lunes, 26 de enero de 2026

Nostálgica ucronía: La Edad de Plata en el Teatro de la Zarzuela, segundo reparto.

Madrid, 25 de enero de 2026.

La Edad de Plata de nuestra cultura, que tantos autores, con sus obras maestras, dio a la literatura universal, así como en las artes plásticas, también se vio reflejada en un auge de nuestra lírica, posiblemente su edad de oro. Desde Arrieta y Gaztambide, hasta Sorozábal, gran parte de nuestro repertorio lírico se originó en esta época; que terminó abruptamente en 1936, con el estallido de nuestra Guerra Civil, y con el erial cultural que de ella heredó la dictadura. En toda esta época, nuestros grandes compositores, como Isaac Albéniz, Enrique Granados y Manuel de Falla, crearon sus obras maestras. De estos dos últimos, el Teatro de la Zarzuela ha programado dos obras pequeñas, la ópera en un acto Goyescas, y El Retablo de Maese Pedro, en un programa doble que tiene por título precisamente "La Edad de Plata".

Goyescas es principalmente conocida como una suite de piano, habiéndose inspirado en cuadros de Goya, que tan bien documentaban el mundo de majos y majas del siglo XVIII. Pero basándose en esta música, Granados compuso una ópera en un acto, cuyo famoso Intermedio orquestal es una de las piezas de música española más interpretadas en conciertos sinfónicos. Fue la primera ópera que se estrenó en español en el mismísimo Metropolitan Opera House de Nueva York. Sin embargo, el propio compositor se dio cuenta, en sus últimos días, de que era una ópera complicada. Su lenguaje musical es interesante, imbuído de las corrientes musicales de su época, pero no así su argumento, demasiado simple pero con un libreto divagante, y a la postre aburrido. Aun así, el cuadro final es el más interesante musicalmente, de gran lucimiento para la soprano, y que tiene un final lúgubre, tan opuesto a su famoso intermedio. En el Teatro de la Zarzuela se vio en el año 2003 junto a San Antonio de la Florida, de Albéniz, y en el Teatro Real en 2015, junto a Gianni Schicchi de Puccini, y protagonizado por una María Bayo en total declive.

En cuanto a El Retablo de Maese Pedro, es una obra en la que Falla, quien lo representó por primera vez ante la flor y nata de la vanguardia y cultura parisinas, y que luego alcanzó mucho éxito con el público, siendo aún hoy una de sus composiciones más conocidas. En ella, tomando una historia de la segunda parte del Quijote cervantino, hizo una ópera para marionetas, en una música por momentos moderna, y por momentos imitando a la música barroca, recuperando en el siglo XX el uso del clave. 

Procedente de la Ópera de Oviedo y del Teatro Cervantes de Málaga, esta producción de Paco López quiere rendir homenaje a esa edad de plata, partiendo de la amistad entre el pintor Ignacio Zuloaga y Manuel de Falla, a través de una ucronía, en la que Zuloaga, quien en realidad apoyó al bando nacional en la Guerra Civil y en sus últimos años fue homenajeado y celebrado por la dictadura, se une a los exiliados republicanos en 1939, cuando terminó esa Edad de Plata de nuestra cultura. López no solo homenajea, sino que se lamenta en la producción del abrupto fin de esta época de desarrollo cultural, esa oportunidad perdida a manos de un gobierno convulso y una guerra que terminó con el inicio de una terrible dictadura, y para ello sitúa la acción de ambas obras en esos años. Pero al crear esta ucronía, lo que parece un planteamiento interesante, se convierte en pretencioso y hasta pedante, como cuando se ve a un imaginario y triste Zuloaga, cuando en realidad fue lo opuesto, al nivel de un Falla que sí se exilió tristemente. La aparición de los espectros y sus incomprensibles danzas mientras se ven las imágenes de la Guerra Civil y la voz de Franco, podría parecer otro ejemplo de esnobismo intelectual. Y eso afecta a Goyescas, aumentando la falta de accesibilidad de la obra y su comprensión, así como demostrando que este no es el canal para representar El Retablo de Maese Pedro, ya que se convierte en la música de fondo de una dramaturgia que poco hace por su comprensión.

El telón se abre y, al son de la Marcha de los Vencidos de Granados, da paso a una pantalla que muestra imágenes de Europa en 1939: Hitler y los nazis. El hermano del pintor, lee una carta de este, fechada en ese año, en la que le cuenta que los alemanes están a las puertas de París (lo que en el mundo real no ocurrió hasta mayo del año siguiente) y que su colección de cuadros de Goya puede peligrar en un bombardeo. Acto seguido, la pantalla se levanta y muestra una sala, repleta de cuadros de Goya y del propio Zuloaga: la acción se retrotrae a una fiesta ficticia en París, en los felices años veinte, en casa del pintor, y aparece una bailarina, Antonia Mercé, conocida como La Argentina, quien le pide a un pianista que interprete su Danza de los ojos verdes. Ese pianista no es otro que el propio Granados, quien en realidad murió en 1916, en un ataque submarino al barco que lo traía de vuelta a Europa, poco después de estrenar Goyescas en Nueva York. Y es en esta fiesta, donde se ambienta la acción de esta ópera. El coro se reparte entre invitados al convite, señoras con mantilla, y artistas vestidos con trajes goyescos y dieciochescos. Durante el famoso Intermedio musical, La Argentina y un personaje misterioso y encapuchado, un espectro, bailan. Al final, Rosario canta recostada en un diván, junto a un agonizante Fernando, con la iluminación muy atenuada, mientras el espectro y La Argentina bailan su última danza.

