lunes, 26 de enero de 2026

Nostálgica ucronía: La Edad de Plata en el Teatro de la Zarzuela, segundo reparto.

Madrid, 25 de enero de 2026.

La Edad de Plata de nuestra cultura, que tantos autores, con sus obras maestras, dio a la literatura universal, así como en las artes plásticas, también se vio reflejada en un auge de nuestra lírica, posiblemente su edad de oro. Desde Arrieta y Gaztambide, hasta Sorozábal, gran parte de nuestro repertorio lírico se originó en esta época; que terminó abruptamente en 1936, con el estallido de nuestra Guerra Civil, y con el erial cultural que de ella heredó la dictadura. En toda esta época, nuestros grandes compositores, como Isaac Albéniz, Enrique Granados y Manuel de Falla, crearon sus obras maestras. De estos dos últimos, el Teatro de la Zarzuela ha programado dos obras pequeñas, la ópera en un acto Goyescas, y El Retablo de Maese Pedro, en un programa doble que tiene por título precisamente "La Edad de Plata".

Goyescas es principalmente conocida como una suite de piano, habiéndose inspirado en cuadros de Goya, que tan bien documentaban el mundo de majos y majas del siglo XVIII. Pero basándose en esta música, Granados compuso una ópera en un acto, cuyo famoso Intermedio orquestal es una de las piezas de música española más interpretadas en conciertos sinfónicos. Fue la primera ópera que se estrenó en español en el mismísimo Metropolitan Opera House de Nueva York. Sin embargo, el propio compositor se dio cuenta, en sus últimos días, de que era una ópera complicada. Su lenguaje musical es interesante, imbuído de las corrientes musicales de su época, pero no así su argumento, demasiado simple pero con un libreto divagante, y a la postre aburrido. Aun así, el cuadro final es el más interesante musicalmente, de gran lucimiento para la soprano, y que tiene un final lúgubre, tan opuesto a su famoso intermedio. En el Teatro de la Zarzuela se vio en el año 2003 junto a San Antonio de la Florida, de Albéniz, y en el Teatro Real en 2015, junto a Gianni Schicchi de Puccini, y protagonizado por una María Bayo en total declive.

En cuanto a El Retablo de Maese Pedro, es una obra en la que Falla, quien lo representó por primera vez ante la flor y nata de la vanguardia y cultura parisinas, y que luego alcanzó mucho éxito con el público, siendo aún hoy una de sus composiciones más conocidas. En ella, tomando una historia de la segunda parte del Quijote cervantino, hizo una ópera para marionetas, en una música por momentos moderna, y por momentos imitando a la música barroca, recuperando en el siglo XX el uso del clave. 

Procedente de la Ópera de Oviedo y del Teatro Cervantes de Málaga, esta producción de Paco López quiere rendir homenaje a esa edad de plata, partiendo de la amistad entre el pintor Ignacio Zuloaga y Manuel de Falla, a través de una ucronía, en la que Zuloaga, quien en realidad apoyó al bando nacional en la Guerra Civil y en sus últimos años fue homenajeado y celebrado por la dictadura, se une a los exiliados republicanos en 1939, cuando terminó esa Edad de Plata de nuestra cultura. López no solo homenajea, sino que se lamenta en la producción del abrupto fin de esta época de desarrollo cultural, esa oportunidad perdida a manos de un gobierno convulso y una guerra que terminó con el inicio de una terrible dictadura, y para ello sitúa la acción de ambas obras en esos años. Pero al crear esta ucronía, lo que parece un planteamiento interesante, se convierte en pretencioso y hasta pedante, como cuando se ve a un imaginario y triste Zuloaga, cuando en realidad fue lo opuesto, al nivel de un Falla que sí se exilió tristemente. La aparición de los espectros y sus incomprensibles danzas mientras se ven las imágenes de la Guerra Civil y la voz de Franco, podría parecer otro ejemplo de esnobismo intelectual. Y eso afecta a Goyescas, aumentando la falta de accesibilidad de la obra y su comprensión, así como demostrando que este no es el canal para representar El Retablo de Maese Pedro, ya que se convierte en la música de fondo de una dramaturgia que poco hace por su comprensión.

El telón se abre y, al son de la Marcha de los Vencidos de Granados, da paso a una pantalla que muestra imágenes de Europa en 1939: Hitler y los nazis. El hermano del pintor, lee una carta de este, fechada en ese año, en la que le cuenta que los alemanes están a las puertas de París (lo que en el mundo real no ocurrió hasta mayo del año siguiente) y que su colección de cuadros de Goya puede peligrar en un bombardeo. Acto seguido, la pantalla se levanta y muestra una sala, repleta de cuadros de Goya y del propio Zuloaga: la acción se retrotrae a una fiesta ficticia en París, en los felices años veinte, en casa del pintor, y aparece una bailarina, Antonia Mercé, conocida como La Argentina, quien le pide a un pianista que interprete su Danza de los ojos verdes. Ese pianista no es otro que el propio Granados, quien en realidad murió en 1916, en un ataque submarino al barco que lo traía de vuelta a Europa, poco después de estrenar Goyescas en Nueva York. Y es en esta fiesta, donde se ambienta la acción de esta ópera. El coro se reparte entre invitados al convite, señoras con mantilla, y artistas vestidos con trajes goyescos y dieciochescos. Durante el famoso Intermedio musical, La Argentina y un personaje misterioso y encapuchado, un espectro, bailan. Al final, Rosario canta recostada en un diván, junto a un agonizante Fernando, con la iluminación muy atenuada, mientras el espectro y La Argentina bailan su última danza.

