viernes, 9 de enero de 2026

Nada es lo que parece a simple vista: The Book of Mormon, el musical, en Madrid.


Madrid, 8 de enero de 2026.

Me pregunto si con esto he cubierto mi cuota de teatro hablado y musical de este año, que es una anécdota, al lado de mi programación de ópera, zarzuela y sinfónica. Hace año y medio caí trampa de mi propio morbo y fui a ver esa vacuidad llamada Malinche, en el que Nacho Cano se autocomplacía con un bodrio de lujo. Muchos allegados a mí me recomendaron ver The Book of Mormon, un exitoso musical procedente de Broadway, donde lleva catorce años en cartel. Anunciado en metro, Youtube y redes sociales, se estrenó hace un par de años en el augusto Teatro Calderón -que fue teatro de ópera durante la época de la Segunda República y los primeros años del franquismo- , pero desde esta temporada está en el Teatro Rialto de nuestra Gran Vía, el pequeño Broadway español. Finalmente me animé ayer.

Voy a hablar desde mi ausencia de conocimientos del mundo del teatro musical y de la religión mormona. Pero si hablaré de las impresiones que me ha generado, y de por qué me parece una obra tan hilarante como brillante. 

Cuando uno ve los anuncios de este musical, con esos actores tan pulcros y sonrientes, especialmente el que encarna al Elder Price, el protagonista, tan rubio, blanco, de ojos azules y de sonrisa Profident como los mormones que se ven por ahí, intentándote hablar sobre Dios (conmigo lo intentó uno en el metro, tratando de conquistarme con su amor por la comida peruana y el cebiche, pero no recuerdo más porque duró poco la charla), o los testigos de Jehová que tocan cada puerta. Uno sabe que se va a reír, pero si no averigua un poco más, se puede encontrar con toda una sorpresa una vez se siente en su butaca. Empezando porque los creadores de esta obra son ni más ni menos que Trey Parker, Robert Lopez y Matt Stone. El primero y el tercero son también los creadores de South Park, esa legendaria serie de dibujos para adultos tan horribles como irresistiblemente soeces y satíricos.

Estados Unidos es una sociedad de contrastes: hay una parte culta, muy diversa, liberal, con aportaciones de todas las culturas que lo han formado, muy desarrollada tecnológica y artísticamente, en la que me gustaría incluírme si viviera allí porque la admiro muchísimo, pero también hay otra parte conservadora, retrógrada, que cree a pies juntillas que la creación del mundo es como en la Biblia, profundamente inculta y racista, consciente o insconscientemente tendente al supremacismo de la "raza" blanca, que además tiene el suficiente poder para limitar a la parte más cultivada. Y este musical, creado en el liberal y ultramoderno Broadway neoyorquino, viene a satirizar el peor de los lados de esa sociedad tan contrastada, que es la que cultural, económica, y ahora parece que también militarmente, manda sobre nosotros.

Los mormones tienen una importante presencia en ese país, con Salt Lake City como su capital, con su neogótico y gigantesco templo. Desde ahí, se dirigen a todo el mundo para llevar la palabra de Dios... y de Joseph Smith, fundador de la orden. Y es en este punto cuando encontramos a nuestro protagonista, el carismático Elder Price, quien sueña con ir de misión a Orlando, Disneylandia, pero al que destinan a Uganda, y para su desgracia, junto a él va un hermano tímido, poco agraciado, basto, con sobrepeso y con muy baja autoestima, el Elder Cunningham. Ambos hermanos no solo no saben nada del país ni de su gente, sino que durante toda la obra no hacen más que confundir el nombre con Uruguay o Yugoslavia. El mundo africano que se encuentran es un sitio colorido, pero miserable. Allí se encuentran con unos hermanos que no solo no han conseguido convertir a nadie, sino que viven víctimas de sus propias represiones y fantasmas. A los ugandeses no les interesa la palabra de Dios, ya tienen bastante con sus problemas: el VIH extendido, la represión de un general local, la ablación de clítoris, la pobreza... 