Tras el descanso, se levanta el telón para mostrar imágenes del Noticiario Español (precedesor del NODO), de la caída de Barcelona en la Guerra Civil, con las tropas franquistas entrando en la ciudad, al mando del general Yagüe, y la gente cantando el Cara al Sol. Inmediatamente después, se oye la aflautada voz del dictador Franco, en su famosa declaración de Salamanca de 1937, en la que afirma que un estado totalitario armonizaría en España. Mientras, los espectros portan un estandarte con una cara grotesca, sacada de las Pinturas Negras de Goya, que ahora, bajadas al suelo, decoran el salón antes repleto de cuadros colgados. La acción vuelve a la fiesta, con Falla presente, en la que una soprano (la misma que interpretó a Rosario en la obra anterior), canta la bellísima canción Psyché. Ahora se va a representar El Retablo de Maese Pedro, aunque la historia de Gayferos y Melisendra se muestra como una película muda, proyectada por partes, cada una introducida por Trujamán, vestido con turbante y collares. Al final se revela que el inoportuno Don Quijote, que interrumpe a veces la acción, es el propio Falla. 


Álvaro Albiach es el encargado de dirigir a la Orquesta de la Comunidad de Madrid, la cual va a más en la función, especialmente a partir del famoso Intermedio de Goyescas, que es cuando entra en calor. Las cuerdas, que dan inicio a la pieza, sonaron con una intensidad que no mostraron al principio. En el cuadro final, y en El Retablo de Maese Pedro, alcanzarían un sonido precioso.  En el intermedio de Goyescas el viento estuvo a un buen nivel, pero fue el momento de las cuerdas. Diría que la orquesta alcanzó un equilibrio tanto en la bella Psyché, en El Retablo de Maese Pedro, donde estuvo excelente, y supo desgranar la belleza de la partitura en la escena de Melisendra. El Coro Titular del Teatro de la Zarzuela sonó estupendo y actuó igualmente bien.

La función de hoy fue la primera del segundo reparto, que solo cambia el tenor y la soprano de Goyescas, respecto del primero. La intérprete más destacable del reparto fue la mezzosoprano Mónica Redondo como Pepa, con su aterciopelada y bella voz, dándole un toque sensual a su personaje. Estuvo seguida de la soprano Mónica Conesa como Rosario, que evolucionó en su interpretación, que empezó discreta, guardándose para el cuadro final, donde la voz se dejó oír por toda la sala (cuando en los dos cuadros anteriores sonaba más contenida), con impresionantes agudos, y transmitiendo, con el material que tiene, el sufrimiento de su personaje. El tenor Enrique Ferrer sufrió algún apuro, especialmente en el agudo, interpretando a Fernando. El barítono César San Martín como Paquiro, tiene el porte y la presencia escénica, además de una voz que se deja oír, pero suena un poco gutural. 

En cuanto a El Retablo de Maese Pedro, el mismo para todas las funciones, la mezzosoprano Lidia Vinyes-Curtis se llevó el gato al agua con su bien cantada interpretación del Trujamán, el rol más largo de la obra. Bien Pablo García-López como  Maese Pedro, y un correcto Gerardo Bullón como Don Quijote, quien se guardó para el final.

Aunque ambas no sean óperas que se suelan ver representadas a menudo, este programa doble ha agotado todas las localidades para todas las funciones. Sin embargo, la acogida del público no ha parecido, al menos en la función de hoy, demasiado entusiasta. Durante la obra, al menos en la tercera planta donde me encontraba, se vieron varias deserciones, las primeras durante el famoso Intermedio de Goyescas. Y cuando la voz de Franco se escuchó, alguien gritó: "No he venido a escuchar propaganda", aunque rápidamente fue callado por el público. No hubo abucheos, pero tampoco demasiados bravos, y los aplausos terminaron pronto. Nada más acabar la función, mucha gente salió disparada. De ambos elencos, fue más aplaudido el de El Retablo, que el de Goyescas, aunque me pregunto si fue porque, como no tenían el vestuario de la primera parte sino de la segunda, no sé si parecían tan reconocibles. 

La oportunidad para ver estas famosas obras está ahí, pero la producción no parece haber ayudado al público, para su disfrute. 


Las fotografías  escénicas y vídeos no son de mi autoría, si alguien se muestra disconforme con la publicación de cualquiera de ellas en este blog le pido que me lo haga saber inmediatamente. Las pertenecientes al segundo reparto de esta producción pertenecen a Madridiario.

Cualquier reproducción de este texto necesita mi permiso.

viernes, 23 de enero de 2026

ESP/ENG: Bendita obra inacabada: Décima sinfonía de Mahler por la ORTVE.

 

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Madrid, 22 de enero de 2025.

La popularidad de las obras de Gustav Mahler en España se explica, a la frecuencia en su programación, que con esta, y la Novena en el Auditorio Nacional en junio, que supone la despedida de David Afkham como maestro titular de la Orquesta Nacional de España, habré visto todas sus sinfonías, con la excepción de la séptima (no pude ir en el concierto de 2023 en el Auditorio Nacional); en un plazo de tan solo cuatro años. 

