viernes, 21 de marzo de 2025

Héroe criminal, villana justiciera: Katharina Wagner replantea el Lohengrin en el Gran Teatre del Liceu.

Barcelona, 19 de marzo de 2025.

La pasión en España por la música de Richard Wagner tiene su epicentro en Barcelona, desde finales del siglo XIX, cuando coincidiendo con una época dorada, la alta cultura catalana tomó al wagnerismo como uno de sus estandartes musicales y culturales. Grandes artistas wagnerianos como Francisco Viñas, Victoria de los Ángeles, Hans Knappertsbusch, Joseph Keilberth, Astrid Varnay, Kirsten Flagstad, Max Lorenz, y Gertrud Grob-Prandl, entre muchos otros más, han deleitado a los barceloneses con sus inmortales interpretaciones en el Gran Teatre del Liceu. Además, Barcelona es de las pocas grandes ciudades donde el Festival de Bayreuth ha estado de gira: en 1955, con la histórica visita de tres producciones de Wieland Wagner, y míticos solistas como Hans Hotter, Hermann Uhde, Martha Mödl y Wolfgang Windgassen; y en 2012 cuando la orquesta, el coro y los elencos del festival de ese año interpretaron tres óperas en concierto, entre ellas Lohengrin, siendo aquella la última vez que esta ópera se interpretó en la capital catalana. Aunque para retrotraerse a la última (ahora penúltima) vez que se escenificó, hemos de retroceder hasta 2006, cuando se presentó con el polémico montaje de Peter Konwitschny, que ambientaba la obra en un colegio, y con la orquesta dirigida por un inspiradísimo Sebastian Weigle. 

El regreso de esta ópera al Liceu, que estaba previsto para marzo de 2020 pero tuvo que cancelarse a última hora debido a la pandemia del Covid-19, es un evento esperadísimo y la prensa se ha volcado mucho con él. La puesta en escena se ha encargado ni más ni menos que a Katharina Wagner, bisnieta del compositor, actual directora del Festival de Bayreuth. Poco habituales son las puestas en escena dirigidas por ella, y más aún fuera de Bayreuth, por lo que estas funciones son, para bien o para mal, un acontecimiento.

Katharina Wagner con el cisne negro robótico.

"Bien, ¿confiarías en alguien que no te deja preguntarle de dónde viene, y que además, te dice que no le preguntes su nombre?" 

Es lo que la señora Wagner se pregunta en una entrevista publicada la semana pasada en el periódico La Vanguardia. Lohengrin es un caballero del Grial que por misión divina, socorre a la desvalida Elsa de una acusación injusta: matar a su hermano pequeño, Gottfried. A cambio, ella no puede preguntarle su nombre. Las dudas que la malvada Ortrud despierta en ella, le llevan a romper el juramento en plena noche de bodas, desatando la tragedia final. Para Doña Katharina, sin embargo, este misterio sobre la identidad es sospechoso en pleno siglo XXI. De este modo, plantea un giro de 360 grados al argumento de la historia, contradictorio con el libreto de la obra: en esta puesta en escena, Lohengrin es el malvado y Ortrud, la buena, la que busca la verdad. Elsa no parece entusiasmada por unirse a Lohengrin, de hecho es forzada a casarse por el Rey Enrique, un claro aliado del héroe. 

Un precioso y oscuro bosque, creado por el escenógrafo Marc Löhrer, con un estanque en el medio, preside la obra. Durante el preludio, se ve a Elsa y Gottfried inocentemente, para luego dormirse. Lohengrin aparece de repente y convence a Gottfried de jugar en el río. Acto seguido entra allí y lo mata, ahogándolo y escondiendo el cadáver. Toda la acción ha sido vista por un cisne negro. Este cisne negro mueve las alas y la cabeza: se trata de un pequeño robot. En el primer acto, aparecen el Rey, el heraldo y el coro, con uniformes rojos, de apariencia militar. En torno a ellos, unas cajas enormes que apilan para ejecutar a Elsa en la horca. A Elsa no la traen, la despiertan y no es consciente de la desaparición de su hermano hasta ese momento. A punto están de ejecutarla cuando aparece Lohengrin, quien ha escondido al cisne negro en una de esas cajas. Ortrud intenta abrirla sin éxito ya que Lohengrin lo impide.


El segundo acto tiene lugar en el mismo bosque: Ortrud y Telramund dormitan, ocupando el lugar de Elsa y Gottfried en el primer acto. Del estanque, Ortrud extrae una corona y una espada de juguete que pertenecían a Gottfried. En la entrada de Elsa, descienden al escenario tres cubículos, cada uno una moderna y sencilla habitación. Cada personaje canta dentro de cada una de ellas, aunque pasando de una a otra. Esas habitaciones representan los conflictos e intrigas de los personajes. Al final del segundo acto, Ortrud se acerca al cisne negro, que ha presidido la escena, mientras mira desafiante a los demás.