Esto podría dar para un drama, pero el libreto lo pasa por el filtro de la comedia brutal y tronchante. Porque la pluma del Elder McKinley, quien de acuerdo a las enseñanzas mormonas, trata de reprimir a duras penas su homosexualidad (porque a los homosexuales el libro mormón les prescribe la castidad), la forma en que los africanos son representados como personas miserables, ignorantes (como que uno de ellos crea que por tener sexo con un bebé se le cura el sida, toda una alusión a los abusos a niños en las iglesias estadounidenses), enfermas y reprimidas; la incultura total de los hermanos que creen que Uganda es como en la película El Rey León, la soberbia del modélico Elder Price que demuestra ser un cobarde, dejando solo al Elder Cunningham con la misión... son una verdadera patada en la entrepierna a la pacatez conservadora y racista de la sociedad blanca estadounidense. Ahí reside la brillantez de esta obra, porque nada es lo que parece. El verdadero protagonista no es el rubio atlético y carismático Elder Price que huye a la primera de cambio, sino el bajito, gordo y moreno Elder Cunningham... el que consigue la conversión de toda la aldea, incluso si para ello tiene que engañarlos metiendo anécdotas de su invención. Y pese al ridículo, el horror del presidente mormón cuando descubre el engaño, dejando entrever su racismo y clasismo... los hermanos consiguen una conversión sincera de los aldeanos, que una vez unidos en la esperanza de la Palabra (aun en una versión llena de invenciones), se libran del yugo del general, y serán los nuevos mormones de África.

Todo esto es llevado a la escena del Rialto en la producción de David Serrano (quien junto a Alejandro Serrano se encarga de la traducción al español, todo un reto a la hora de introducir una historia tan americana en sus temas, como en las onomatopeyas como la muy americana "Oh, Guau" que dice el Elder Cunningham), quien consigue crear ese mundo de ensueño y colorido, que transmite una realidad descarnada en tono de comedia casi zafia. Nada más entrar en el Teatro, las palabras "THE BOOK OF MORMON" reciben al espectador. Aunque la recreación cómica de la historia del Libro de Mormón y la impecable sala del centro de formación son bellas a la vista, lo importante son las escenas africanas, obra de Ricardo Sánchez-Cuerda. Y estas aparecen con unos colores vivos, aunque no dejen de recordarnos la pobreza, presididas por un destartalado coche arriba del todo.. Las escenas de explicaciones y de sueños también son un universo aparte: cuando Elder Price sueña con Orlando, primero quemándose y viéndose él mismo en el infierno, con Hitler, Gengis Kan, el asesino en serie Jeffrey Dahmer y con Silvio Berlusconi (en la versión en inglés es el abogado de OJ Simspon, el boxeador)... es una joya absoluta. A Iker Karrera se le debe la estupenda coreografía y a Joan-Miquel Pérez la dirección musical de las animadas canciones.

Poco que decir sobre el excelente elenco, aunque los dos hermanos no son los mismos que lo estrenaron en Madrid allá por octubre del 2023. Alexandre Ars hace creíble al Elder Price, que de guapo, siempre sonriente, carismático y virtuoso resulta repelente. Y como el verdadero protagonista, Jesús González (quien se alterna en el rol con el principal Alejandro Mesa) transmite un Elder Cunningham gracioso, que baila muy bien y que trasmite su inseguridad al público, como el compañero que a priori nada querríamos tener, poniendo a prueba nuestra superficialidad. Me arriesgo a decir que la mejor voz del elenco es la de la catalana Aisha Fay como la crédula e inteligente Nabulungi (a la que Cunningham pone muchos nombres como Jumanji o Enantium, una prueba más de involuntaria soberbia al no esforzarse siquiera de pronunciar su nombre), con su potente canto, y el tierno retrato que hace de su personaje. Los mejores números fueron los cantados por ella. Del resto de personajes, muy divertido Alberto Bolea como el reprimido Elder McKinley, Álvaro Siankope como el aldeano que tiene chinches en la entrepierna (sí, así de soez es el libreto), y gracioso y brutal al mismo tiempo Ricardo Nkosi como el General Puto Culo Desnudo, de imponente porte y presencia en escena, quien también interpreta al Diablo en la canción de pesadilla del Elder Price. 