Mahler es otro de esos músicos que sucumbió, supuestamente, bajo la temida maldición de la Novena Sinfonía, que se llevó por delante a Beethoven, y a su maestro, colega, y rival por el favor del público melómano, Anton Bruckner. Ya el temor a esta maldición hizo que la que tendría que haber sido la novena sinfonía, no llevara tal número, y se convirtiera en el famoso ciclo de seis canciones sinfónicas, La Canción de la Tierra. Sin embargo, tras completar finalmente una novena, se lanzó a la composición de una nueva sinfonía, la Décima, la cual no llegaría a terminar. De hecho, cuando la muerte se lo llevó en 1911, con tan solo 50 años, estaban muy avanzados el majestuoso primer movimiento, el famoso Adagio, y el tercero, que llevaba el nombre de Purgatorio. Del resto solo había esbozos. Aunque ¡qué esbozos! cuando Deryck Cooke en los años 60 empezó la reconstrucción de esta sinfonía inconclusa (algo que ni Schönberg, ni Shostakovich ni Britten quisieron, y que el gran intérprete y amigo del maestro, el mítico director de orquesta Bruno Walter intentó vetar) se encontró con una bellísima música.

La ansiedad producto de su apretada agenda, su éxito tardío (estrenar la octava sinfonía, un año antes de morir, con éxito hizo que deseara dedicarse más a componer que dirigir, lo que afectó a su trabajo como director de orquesta en Estados Unidos), la infidelidad de su esposa Alma con Walter Gropius... y la pérdida de su hija Maria, le hicieron pensar que la muerte, una constante en su obra, le estuviera rondando. Ese torbellino de emociones se refleja en esta sinfonía: el apoteósico primer movimiento, dirigido históricamente por la mayoría de grandes batutas como Abbado, Bernstein, Boulez o Barenboim, juega con la atonalidad, tanto en el inicio arrancado por las cuerdas (que recuerda al inicio del tercer movimiento de la novena de Bruckner), como la apoteosis orquestal, con un terrorífico y disonante tutti poco antes del final, para terminar con una música acariciante. Es una obra en la que las disonancias irrumpen breve pero intensamente, como si fueran eyectadas. Los movimientos intermedios tienen conclusiones más difusas que los dos primeros y el último, y de hecho ayer se interpretaron los dos últimos del tirón. El primer movimiento es el que se ha consagrado en el repertorio, y como ya he dicho antes, los grandes maestros lo suelen interpretar. Aunque el resto quizá no esté a la altura (aunque para mí el quinto sí lo está, siendo como el primero, pero más bello, incluyendo un solo de flauta que es de lo mejor que salío de la pluma de Mahler), y no sepamos nunca cuál habría sido el resultado final; vuelven a aparecer la música hermosa, introspectiva, obsesionada con la muerte y la naturaleza, proveniente de lo más profundo del alma... marca de la casa mahleriana.

Hace veintiséis años que no se interpretaba la Décima Sinfonía de Mahler al completo, en el Teatro Monumental. El hecho de que ahora vuelva a interprerla, en la versión reconstruida de Deryck Cooke, la Orquesta de Radiotelevisión Española, al frente de un experto como Thomas Dausgaard, era un acontecimiento de nivel, aunque el teatro no estuviese lleno. Antes de empezar el concierto, la orquesta guardó un minuto de silencio en honor a las víctimas del terrible accidente de tren en Adamuz, con cuarenta muertos, y que ha sido sucedido por una serie de accidentes ferroviarios esta semana, que hacen pensar si el sistema ferroviario de España tiene más cosas en común con el de la República Democrática del Congo de lo que se podría esperar de un país desarrollado en la Unión Europea.

Dausgaard es un experto en esta obra, habiéndola grabado con la Sinfónica de Seattle en 2016. Su lectura de la misma podría calificarse de introspectiva, que busca transmitir lo más íntimo de una obra con momentos espectaculares. La orquesta, puede decirse que fue de menos a más, con un inicio tímido por parte de las cuerdas. A partir del segundo movimiento el sonido se asentó, y así para el tercer movimiento las cuerdas ya estaban en forma, para dar una excelente versión del movimiento final. Más lucido desde el primer momento el metal, con una trompeta que antes del clímax disonante del primer movimiento sonó maravillosamente, introduciendo al oyente en el oscuro estado de ánimo de ese momento. La percusión igualmente espectacular, hasta el punto que la señora que se sentaba delante de mí se asustó con los golpes secos que, evocando la muerte, anuncian el movimiento quinto. Igualmente bellísima la flauta en su maravilloso solo en el movimiento final. 

No sé cómo habrá sido en las zonas más bajas, pero durante el primer movimiento, las máquinas de aire acondicionado hicieron un horrible sonido que prácticamente lo arruinaron a los que estuvimos en las zonas más altas. Al final del concierto, el público que estuvo (hubo algunas deserciones), aplaudió agradecido a un simpático Dausgaard, aunque no todos estuvieron contentos: al salir por el pasillo, alguien dijo que el maestro se pensaba que esto era Mozart. Aun así, es una maravilla ver esta maravillosa sinfonía, que afortunadamente pudo llegar hasta nosotros. No a todo el mundo le gusta porque está incompleta y Mahler pidió destruírla, pero no cabe duda de que el genio del compositor austríaco está presente incluso en la forma de boceto en la que ha sobrevivido gran parte de la obra.

ENGLISH: Blessed unfinished work - Mahler's Tenth Symphony by the ORTVE.

Madrid, January 22, 2026.

The popularity of Gustav Mahler's works in Spain is explained by the frequency with which they are scheduled in its local orchestras. With this performance, and the Ninth Symphony at the National Auditorium in June—which marks David Afkham's farewell as principal conductor of the Spanish National Orchestra—I will have seen all of his symphonies, with the exception of the Seventh (I couldn't attend the 2023 concert by the National Orchestra), in just four years.