Hasta este punto, la producción muestra alguna similitud con la acción original. Pero es en el tercer acto donde la producción riza el rizo y se pierde cualquier conexión con el texto que se canta, dificultando una valoración positiva de un hasta entonces, interesante planteamiento. No se ve en escena al coro en el primer cuadro. Lohengrin y Elsa cantan su dúo apasionado en habitaciones separadas, mientras Ortrud y Telramund esperan silenciosos en otra. Durante el dúo, se abren las puertas del mueble de Lohengrin y aparece el cisne negro, mientras que en el espejo Lohengrin ve proyectado al fantasma de Gottfried. Cuando entra Telramund lo hace con Ortrud, y tras una pelea Lohengrin le mata con un cuchillo, pero entonces Ortrud lo coge y amenaza a Lohengrin. Durante el precioso interludio, el coro entra en el escenario y se sitúa en formación militar. Lohengrin aparece con Ortrud apuntándole con un cuchillo. Cuando revela sus orígenes, se queda él sólo, y el coro y Elsa cantan fuera de escena. Así, su famosa aria In Fernem Land, donde habla originalmente de su sagrado linaje, es aquí una revelación de su siniestra naturaleza: aparecen al fondo varios espectros de Gottfried, y dos mujeres a las que Lohengrin mata pero resucitan después. Al terminar su aria de despedida, Lohengrin se suicida cortándose las venas. Entonces Ortrud saca del estanque el cadáver de Gottfried y al decir "ved ahí al duque de Brabante", es en realidad una confesión de su crimen, tras la cual muere. Mientras Elsa abraza el cadáver de su hermano, Ortrud y el Rey se miran fijamente, y cae el telón.

Josep Pons, habitual director wagneriano en el Liceu, ha demostrado su afinidad con este repertorio y su enorme esfuerzo, sacando de la Orquesta Sinfónica del Liceu, un espectacular sonido, con unos tempi pausados, que permiten recrearse en los detalles. De este modo, la cuerda parece estar en estado de gracia, así como la espectacular percusión. Las cuerdas durante el preludio sonaron maravillosamente, y en la escena del dúo entre Ortrud y Telrramund, junto a la madera, recrearon el ambiente tenso y siniestro de la conspiración contra los protagonistas. En el preludio d segundo acto, el hermoso solo de fagot que interpreta el motivo de la duda, sonó lento y bellísimo. El interludio del tercer acto sonó espectacular. En general el nivel fue bastante notable. El Coro del Liceu también dio lo mejor de sí, especialmente en el segundo acto y en su mejor momento, en el breve "Heil König Heinrich" en el tercero.

El elenco que se ha reunido en estas funciones es veterano en su mayoría, pero todos han cantado en el prestigioso Festival de Bayreuth. De hecho, cuatro de los seis principales solistas han cantado en el Tannhäuser que vi el verano pasado en el mismo festival: Lohengrin, Elsa, Telramund y el Rey.


Klaus Florian Vogt sigue siendo el Lohengrin de referencia en la actualidad, después de veinte años cantando el rol, aunque con controvertidos resultados. Por un lado, hay que reconocer que su bella y su ligera voz, capaz de encaja bien en su entrada en el primer acto, y a lo largo del tercero, cuando el personaje tiene sus musicalmente mejores y dramáticamente más intensas intervenciones. Pero por otro lado, se echa de menos un tono más heroico en la voz, pese a que Vogt canta con toda la fuerza y volumen que le es posible, y que consigue con su entrega escénica sacar la función adelante.

Pero la que mejor estuvo vocalmente fue la Elsa de Elisabeth Teige: bien cantada, con un bello y seductor timbre más bien dramático, con la proyección en su sitio. 

Olafur Sigurdarson fue un Telramund bien interpretado dentro de sus posibilidades, con una voz a la que le faltaba más grave pero que se esfuerza por una interpretación convincente.

El rol de Ortrud está previsto para la soprano sueca Iréne Theorin, muy aclamada en Barcelona. Sin embargo, está teniendo muchos problemas. El primero, una aparente tensa relación con Katharina Wagner debido a un grosero gesto de Theorin con el público de Bayreuth por abuchearla, lo que hizo que en el estreno cantara otra soprano, Miina Liisa Värelä. Pero ahora se suma una infección vocal, por lo que en la función de anoche fue sustituida por Okka von der Damerau. Esta mezzosoprano alemana tiene una voz más aguda que grave. Pero aún así pudo sacar adelante la función ya que su Ortrud estuvo muy bien cantada, si bien en los agudos en la famosa y breve maldición del segundo acto, salió más bien airosa. Mejor le salieron en el final de la obra. Como actriz, con su imponente presencia escénica, recreó una Ortrud arisca, pero dispuesta a todo por acabar con este malvado Lohengrin.

El bajo Günther Groissböck interpretó al Rey Enrique, saliendo airoso del arduo trabajo. La voz es buena, y los graves están allí, pero para que la proyección salga bien se esfuerza un poco. 

Desgraciadamente, del Heraldo interpretado por el veterano barítono Roman Trekel, poco bueno puede decirse. La voz está muy desgastada, zozobrante, y un timbre ya poco agradable. Al menos escénicamente impone ya que está en buena forma física. 

Destacables los nobles brabanzones, entre los que se encuentra el español habitual en Bayreuth, Jorge Rodríguez-Norton, y las mujeres que interpretaron a los jóvenes nobles.



Las expectativas levantadas por esta producción han hecho que estén prácticamente vendidas todas las entradas. De hecho ayer el Liceu estaba casi lleno. Hubo mucho entusiasmo por el elenco y la Orquesta y coro, pero ninguno por la producción, de hecho la directora de escena, que ya no está en España, fue abucheadísima en el estreno. La función fue recibida con fuertes aplausos y muchas ovaciones, prueba de las ganas de Wagner que había en la ciudad y del wagnerismo del público liceísta. Gran noche de ópera.


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