Esta mordaz sátira quizá sea más impactante y ofensiva, pese a su éxito, en Estados Unidos, donde ha sido acusada incluso de racista debido a su representación de los africanos, llegando incluso a una reelaboración del libreto tras el asesinato racista de George Floyd. Aqui, con un público más secularizado y menos creyente, la sátira se convierte en una comedia desternillante que arrancaba a cada rato las risas del abarrotado teatro. Yo creo que esta obra es necesaria a uno y otro lado del Atlántico, porque asistimos a una sana y tronchante deconstrucción del irreal mundo de fantasía de la evangelización de la América más conservadora.


Las fotografías y vídeos no son de mi autoría, si alguien se muestra disconforme con la publicación de cualquiera de ellas en este blog le pido que me lo haga saber inmediatamente. Cualquier reproducción de este texto necesita mi permiso.

lunes, 5 de enero de 2026

Navidades con Tchaikovsky en casa del Rey León: El Cascanueces por el Ballet de Kiev.

 

Madrid, 3 de enero de 2026.

Como es habitual por fiestas, las cuales están ya a punto de terminar, entre la abundante oferta de ocio de la capital y otras ciudades se encuentran las giras de compañías privadas de ballet. Desde que empezó la invasión rusa de Ucrania, las compañías privadas de ballet rusas o con nombre ruso que solían pasar por nuestras ciudades, optaron por cambiarse el nombre, para seguir ganándose el pan honradamente. No es el mejor tiempo en Occidente para pasear la marca Rusia. Pero además, el nicho que han dejado en las programaciones, especialmente la madrileña, lo han ocupado compañías ucranianas. Desde su exitoso debut español en 2022, el Ballet de Kiev, dirigido por Viktor Ishchuk, ha sido un habitual de las programaciones de danza clásica en el país. En Madrid, hace temporada en verano e invierno. En los últimos tiempos, esta compañía se ha presentado en el Teatro Lope de Vega, compartiendo escenario con el musical El Rey León. Y en concordancia con estas fechas, el ballet representado en estos días es El Cascanueces, de Piotr Ilich Tchaikovsky.

¡Quién iba a decir que este clásico navideño en su día fue un fracaso! Tuvo que ser Estados Unidos el que lo catapultó a la fama internacional que hoy goza como clásico navideño, desde que se estrenó en Nueva York una producción con coreografía de George Balanchine, en 1953. En aquél país es una tradición que muchos de sus teatros y compañías de ballet lo programen y hagan su propia producción. Hasta los institutos de secundaria. Ningún país occidental se queda sin el Cascanueces por navidad. España y su capital no son menos. Si no lo hace el Ballet Nacional de España en un gran teatro, siempre lo harán las compañías privadas ucranianas, o incluso algunas academias de baile como la de Checa. Si hay algo que seduce al público, tanto adulto como infantil son la bella y popular música de Tchaikovsky, tan reproducida en películas y anuncios de televisión, y que describe el encantador mundo de fantasía que cuenta la historia. Muchas de las piezas musicales que se oyen son conocidas por el público incluso si se desconoce su procedencia. En los últimos años, incluso ha sido tachado de racista por la representación estereotipada de chinos, árabes y españoles en sus respectivas danzas. Pero ni siquiera una revisión tal ha mermado su popularidad, ni la forma de representarlo. 