Mahler is another of those musicians who supposedly succumbed to the dreaded curse of the Ninth Symphony, which claimed the lives of Beethoven, and among others, his teacher, colleague, and rival for the favor of music lovers, Anton Bruckner. The fear of this curse even led to what should have been his Ninth Symphony not being numbered, and instead becoming the famous cycle of six symphonic songs, Das Lied von der Erde (The Song of the Earth). However, after finally completing his ninth symphony, he embarked on the composition of a new one, his Tenth, which he would never conclude. In fact, when death took him in 1911, at only 50 years old, the majestic first movement, the famous Adagio, and the third, entitled Purgatorio, were the only ones completed. Only sketches remained of the rest. But what sketches they were! When Deryck Cooke began reconstructing this unfinished symphony in the 1960s (something neither Schoenberg, nor Shostakovich, nor Britten wanted, and which the great interpreter and friend of the maestro, the legendary conductor Bruno Walter, tried to prevent), he discovered a work of exquisite music.

The anxiety stemming from his hectic schedule, his late-blooming success (the successful premiere of his Eighth Symphony, a year before his death, led him to desire to dedicate himself more to composing than conducting, which affected his work as a conductor in the United States), his wife Alma's infidelity with Walter Gropius, and the loss of his daughter Maria, made him feel that death, a recurring theme in his work, was stalking him. This whirlwind of emotions is reflected in this symphony: the apotheosis of the first movement, historically conducted by most of the great conductors such as Abbado, Bernstein, Boulez, or Barenboim, plays with atonality, both in the opening burst from the strings (reminiscent of the beginning of the third movement of Bruckner's Ninth), and in the orchestral apotheosis, with a terrifying and dissonant tutti shortly before the end, to finally conclude with caressing music. It is a work in which dissonances erupt briefly but intensely, as if ejected. The middle movements have less defined conclusions than the first two and the last, and in fact, the last two were performed back-to-back yesterday. The first movement is the only one to enter in the repertoire, instead of the symphony as a whole, and as I mentioned before, the great masters usually perform it. Although the rest may not be up to the same standard (though for me the fifth movement does, being like the first but more beautiful, including a flute solo that is among the best that came from Mahler's pen), and we may never know what the final result would have been, the beautiful, introspective music, obsessed with death and nature, coming from the depths of the soul, reappears—a hallmark of Mahler's work.

It had been twenty-six years since Mahler's Tenth Symphony had been performed in its entirety at the Teatro Monumental. The fact that it was now being performed again, in Deryck Cooke's reconstructed version, by the Spanish Radio and Television Orchestra (ORTVE), led by an expert like Thomas Dausgaard, was a major event, even though the theater wasn't full. Before the concert began, the orchestra observed a minute of silence in honor of the victims of the terrible train accident in Adamuz, which claimed forty lives and has been followed by a series of train accidents this week, prompting one to wonder if Spain's railway system has more in common with that of the Democratic Republic of Congo than one might expect from a developed country in the European Union.

Dausgaard is an expert on this work, having recorded it with the Seattle Symphony Orchestra in 2016. His rendition could be described as introspective, seeking to convey the most intimate aspects of a work with spectacular moments. The orchestra grew in strength as the performance progressed, with a shy start by the strings. From the second movement onward, the sound settled, and by the third movement, the strings were in top form, delivering an excellent rendition of the final movement. The brass section was more prominent, with a trumpet that sounded magnificent before the dissonant climax of the first movement, drawing the listener into the dark mood of that moment. The percussion was equally spectacular, to the point that the lady sitting in front of me was startled by the sharp, death-tinged blows that heralded the fifth movement. The flute was equally beautiful in its marvelous solo in the final movement.

I don't know what it was like in the lower sections, but during the first movement, the air conditioning units made a horrible noise that practically ruined the experience for those of us seated in the upper sections. At the end of the concert, the audience (there were a few departures) applauded a charming Dausgaard with gratitude, though not everyone was pleased: as they left through the aisle, someone remarked that the maestro thought this was Mozart. Even so, it is a marvel to see this wonderful symphony, which fortunately has survived to this day. Not everyone appreciates it because of its incompleteness and Mahler requested its destruction, but there is no doubt that the Austrian composer's genius shines through even in the sketch form in which much of this work has survived.


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viernes, 9 de enero de 2026

Nada es lo que parece a simple vista: The Book of Mormon, el musical, en Madrid.


Madrid, 8 de enero de 2026.

Me pregunto si con esto he cubierto mi cuota de teatro hablado y musical de este año, que es una anécdota, al lado de mi programación de ópera, zarzuela y sinfónica. Hace año y medio caí trampa de mi propio morbo y fui a ver esa vacuidad llamada Malinche, en el que Nacho Cano se autocomplacía con un bodrio de lujo. Muchos allegados a mí me recomendaron ver The Book of Mormon, un exitoso musical procedente de Broadway, donde lleva catorce años en cartel. Anunciado en metro, Youtube y redes sociales, se estrenó hace un par de años en el augusto Teatro Calderón -que fue teatro de ópera durante la época de la Segunda República y los primeros años del franquismo- , pero desde esta temporada está en el Teatro Rialto de nuestra Gran Vía, el pequeño Broadway español. Finalmente me animé ayer.

Voy a hablar desde mi ausencia de conocimientos del mundo del teatro musical y de la religión mormona. Pero si hablaré de las impresiones que me ha generado, y de por qué me parece una obra tan hilarante como brillante. 

