viernes, 18 de octubre de 2019

Tristán e Isolda en el Auditorio Nacional. 17 de octubre de 2019.


En la nueva temporada 2019-2020 de la Orquesta y Coro Nacionales de España, se ha elegido para uno de los primeros conciertos, la monumental ópera Tristán e Isolda, de Richard Wagner. Cinco años después de su última función en el Teatro Real (con la legendaria producción de Peter Sellars y Bill Viola que llenó el teatro), regresa a Madrid, esta vez en el Auditorio Nacional y en versión de concierto, esta cumbre de la ópera; que revolucionaría la música de su tiempo y sentaría las bases de lo que vendría el siglo siguiente. 



Wagner, influído por su amor prohibido hacia Mathilde Wesendonck, compuso esta obra que de no ser por El Anillo y tal vez Parsifal, quizá sería su obra magna, por lo anteriormente dicho. El famoso "acorde de Tristán" supuso un más allá en la armonía tonal tradicional, y para muchos supuso el principio de su fin. Aquí ya se anticipa lo que desarrollarían Mahler, Schönberg (en la Noche Transfigurada hay una fuerte influencia de esta ópera), Strauss y otros tantos autores: en una escucha atenta de la obra se pueden ver similitudes con obras posteriores como Salomé, Elektra, La Canción de la Tierra e incluso el ya atonal Erwartung o los Gurrelieder. En la partitura la música lleva al espctador a un nivel trascendental del amor, que se aísla del mundo, tal y como lo sienten los amantes, por ello e de una obra de gran profundidad. A veces, al escucharla y teniendo en cuenta el reducido número de cambios de escena, de personajes y hasta de movimientos, se tiene la impresión de estar escuchando un gran sinfonía, pero Wagner llamaba a su obra un "drama musical" o "acción" (Handlung, en alemán) porque pese a todo esta obra es un drama. Es la historia de dos amantes cuyo amor surgido de la venganza se aísla, eleva, por encima del día, de la sociedad y hasta de la vida. Porque en esta vida no pueden amarse en libertad, y es la muerte la que hace posible su consumación, para desgracia de quienes les rodean, ya que también se ven arrastrados por esa tormenta amorosa.



La ONE, y como ya viene siendo habitual, ha estado en estado de gracia bajo la batuta de David Afkham, que con su magnífica dirección ha conseguido extraer de la orquesta un sonido tal que ha resultado en una memorable noche de ópera. En el preludio, (que tras el famoso acorde inicial tuvo que parar porque sonó un teléfono móvil, que tampoco fue el único que se escuchó en la noche) las cuerdas estuvieron maravillosas, reproduciendo la intensidad y el romanticismo, que hacía sentir que se escuchaba una gran sinfonía. Y mantuvieron ese nivel fantástico durante el resto de la obra. Todos los demás instrumentos dieron también lo mejor de sí en la función, con una percusión poderosa y un sonido metálico y opulento de, valga la redundancia, de los metales. De la sección de viento madera la dirección extrajo un sonido seductor y también potente. Excelente el corno inglés, transmitiendo todo el patetismo y la melancolía de su paisaje solista, llevándose al final una merecida ovación. Momentos como el final del primer acto, el dúo de amor o la larga y sufriente escena de Tristán en el tercer acto fueron realmente electrizantes. En el conocido Liebestod final, la orquesta alcanza su cénit final, con el climax a mitad del número con la orquesta a pleno rendimiento y terminando con la emotividad deseada. Una interpretación para el recuerdo. El coro masculino estuvo magnífico en sus breves intervenciones.



El reparto, si bien no estuvo al mismo nivel de la orquesta, estuvo entre un nivel digno y notable.

Petra Lang, la Isolda de los últimos años en Bayreuth, debutaba en Madrid con este rol. Hay que decir que su interpretación tuvo altibajos: no puede negarse que Lang es una gran artista, pero Isolda es un rol de cuyos desafíos no todas las intérpretes salen airosas en todos los frentes. La voz tiene buen material, con un centro bellísimo, de sus días de mezzo, pero el problema llega en la zona alta. Sus agudos acusan en varias ocasiones de un vibrato poco grato, y en otras como en su primer Do agudo del segundo acto tiende al grito. Y también en ocasiones, la orquesta la sobrepasa. Durante el primer acto dio una función disfrutable, donde además se apoyó de sus dotes interpretativas, pasando de una Isolda enfurecida a una tierna mujer enamorada y con sonrisas elocuentes, de manera convincente. Su registro grave es, por el contrario, apreciable, y lo mostró en este acto. En el segundo mantuvo un nivel digno, pero en sus intervenciones del tercero estuvo más bien plana, aunque en el Liebestod pudo salir del paso pese a sus limitaciones.

Frank van Aken fue un Tristán que empezó discreto, pero terminó con una gran dignidad, superando las expectativas. La voz tiene algún sonido baritonal, no obstante suena generalmente a Heldentenor. En algunos agudos podría sonar gutural, como en el primer acto. También es la suya una voz que no siempre sobrepasa a la orquesta. Durante los dos primeros actos se mostró reservado, para darlo todo en el tercer acto, sin que sonara mal, con un canto entre lo bueno y aceptable. Un Tristán decente, lo que es un mérito en este rol, lo que es un logro hoy en día ya que los tenores en la actualidad no suelen aguantar la inclemente partitura.

Violeta Urmana fue la gran estrella de la noche. Hace cinco años fue Isolda en el Real, y hoy, de nuevo en la tesitura de mezzosoprano, ha sido una Brangäne memorable que ha sido capaz de robarle el protagonismo a la buena de Lang. Su interpretación destacó por su magnífica voz, su exquisito canto, demostrando que en este rol puede seguir dando noches memorables. Además fue casi la única voz protagonista a la que la orquesta no conseguía tapar. En su célebre aviso del segundo acto, dio un excelente agudo en piano en el Habet acht final. Y como resultado, fue la más ovacionada del elenco. 

Brindley Sherratt, quien aterrorizó al Real con su antológica interpretación del villano de Billy Budd en 2017, fue un gran Marke. Su poderosa voz de bajo profundo se hizo oír en toda la sala durante su largo monólogo, aunque algunas notas le salieron guturales. Con todo, logró impresionar y fue muy aplaudido.

El barítono Boaz Daniel interpretó a Kurwenal, con una buena y aseada voz. El tenor Roman Sadnik fue un gran Melot, de voz más grande que la del propio Tristan, cumpliendo sobradamente con su breve rol. 

Roger Padullés fue otra de las grandes sorpresas de la noche, haciendo dos roles: el marinero del primer acto y el pastor del tercero. Su deliciosa voz de tenor ligero dio un lirismo bello y melancólico a las intervenciones del marinero y sensibilidad al pastor.  Ángel Rodríguez Torres también fue un timonel destacable en su pequeño papel.

La pasión de Tristán e Isolda volvió a conquistar al público madrileño, aunque quizá por ser jueves la sala no estaba llena (quizá si lo haga el domingo). Una orquesta en plena forma y un reparto digno, aun con sus limitaciones, consiguieron que la magia de Wagner se hiciera sentir en toda su revolucionaria fuerza.

Algunas fotografías no son de mi autoría, si alguien se muestra disconforme con la publicación  de cualquiera de ellas en este blog le pido que me lo haga saber inmediatamente.

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