Como es habitual en estas compañías, es difícil saber quién es quien en el reparto, cosa que me molesta mucho. Aunque termine por no ser relevante para muchos, creo que el público debería de saber quién baila. Al menos, he podido reconocer, tras cotejar fotografías, a una pareja protagonista formada por Ievgen Lagunov como el Príncipe Cascanueces, y a Elena Germanovich como Clara;  a Evgeniy Svetlitsa (antiguo bailarín principal del ballet de Lviv) como bailarín árabe y como Drosselmeyer, a Veranika Auchynnikava como bailarina árabe, y quizá a Akane Muramatsu como bailarina española. La compañía se presentó con un cuerpo de ballet de doce muchachas flor, que llegaron hasta dieciocho cuando eran hadas en el primer acto.


La compañía hizo lo humanamente posible, dadas las reducidas dimensiones del escenario. Aun así, hay que destacar la interpretación de Germanovich en el primer acto, en el que se mostró ágil y en sus danzas en solitario en el segundo. Lagunov no le fue a la zaga, a destacar sus danzas en el segundo acto, especialmente en su habilidad de mover los pies en el aire en algunas de ellas. Quienes se robaron la escena fueron Svetlitsa y Auchynnikava en su sensual y contorsionante danza árabe, ambos excelentes. Del cuerpo de ballet, podría destacarse a la solista de las flores, así como a los dos bailarines del trepak, aunque se vieron limitados por el pequeño escenario. Esta versión no termina con el final original de Clara despertando del sueño y abrazando a su muñeco, sino que Drosselmeyer hace magia, y se la ve a ella junto al Príncipe Cascanueces y los demás personajes, en ese mundo de ensueño. 


El Cascanueces siempre emociona. Incluso cuando la música es pregrabada, el escenario pequeño (para ballet), y el público cuchichea en las oberturas, o incluso el teatro aprovecha para hacer que pase el público que llega tarde mientras suenan (algo triste, porque son tan famosas como las danzas y merecen atención). Perdonamos los ruidos de los niños, pues esta obra se presta para el público familiar. Oír la bella música y verla bailada en vivo, es siempre maravilloso. Ojalá los grandes teatros españoles tomaran nota y organizaran sus propias compañías o invitaran a otras de gran calidad o renombre para que se presenten, en estas fechas, con la dignidad y espectacularidad que merecen. Mientras tanto, seguiremos con la labor encomiable de las compañías privadas ucranianas. ¿Cómo podríamos despreciarlas cuando llevan al ballet allá donde no hay medios ni interés para producirlo?


Las fotografías y vídeos no son de mi autoría, si alguien se muestra disconforme con la publicación de cualquiera de ellas en este blog le pido que me lo haga saber inmediatamente. Cualquier reproducción de este texto necesita mi permiso.

viernes, 2 de enero de 2026

ESP/ENG: Yannick Nézet-Séguin hace historia en su debut en el Concierto de Año Nuevo.

 

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Ya el año pasado, hubo sorpresa y expectación cuando se anunció que el director del Concierto de Año Nuevo de Viena de 2026 sería el canadiense Yannick Nézet-Séguin, director musical del Metropolitan Opera House de Nueva York, y asiduo de la  Orquesta Filarmónica de Viena desde 2010. Pero lo que nadie pudo imaginarse es que este concierto haría historia. Lo que siempre ha caracterizado al encorsetadísimo concierto vienés anual es su apego a las tradiciones y en muchas ocasiones, a la tranquilidad de lo bello. En esta línea, han ido los maestros en las últimas ediciones, todos ellos leyendas vivientes como Barenboim, Thielemann, Muti o veteranos como Welzer-Möst. El joven (para la orquesta y el concierto) maestro canadiense, de cuarenta y nueve años,  ha resultado traer un soplo de aire fresco a esta tradición. Y eso que el aún más joven Gustavo Dudamel ya dirigió en la edición de 2017.