Cuando uno ve los anuncios de este musical, con esos actores tan pulcros y sonrientes, especialmente el que encarna al Elder Price, el protagonista, tan rubio, blanco, de ojos azules y de sonrisa Profident como los mormones que se ven por ahí, intentándote hablar sobre Dios (conmigo lo intentó uno en el metro, tratando de conquistarme con su amor por la comida peruana y el cebiche, pero no recuerdo más porque duró poco la charla), o los testigos de Jehová que tocan cada puerta. Uno sabe que se va a reír, pero si no averigua un poco más, se puede encontrar con toda una sorpresa una vez se siente en su butaca. Empezando porque los creadores de esta obra son ni más ni menos que Trey Parker, Robert Lopez y Matt Stone. El primero y el tercero son también los creadores de South Park, esa legendaria serie de dibujos para adultos tan horribles como irresistiblemente soeces y satíricos.

Estados Unidos es una sociedad de contrastes: hay una parte culta, muy diversa, liberal, con aportaciones de todas las culturas que lo han formado, muy desarrollada tecnológica y artísticamente, en la que me gustaría incluírme si viviera allí porque la admiro muchísimo, pero también hay otra parte conservadora, retrógrada, que cree a pies juntillas que la creación del mundo es como en la Biblia, profundamente inculta y racista, consciente o insconscientemente tendente al supremacismo de la "raza" blanca, que además tiene el suficiente poder para limitar a la parte más cultivada. Y este musical, creado en el liberal y ultramoderno Broadway neoyorquino, viene a satirizar el peor de los lados de esa sociedad tan contrastada, que es la que cultural, económica, y ahora parece que también militarmente, manda sobre nosotros.

Los mormones tienen una importante presencia en ese país, con Salt Lake City como su capital, con su neogótico y gigantesco templo. Desde ahí, se dirigen a todo el mundo para llevar la palabra de Dios... y de Joseph Smith, fundador de la orden. Y es en este punto cuando encontramos a nuestro protagonista, el carismático Elder Price, quien sueña con ir de misión a Orlando, Disneylandia, pero al que destinan a Uganda, y para su desgracia, junto a él va un hermano tímido, poco agraciado, basto, con sobrepeso y con muy baja autoestima, el Elder Cunningham. Ambos hermanos no solo no saben nada del país ni de su gente, sino que durante toda la obra no hacen más que confundir el nombre con Uruguay o Yugoslavia. El mundo africano que se encuentran es un sitio colorido, pero miserable. Allí se encuentran con unos hermanos que no solo no han conseguido convertir a nadie, sino que viven víctimas de sus propias represiones y fantasmas. A los ugandeses no les interesa la palabra de Dios, ya tienen bastante con sus problemas: el VIH extendido, la represión de un general local, la ablación de clítoris, la pobreza... 

Esto podría dar para un drama, pero el libreto lo pasa por el filtro de la comedia brutal y tronchante. Porque la pluma del Elder McKinley, quien de acuerdo a las enseñanzas mormonas, trata de reprimir a duras penas su homosexualidad (porque a los homosexuales el libro mormón les prescribe la castidad), la forma en que los africanos son representados como personas miserables, ignorantes (como que uno de ellos crea que por tener sexo con un bebé se le cura el sida, toda una alusión a los abusos a niños en las iglesias estadounidenses), enfermas y reprimidas; la incultura total de los hermanos que creen que Uganda es como en la película El Rey León, la soberbia del modélico Elder Price que demuestra ser un cobarde, dejando solo al Elder Cunningham con la misión... son una verdadera patada en la entrepierna a la pacatez conservadora y racista de la sociedad blanca estadounidense. Ahí reside la brillantez de esta obra, porque nada es lo que parece. El verdadero protagonista no es el rubio atlético y carismático Elder Price que huye a la primera de cambio, sino el bajito, gordo y moreno Elder Cunningham... el que consigue la conversión de toda la aldea, incluso si para ello tiene que engañarlos metiendo anécdotas de su invención. Y pese al ridículo, el horror del presidente mormón cuando descubre el engaño, dejando entrever su racismo y clasismo... los hermanos consiguen una conversión sincera de los aldeanos, que una vez unidos en la esperanza de la Palabra (aun en una versión llena de invenciones), se libran del yugo del general, y serán los nuevos mormones de África.

Todo esto es llevado a la escena del Rialto en la producción de David Serrano (quien junto a Alejandro Serrano se encarga de la traducción al español, todo un reto a la hora de introducir una historia tan americana en sus temas, como en las onomatopeyas como la muy americana "Oh, Guau" que dice el Elder Cunningham), quien consigue crear ese mundo de ensueño y colorido, que transmite una realidad descarnada en tono de comedia casi zafia. Nada más entrar en el Teatro, las palabras "THE BOOK OF MORMON" reciben al espectador. Aunque la recreación cómica de la historia del Libro de Mormón y la impecable sala del centro de formación son bellas a la vista, lo importante son las escenas africanas, obra de Ricardo Sánchez-Cuerda. Y estas aparecen con unos colores vivos, aunque no dejen de recordarnos la pobreza, presididas por un destartalado coche arriba del todo.. Las escenas de explicaciones y de sueños también son un universo aparte: cuando Elder Price sueña con Orlando, primero quemándose y viéndose él mismo en el infierno, con Hitler, Gengis Kan, el asesino en serie Jeffrey Dahmer y con Silvio Berlusconi (en la versión en inglés es el abogado de OJ Simspon, el boxeador)... es una joya absoluta. A Iker Karrera se le debe la estupenda coreografía y a Joan-Miquel Pérez la dirección musical de las animadas canciones.