Tras el descanso, se levanta el telón para mostrar imágenes del Noticiario Español (precedesor del NODO), de la caída de Barcelona en la Guerra Civil, con las tropas franquistas entrando en la ciudad, al mando del general Yagüe, y la gente cantando el Cara al Sol. Inmediatamente después, se oye la aflautada voz del dictador Franco, en su famosa declaración de Salamanca de 1937, en la que afirma que un estado totalitario armonizaría en España. Mientras, los espectros portan un estandarte con una cara grotesca, sacada de las Pinturas Negras de Goya, que ahora, bajadas al suelo, decoran el salón antes repleto de cuadros colgados. La acción vuelve a la fiesta, con Falla presente, en la que una soprano (la misma que interpretó a Rosario en la obra anterior), canta la bellísima canción Psyché. Ahora se va a representar El Retablo de Maese Pedro, aunque la historia de Gayferos y Melisendra se muestra como una película muda, proyectada por partes, cada una introducida por Trujamán, vestido con turbante y collares. Al final se revela que el inoportuno Don Quijote, que interrumpe a veces la acción, es el propio Falla. 


Álvaro Albiach es el encargado de dirigir a la Orquesta de la Comunidad de Madrid, la cual va a más en la función, especialmente a partir del famoso Intermedio de Goyescas, que es cuando entra en calor. Las cuerdas, que dan inicio a la pieza, sonaron con una intensidad que no mostraron al principio. En el cuadro final, y en El Retablo de Maese Pedro, alcanzarían un sonido precioso.  En el intermedio de Goyescas el viento estuvo a un buen nivel, pero fue el momento de las cuerdas. Diría que la orquesta alcanzó un equilibrio tanto en la bella Psyché, en El Retablo de Maese Pedro, donde estuvo excelente, y supo desgranar la belleza de la partitura en la escena de Melisendra. El Coro Titular del Teatro de la Zarzuela sonó estupendo y actuó igualmente bien.

La función de hoy fue la primera del segundo reparto, que solo cambia el tenor y la soprano de Goyescas, respecto del primero. La intérprete más destacable del reparto fue la mezzosoprano Mónica Redondo como Pepa, con su aterciopelada y bella voz, dándole un toque sensual a su personaje. Estuvo seguida de la soprano Mónica Conesa como Rosario, que evolucionó en su interpretación, que empezó discreta, guardándose para el cuadro final, donde la voz se dejó oír por toda la sala (cuando en los dos cuadros anteriores sonaba más contenida), con impresionantes agudos, y transmitiendo, con el material que tiene, el sufrimiento de su personaje. El tenor Enrique Ferrer sufrió algún apuro, especialmente en el agudo, interpretando a Fernando. El barítono César San Martín como Paquiro, tiene el porte y la presencia escénica, además de una voz que se deja oír, pero suena un poco gutural. 

En cuanto a El Retablo de Maese Pedro, el mismo para todas las funciones, la mezzosoprano Lidia Vinyes-Curtis se llevó el gato al agua con su bien cantada interpretación del Trujamán, el rol más largo de la obra. Bien Pablo García-López como  Maese Pedro, y un correcto Gerardo Bullón como Don Quijote, quien se guardó para el final.

Aunque ambas no sean óperas que se suelan ver representadas a menudo, este programa doble ha agotado todas las localidades para todas las funciones. Sin embargo, la acogida del público no ha parecido, al menos en la función de hoy, demasiado entusiasta. Durante la obra, al menos en la tercera planta donde me encontraba, se vieron varias deserciones, las primeras durante el famoso Intermedio de Goyescas. Y cuando la voz de Franco se escuchó, alguien gritó: "No he venido a escuchar propaganda", aunque rápidamente fue callado por el público. No hubo abucheos, pero tampoco demasiados bravos, y los aplausos terminaron pronto. Nada más acabar la función, mucha gente salió disparada. De ambos elencos, fue más aplaudido el de El Retablo, que el de Goyescas, aunque me pregunto si fue porque, como no tenían el vestuario de la primera parte sino de la segunda, no sé si parecían tan reconocibles. 

La oportunidad para ver estas famosas obras está ahí, pero la producción no parece haber ayudado al público, para su disfrute. 


Las fotografías  escénicas y vídeos no son de mi autoría, si alguien se muestra disconforme con la publicación de cualquiera de ellas en este blog le pido que me lo haga saber inmediatamente. Las pertenecientes al segundo reparto de esta producción pertenecen a Madridiario.

Cualquier reproducción de este texto necesita mi permiso.

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