No se recuerda una jovialidad, una energía, una chispa tan grande en estos conciertos desde hacía largo tiempo, probablemente desde el japonés Seiji Ozawa en 2002, quien ya era por entonces un sexagenario, y de eso hace veinticuatro años. Nézet-Séguin disfruta, sonríe, desprende un entusiasmo alejado de la distante tranquilidad de los viejos maestros, apostando además por un repertorio bastante renovado. Y la respuesta ha llegado en forma de una tremenda ovación. Ya el año pasado se incluyó por primera vez una obra de una mujer, pero este año no solo se han incluido las de otras dos, sino que por primera vez, la obra de una persona de color se escucha en el concierto: el Vals del Arcoíris, de 1939, de la afroamericana Florence Price; de quien Nézet-Seguin es uno de sus valedores. 

La primera parte comenzó con la obertura "Indigo y los cuarenta ladrones", de Johann Strauss hijo, una obra que comienza con tempi lentos, de gran belleza, seguida del vals Donausagen de Carl Michael Ziehrer, donde la orquesta estuvo apoteósica, y así como en el breve pero intenso galope Malapou de Joseph Lanner, la primera en la que los músicos además cantaban. Otra de las curiosidades del concierto era la inclusión de varias piezas con diferentes tipos de percusión. De gran lucimiento para la orquesta, enérgica interpretación la obertura de La Bella Galatea de Franz von Suppé ya en la segunda parte. Una delicia para los oídos, con una bella entrada de la sección de viento, el precioso y majestuoso vals "La dignidad de las mujeres" de Josef Strauss. La pieza de Florence Price empieza con una preciosa introducción de arpa, seguida por cuerdas y maderas, bastante moderna, hasta que se arranca con un vals, pero se nota lo contemporánea que es... una pieza que vale la pena. El ballet de la ópera de Viena hace su tradicional intervención en dos piezas, coreografiadas por el mítico John Neumeier, ambas de Johann Strauss hijo: la Polka del Diplomático, op. 448, y la popular Rosas del Sur. De Hans Christian Lumbye se interpretó el  Københavns Jernbane-Damp-Galop (Galop del Ferrocarril de Vapor de Copenhague), una pieza ágil que además incluye silbatos que recrean el ambiente en una estación de ferrocarril, fabulosamente interpretada por la orquesta. 

Las propinas incluyeron la Polka Circo, de Philipp Fahrbach hijo, una preciosa pieza con otros tipos de percusiones, que hizo de nuevo cantar (y muy bien) a los músicos. Después vendría una deliciosa, lenta, exquisita interpretación del famoso Vals del Danubio Azul, y el consabido final con la Marcha Radetzky de Strauss padre, que es sin duda la más divertida que se recuerda, pues Nézet-Seguin aprovechó para dirigirla mientras recorría todo el patio de butacas, sonriendo y al mismo tiempo dirigiendo al público. Sin dejar de interpretarla, aprovechó para dar un beso en la nuca a su esposo, el violinista Pierre Tourville

En su discurso, que dio en francés e inglés, aludió a la paz, y resaltando que nuestras diferencias son para celebrarlas, y unirnos en la música, pues todos vivimos en un mismo planeta. El año que viene, no lo dirigirá una mujer como muchos llevan años pidiendo, sino el también joven maestro ruso Tugan Sokhiev, ex director musical del Teatro Bolshoi de Moscú. Empieza así con música el año 2026, un año que nos traerá sorpresas como el debut de dos geniales óperas en dos famosos festivales: el Rienzi  de Wagner en su Bayreuth, y la gigantesca San Francisco de Asís de Messiaen en Salzburgo. Ganas tenemos de que lleguen, y yo de reseñarlos. Mientras tanto, se puede afirmar que este concierto será uno de los más recordados de su historia. Nézet-Séguin se ha apuntado un ascenso más en su brillante carrera gracias a él. 


ENGLISH: Yannick Nézet-Seguin makes history in his debut at the Vienna's New Year's Concert.