Poco que decir sobre el excelente elenco, aunque los dos hermanos no son los mismos que lo estrenaron en Madrid allá por octubre del 2023. Alexandre Ars hace creíble al Elder Price, que de guapo, siempre sonriente, carismático y virtuoso resulta repelente. Y como el verdadero protagonista, Jesús González (quien se alterna en el rol con el principal Alejandro Mesa) transmite un Elder Cunningham gracioso, que baila muy bien y que trasmite su inseguridad al público, como el compañero que a priori nada querríamos tener, poniendo a prueba nuestra superficialidad. Me arriesgo a decir que la mejor voz del elenco es la de la catalana Aisha Fay como la crédula e inteligente Nabulungi (a la que Cunningham pone muchos nombres como Jumanji o Enantium, una prueba más de involuntaria soberbia al no esforzarse siquiera de pronunciar su nombre), con su potente canto, y el tierno retrato que hace de su personaje. Los mejores números fueron los cantados por ella. Del resto de personajes, muy divertido Alberto Bolea como el reprimido Elder McKinley, Álvaro Siankope como el aldeano que tiene chinches en la entrepierna (sí, así de soez es el libreto), y gracioso y brutal al mismo tiempo Ricardo Nkosi como el General Puto Culo Desnudo, de imponente porte y presencia en escena, quien también interpreta al Diablo en la canción de pesadilla del Elder Price. 


Esta mordaz sátira quizá sea más impactante y ofensiva, pese a su éxito, en Estados Unidos, donde ha sido acusada incluso de racista debido a su representación de los africanos, llegando incluso a una reelaboración del libreto tras el asesinato racista de George Floyd. Aqui, con un público más secularizado y menos creyente, la sátira se convierte en una comedia desternillante que arrancaba a cada rato las risas del abarrotado teatro. Yo creo que esta obra es necesaria a uno y otro lado del Atlántico, porque asistimos a una sana y tronchante deconstrucción del irreal mundo de fantasía de la evangelización de la América más conservadora.


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lunes, 5 de enero de 2026

Navidades con Tchaikovsky en casa del Rey León: El Cascanueces por el Ballet de Kiev.

 

Madrid, 3 de enero de 2026.

Como es habitual por fiestas, las cuales están ya a punto de terminar, entre la abundante oferta de ocio de la capital y otras ciudades se encuentran las giras de compañías privadas de ballet. Desde que empezó la invasión rusa de Ucrania, las compañías privadas de ballet rusas o con nombre ruso que solían pasar por nuestras ciudades, optaron por cambiarse el nombre, para seguir ganándose el pan honradamente. No es el mejor tiempo en Occidente para pasear la marca Rusia. Pero además, el nicho que han dejado en las programaciones, especialmente la madrileña, lo han ocupado compañías ucranianas. Desde su exitoso debut español en 2022, el Ballet de Kiev, dirigido por Viktor Ishchuk, ha sido un habitual de las programaciones de danza clásica en el país. En Madrid, hace temporada en verano e invierno. En los últimos tiempos, esta compañía se ha presentado en el Teatro Lope de Vega, compartiendo escenario con el musical El Rey León. Y en concordancia con estas fechas, el ballet representado en estos días es El Cascanueces, de Piotr Ilich Tchaikovsky.

¡Quién iba a decir que este clásico navideño en su día fue un fracaso! Tuvo que ser Estados Unidos el que lo catapultó a la fama internacional que hoy goza como clásico navideño, desde que se estrenó en Nueva York una producción con coreografía de George Balanchine, en 1953. En aquél país es una tradición que muchos de sus teatros y compañías de ballet lo programen y hagan su propia producción. Hasta los institutos de secundaria. Ningún país occidental se queda sin el Cascanueces por navidad. España y su capital no son menos. Si no lo hace el Ballet Nacional de España en un gran teatro, siempre lo harán las compañías privadas ucranianas, o incluso algunas academias de baile como la de Checa. Si hay algo que seduce al público, tanto adulto como infantil son la bella y popular música de Tchaikovsky, tan reproducida en películas y anuncios de televisión, y que describe el encantador mundo de fantasía que cuenta la historia. Muchas de las piezas musicales que se oyen son conocidas por el público incluso si se desconoce su procedencia. En los últimos años, incluso ha sido tachado de racista por la representación estereotipada de chinos, árabes y españoles en sus respectivas danzas. Pero ni siquiera una revisión tal ha mermado su popularidad, ni la forma de representarlo. 


Como es habitual en estas compañías, es difícil saber quién es quien en el reparto, cosa que me molesta mucho. Aunque termine por no ser relevante para muchos, creo que el público debería de saber quién baila. Al menos, he podido reconocer, tras cotejar fotografías, a una pareja protagonista formada por Ievgen Lagunov como el Príncipe Cascanueces, y a Elena Germanovich como Clara;  a Evgeniy Svetlitsa (antiguo bailarín principal del ballet de Lviv) como bailarín árabe y como Drosselmeyer, a Veranika Auchynnikava como bailarina árabe, y quizá a Akane Muramatsu como bailarina española. La compañía se presentó con un cuerpo de ballet de doce muchachas flor, que llegaron hasta dieciocho cuando eran hadas en el primer acto.


