes, esta vez en Barcelona.

Hasta aquí el programa, luego empezarían los bises, de los cuales algunos conocía y otros no. Entre ellos, y tras profesar admiración a Puccini, una versión del O mio babbino caro con arreglos de Yvan Mikhashoff, que no me gustó nada. Rhodes la acometió dignamente, pero no me gustaba ese arreglo que hacía unas variaciones imposibles a la maravillosa pieza. Terminó el concierto con otra pieza de Bach, el Adagio del Concierto en re menor para oboe en la adaptación de Alessandro Marcello (originalmente para clave), una pieza íntima y sensiblemente interpretada.

Un concierto al que va otro público que no es el del Real ni del Auditorio Nacional, que fue ovacionado con silbidos y jaleos poco convencionales para los asiduos a funciones de ópera, pero con entusiasmo evidente. Esperamos ver a Rhodes pronto, aunque será en un auditorio más "popular". O quizá vuelva al Real que ya ha conquistado.


Para terminar, quiero enlazar algunos artículos de prensa sobre James Rhodes y su fama en España:

Artículo sobre la biografía de Rhodes en El País

Una controversial nota de prensa sobre la fama de Rhodes en El Español

El Recital en el Teatro Real, según El Mundo



El material audiovisual aquí publicado no es de mi autoría. Si alguien no está conforme con su publicación en este blog, que me lo comunique para quitarlo lo antes posible.

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