Last year, there was surprise and expectation when it was announced that the director of the 2026 New Year's Concert in Vienna would be the Canadian Yannick Nézet-Séguin, music director of the Metropolitan Opera House in New York, and a regular conductor of the Vienna Philharmonic Orchestra since 2010. But what no one could imagine is that this concert would make history. What has always characterized the highly rigid annual Viennese concert is its attachment to traditions and, on many occasions, just to the tranquility of beauty. The maestros have followed this line in recent editions, all of them living legends like Barenboim, Thielemann, Muti or veterans like Welzer-Möst. The young (for the orchestra and the concert) Canadian maestro, aged fifty, has turned out to bring a breath of fresh air to this tradition, despite the even younger Gustavo Dudamel alreadyconducted in the 2017 edition.

Such great joviality, energy, and spark have not been remembered in these concerts for a long time, probably since when the Japanese Seiji Ozawa, who was already in his sixties at that time, conducted the 2002 edition, now twenty-four years ago. Nézet-Séguin enjoys, smiles, exudes an enthusiasm so different from the distant tranquility of the old maestros, and also by renewing the repertoire. The response has come in the form of an outstanding ovation. Last year, a work by a female composer was included for the first time. What's more, this year's edition has not only included works by another two, but for the first time, the work of a Black composer is heard in this concert: the 1939 Rainbow Waltz by the African-American Florence Price; of whom Nézet-Seguin is one of his supporters.

The first part began with the overture "Indigo and the Forty Thieves", by Johann Strauss Jr., a work that begins with slow tempi, of great beauty, followed by the Donausagen waltz by Carl Michael Ziehrer, where the orchestra was majestic, as well as in the brief but intense Malapou gallop by Joseph Lanner, the first in which the musicians also sang. Another curiosity of the concert was the inclusion of several pieces with different types of percussion. A great displaying show for the orchestra's sections, an energetic performance of the overture to Die Schöne Galathée operetta by Franz von Suppé, now in the second part. A delight for the ears, with a beautiful entry from the woodwind section, the beautiful and majestic waltz "The Dignity of Women" by Josef Strauss. Florence Price's piece begins with a beautiful harp introduction, followed by strings and woodwinds, quite modern, until it starts with a waltz, but you can see how contemporary it is... actually a worthwhile piece. The Vienna State Ballet makes its traditional intervention in two pieces, choreographed by the legendary John Neumeier, both by Johann Strauss Jr.: the Diplomat's Polka, op. 448, and the popular Roses from the South.

By Hans Christian Lumbye, the Københavns Jernbane-Damp-Galop (Copenhagen Steam Railway Galop) was performed, an agile piece that also includes whistles that recreate the atmosphere in a railway station, fabulously performed by the orchestra. The tips included the Circus Polka, by Philipp Fahrbach Jr., a beautiful piece with other types of percussion, which made the musicians sing again (and very well). Then would come a delicious, slow, exquisite rendition of the famous Blue Danube Waltz, and the well-known finale with the Radetzky March by Strauss Sr., which became without a doubt the funniest ever in this concert's history, since Nézet-Seguin conducted while walking around the entire stalls, smiling and at the same time conducting the clapping audience. Without stopping conducting, he took the opportunity to kiss his husband, the violinist Pierre Tourville, on the back of the neck.

In his speech, which he gave in French and English, he alluded to peace, highlighting that our differences are to be celebrated, united in music, since we all live on the same planet. Next year, it will not be directed by a woman as many have been asking for years, but by the young Russian maestro Tugan Sokhiev, former musical director of the Bolshoi Theater in Moscow. Thus begins the year 2026 with music, a year that will bring us surprises such as the debut of two great operas at two famous festivals: Wagner's Rienzi in Bayreuth, and the gigantic Messiaen's Saint François d'Assise in Salzburg. We are looking forward to them arriving, and I am looking forward to reviewing them. Meanwhile, it can be said that this concert will be one of the most remembered in its history. Nézet-Séguin has went up another step in his brilliant career because of it.


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