La compañía hizo lo humanamente posible, dadas las reducidas dimensiones del escenario. Aun así, hay que destacar la interpretación de Germanovich en el primer acto, en el que se mostró ágil y en sus danzas en solitario en el segundo. Lagunov no le fue a la zaga, a destacar sus danzas en el segundo acto, especialmente en su habilidad de mover los pies en el aire en algunas de ellas. Quienes se robaron la escena fueron Svetlitsa y Auchynnikava en su sensual y contorsionante danza árabe, ambos excelentes. Del cuerpo de ballet, podría destacarse a la solista de las flores, así como a los dos bailarines del trepak, aunque se vieron limitados por el pequeño escenario. Esta versión no termina con el final original de Clara despertando del sueño y abrazando a su muñeco, sino que Drosselmeyer hace magia, y se la ve a ella junto al Príncipe Cascanueces y los demás personajes, en ese mundo de ensueño. 


El Cascanueces siempre emociona. Incluso cuando la música es pregrabada, el escenario pequeño (para ballet), y el público cuchichea en las oberturas, o incluso el teatro aprovecha para hacer que pase el público que llega tarde mientras suenan (algo triste, porque son tan famosas como las danzas y merecen atención). Perdonamos los ruidos de los niños, pues esta obra se presta para el público familiar. Oír la bella música y verla bailada en vivo, es siempre maravilloso. Ojalá los grandes teatros españoles tomaran nota y organizaran sus propias compañías o invitaran a otras de gran calidad o renombre para que se presenten, en estas fechas, con la dignidad y espectacularidad que merecen. Mientras tanto, seguiremos con la labor encomiable de las compañías privadas ucranianas. ¿Cómo podríamos despreciarlas cuando llevan al ballet allá donde no hay medios ni interés para producirlo?


Las fotografías y vídeos no son de mi autoría, si alguien se muestra disconforme con la publicación de cualquiera de ellas en este blog le pido que me lo haga saber inmediatamente. Cualquier reproducción de este texto necesita mi permiso.

viernes, 2 de enero de 2026

ESP/ENG: Yannick Nézet-Séguin hace historia en su debut en el Concierto de Año Nuevo.

 

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Ya el año pasado, hubo sorpresa y expectación cuando se anunció que el director del Concierto de Año Nuevo de Viena de 2026 sería el canadiense Yannick Nézet-Séguin, director musical del Metropolitan Opera House de Nueva York, y asiduo de la  Orquesta Filarmónica de Viena desde 2010. Pero lo que nadie pudo imaginarse es que este concierto haría historia. Lo que siempre ha caracterizado al encorsetadísimo concierto vienés anual es su apego a las tradiciones y en muchas ocasiones, a la tranquilidad de lo bello. En esta línea, han ido los maestros en las últimas ediciones, todos ellos leyendas vivientes como Barenboim, Thielemann, Muti o veteranos como Welzer-Möst. El joven (para la orquesta y el concierto) maestro canadiense, de cuarenta y nueve años,  ha resultado traer un soplo de aire fresco a esta tradición. Y eso que el aún más joven Gustavo Dudamel ya dirigió en la edición de 2017.

No se recuerda una jovialidad, una energía, una chispa tan grande en estos conciertos desde hacía largo tiempo, probablemente desde el japonés Seiji Ozawa en 2002, quien ya era por entonces un sexagenario, y de eso hace veinticuatro años. Nézet-Séguin disfruta, sonríe, desprende un entusiasmo alejado de la distante tranquilidad de los viejos maestros, apostando además por un repertorio bastante renovado. Y la respuesta ha llegado en forma de una tremenda ovación. Ya el año pasado se incluyó por primera vez una obra de una mujer, pero este año no solo se han incluido las de otras dos, sino que por primera vez, la obra de una persona de color se escucha en el concierto: el Vals del Arcoíris, de 1939, de la afroamericana Florence Price; de quien Nézet-Seguin es uno de sus valedores. 

La primera parte comenzó con la obertura "Indigo y los cuarenta ladrones", de Johann Strauss hijo, una obra que comienza con tempi lentos, de gran belleza, seguida del vals Donausagen de Carl Michael Ziehrer, donde la orquesta estuvo apoteósica, y así como en el breve pero intenso galope Malapou de Joseph Lanner, la primera en la que los músicos además cantaban. Otra de las curiosidades del concierto era la inclusión de varias piezas con diferentes tipos de percusión. De gran lucimiento para la orquesta, enérgica interpretación la obertura de La Bella Galatea de Franz von Suppé ya en la segunda parte. Una delicia para los oídos, con una bella entrada de la sección de viento, el precioso y majestuoso vals "La dignidad de las mujeres" de Josef Strauss. La pieza de Florence Price empieza con una preciosa introducción de arpa, seguida por cuerdas y maderas, bastante moderna, hasta que se arranca con un vals, pero se nota lo contemporánea que es... una pieza que vale la pena. El ballet de la ópera de Viena hace su tradicional intervención en dos piezas, coreografiadas por el mítico John Neumeier, ambas de Johann Strauss hijo: la Polka del Diplomático, op. 448, y la popular Rosas del Sur. De Hans Christian Lumbye se interpretó el  Københavns Jernbane-Damp-Galop (Galop del Ferrocarril de Vapor de Copenhague), una pieza ágil que además incluye silbatos que recrean el ambiente en una estación de ferrocarril, fabulosamente interpretada por la orquesta. 

Las propinas incluyeron la Polka Circo, de Philipp Fahrbach hijo, una preciosa pieza con otros tipos de percusiones, que hizo de nuevo cantar (y muy bien) a los músicos. Después vendría una deliciosa, lenta, exquisita interpretación del famoso Vals del Danubio Azul, y el consabido final con la Marcha Radetzky de Strauss padre, que es sin duda la más divertida que se recuerda, pues Nézet-Seguin aprovechó para dirigirla mientras recorría todo el patio de butacas, sonriendo y al mismo tiempo dirigiendo al público. Sin dejar de interpretarla, aprovechó para dar un beso en la nuca a su esposo, el violinista Pierre Tourville

En su discurso, que dio en francés e inglés, aludió a la paz, y resaltando que nuestras diferencias son para celebrarlas, y unirnos en la música, pues todos vivimos en un mismo planeta. El año que viene, no lo dirigirá una mujer como muchos llevan años pidiendo, sino el también joven maestro ruso Tugan Sokhiev, ex director musical del Teatro Bolshoi de Moscú. Empieza así con música el año 2026, un año que nos traerá sorpresas como el debut de dos geniales óperas en dos famosos festivales: el Rienzi  de Wagner en su Bayreuth, y la gigantesca San Francisco de Asís de Messiaen en Salzburgo. Ganas tenemos de que lleguen, y yo de reseñarlos. Mientras tanto, se puede afirmar que este concierto será uno de los más recordados de su historia. Nézet-Séguin se ha apuntado un ascenso más en su brillante carrera gracias a él. 


ENGLISH: Yannick Nézet-Seguin makes history in his debut at the Vienna's New Year's Concert.

Last year, there was surprise and expectation when it was announced that the director of the 2026 New Year's Concert in Vienna would be the Canadian Yannick Nézet-Séguin, music director of the Metropolitan Opera House in New York, and a regular conductor of the Vienna Philharmonic Orchestra since 2010. But what no one could imagine is that this concert would make history. What has always characterized the highly rigid annual Viennese concert is its attachment to traditions and, on many occasions, just to the tranquility of beauty. The maestros have followed this line in recent editions, all of them living legends like Barenboim, Thielemann, Muti or veterans like Welzer-Möst. The young (for the orchestra and the concert) Canadian maestro, aged fifty, has turned out to bring a breath of fresh air to this tradition, despite the even younger Gustavo Dudamel alreadyconducted in the 2017 edition.

Such great joviality, energy, and spark have not been remembered in these concerts for a long time, probably since when the Japanese Seiji Ozawa, who was already in his sixties at that time, conducted the 2002 edition, now twenty-four years ago. Nézet-Séguin enjoys, smiles, exudes an enthusiasm so different from the distant tranquility of the old maestros, and also by renewing the repertoire. The response has come in the form of an outstanding ovation. Last year, a work by a female composer was included for the first time. What's more, this year's edition has not only included works by another two, but for the first time, the work of a Black composer is heard in this concert: the 1939 Rainbow Waltz by the African-American Florence Price; of whom Nézet-Seguin is one of his supporters.

The first part began with the overture "Indigo and the Forty Thieves", by Johann Strauss Jr., a work that begins with slow tempi, of great beauty, followed by the Donausagen waltz by Carl Michael Ziehrer, where the orchestra was majestic, as well as in the brief but intense Malapou gallop by Joseph Lanner, the first in which the musicians also sang. Another curiosity of the concert was the inclusion of several pieces with different types of percussion. A great displaying show for the orchestra's sections, an energetic performance of the overture to Die Schöne Galathée operetta by Franz von Suppé, now in the second part. A delight for the ears, with a beautiful entry from the woodwind section, the beautiful and majestic waltz "The Dignity of Women" by Josef Strauss. Florence Price's piece begins with a beautiful harp introduction, followed by strings and woodwinds, quite modern, until it starts with a waltz, but you can see how contemporary it is... actually a worthwhile piece. The Vienna State Ballet makes its traditional intervention in two pieces, choreographed by the legendary John Neumeier, both by Johann Strauss Jr.: the Diplomat's Polka, op. 448, and the popular Roses from the South.

By Hans Christian Lumbye, the Københavns Jernbane-Damp-Galop (Copenhagen Steam Railway Galop) was performed, an agile piece that also includes whistles that recreate the atmosphere in a railway station, fabulously performed by the orchestra. The tips included the Circus Polka, by Philipp Fahrbach Jr., a beautiful piece with other types of percussion, which made the musicians sing again (and very well). Then would come a delicious, slow, exquisite rendition of the famous Blue Danube Waltz, and the well-known finale with the Radetzky March by Strauss Sr., which became without a doubt the funniest ever in this concert's history, since Nézet-Seguin conducted while walking around the entire stalls, smiling and at the same time conducting the clapping audience. Without stopping conducting, he took the opportunity to kiss his husband, the violinist Pierre Tourville, on the back of the neck.

In his speech, which he gave in French and English, he alluded to peace, highlighting that our differences are to be celebrated, united in music, since we all live on the same planet. Next year, it will not be directed by a woman as many have been asking for years, but by the young Russian maestro Tugan Sokhiev, former musical director of the Bolshoi Theater in Moscow. Thus begins the year 2026 with music, a year that will bring us surprises such as the debut of two great operas at two famous festivals: Wagner's Rienzi in Bayreuth, and the gigantic Messiaen's Saint François d'Assise in Salzburg. We are looking forward to them arriving, and I am looking forward to reviewing them. Meanwhile, it can be said that this concert will be one of the most remembered in its history. Nézet-Séguin has went up another step in his brilliant career because of it.


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