Cada vez que se interpreta El Anillo del Nibelungo es un acontecimiento en la ciudad que lo lleva a cabo. Sin embargo, es singular cuando se hace en el mayor templo de la ópera italiana en el mundo: la Scala de Milán. Aunque sea la capital de la ópera italiana, la Scala cuenta con una larga tradición wagneriana, aunque hasta la segunda guerra mundial fuera principalmente en la lengua de Dante. En 1950, Wilhelm Furtwängler dirigió el primer gran Anillo producido en Europa desde la, por aquél entonces, recién terminada Segunda Guerra Mundial, con un elenco mítico. Y por primera vez en lengua alemana, lo que se convertirá en costumbre desde entonces en el teatro lombardo. En los años 60, André Cluytens tomó el relevo. En los años 70, Wolfgang Sawallisch, pero no llegó a escenificarse el Ocaso. En los 90, lo hizo Riccardo Muti. Y entre 2010 y 2013, año en que se representó completo en una sola temporada con motivo del bicentenario del compositor, el maestro argentino Daniel Barenboim tomó la batuta. Ahora con motivo del sesquicentenario del Anillo, se vuelve a representar el ciclo completo, aunque desde 2024 se han representado las jornadas por separado, vuelve la épica wagneriana a la Scala, y lo hace con una producción de David McVicar. Desde mediados de febrero hasta mediados de marzo de este año se han representado funciones de El Ocaso de los Dioses y luego dos ciclos completos en una semana, como corresponde, y como ningún teatro español aún
La producción, esperable en McVicar, se antoja más bien clásica. Claro que no clásica al estilo del viejo Met, pero la acción se reconoce y no hay que hacer demasiados esfuerzos para seguir la trama.
El Oro del Rin mezcla una puesta en escena moderna, por momentos minimalista, en la que los personajes van vestidos al estilo isabelino. En la producción importan más las luces, la infraestructura, más que los decorados, los cuales no dejan de impresionar. En el telón se ve proyectada una mano rodeada de un círculo, todo en plata, los cuales al levantarse muestran el fondo del Rin, presidido por tres enormes manos, sobre los que juegan las ondinas. Alberich aparece vestido como un bufón shakespeariano, ¿o incluso Rigoletto?, y el Oro del Rin, iluminado magníficamente en amarillo, es representado por un bailarín con una máscara dorada, la cual Alberich le quita al final de la escena. El segundo cuadro es una enorme escalera, alrededor de la cual, Loge y los dioses aparecen vestidos con nobles y amplios ropajes isabelinos y máscaras. Al menos aquí los gigantes son tales, son enormes y cabezones muñecos, dentro de los cuales están los cantantes. El Nibelheim es una enorme calavera, de la que emerge y desaparece Alberich, quien atormenta a sus nibelungos y a su hermano Mime, también vestido de bufón. De ella aparecen un enorme esqueleto de serpiente y otro de sapo, cuando Alberich usa el yelmo para transformarse. Al final, los dioses suben por la escalera, mientras un hombre ensangrentado, posiblemente el mismo que apareció con la máscara dorada en la primera escena, se arrastra por el escenario.
La Valquiria avanza en esa mezcla entre fidelidad y modernidad. La estética, bastante tribal, se acerca a lo rústico de la ambientación original. En el primer acto, se ven unas estructuras que recuerdan bastante a una casa tribal africana. En el centro, un enorme tronco en el que está Nothung. Los personajes llevan tatuajes, acentuando su tribalismo. Hunding es el bruto de siempre, que trata a su esposa como un mero objeto sexual. Junto a él, aparecen sus hombres. En el segundo acto, el decorado se convierte en lugar oscuro. Una enorme bola, que representa quizá el mundo, rodeada de unas enormes rocas. Grane aparece, como una estructura con cabeza de caballo, manipulada por un actor sin camiseta. Y así serán los demás caballos de las valquirias. El tercer acto representa la escena más memorable: un precioso cielo nocturno estrellado, con esas estrellas en movimiento orbital, con un escenario presidido por un enorme rostro humano esculpido en roca. En la escena final, esa roca se abre, para mostrar una mano, en la que Brunilda se dormirá, habiéndosele colocado una máscara y un escudo. Wotan golpea su enorme lanza, y aparece proyectado un fuego que cambia de color. Ayudado por unos hombres con falda negra y larga (¿sus cuervos?), se viste una enorme gabardina y un sombrero: el todopoderoso dios se convierte en el Viandante, empezando su larga travesía errante por el mundo.
En Sigfrido expone un ambiente lóbrego y oscuro, pero que no dificulta la comprensión de la obra para el espectador. En esta ocasión se une lo tradicional con lo moderno. La cueva de Mime, que parece en muchos aspectos heredera de la de Harry Kupfer en Bayreuth, no por similitud sino por estética, que parece punk, con el enano vistiendo un abrigo de leopardo y a veces llevando tacones. Sigfrido parece un obrero recién llegado de la fábrica. Aunque al menos aquí hay espada, yunque y forja. El segundo acto, sin embargo, me parece un éxito. El bosque está formado por un híbrido entre troncos pelados y esqueletos, sobre un fondo iluminado de negro y gris oscuro, que da un ambiente de tenebrosidad que resulta poderoso en la primera escena. Este bosque no es bello, es lúgubre y da miedo, está maldito por la codicia por el oro que guarda Fafner, aquí adoptando la forma de un gran esqueleto. De nuevo se ven a los actores-tramoyistas que mueven al dragón y al pájaro del bosque, aquí un muñequito, a cuyo lado se encuentra la cantante vestida a lo punky. Alberich aparece vestido con una chaqueta bicolor, azul y roja, con una corona de juguete, totalmente sucio, como un rey destronado. El tercer acto destaca por su minimalismo, dando una ambientación de fantasía. La escena del Viandante y Erda aparece presidida por un enorme globo, el cual desaparece cuando viene Siegfried. La escena del dios y su heroico nieto transcurre en una escena vacía, ahora presidida por un enorme círculo proyectado, que cambia de colores, una preciosa imagen fruto de la iluminación. La roca de las Valquirias es la misma que en actos precedentes: una enorme mano sobre la que duerme Brunilda.
El Ocaso de los Dioses cierra el ciclo. A nivel escénico, constituye un éxito, un resultado visualmente espectacular. El prólogo muestra a las nornas con una gran cuerda roja, mientras la iluminación construye bellos ambientes. El escenario giratorio muestra de nuevo la roca de las valquirias. Cuando Sigfrido parte, animado por Brunilda, ésta, al oír su cuerno, se duele por la partida. La escena del palacio de los Guibichungos consiste en un escudo central sujetado por cadenas, dos cabezas fetiche colgadas, y al fondo un enorme cráneo. Los cortesanos, así como Gutrune, van vestidos de color dorado. La primera escena del segundo acto muestra varios de esos fetiches colgados en enormes palos, entorno a los cuales Hagen y Alberich conspiran durante la noche. La bella iluminación nocturna cambia y aparece resplandeciente en la segunda escena, con toda la corte vestida de oro, las dos principales parejas con máscaras doradas, y el esqueleto presidiendo la escena, un anticipo de la muerte que a todos llegará pronto.
El tercer acto es quizá lo mejor de toda la producción. En la primera escena, las hijas del Rin nadan tristes y nostálgicas en su río, mientras al fondo la iluminación proyecta un bello color azul en movimiento. Sigfrido se mueve por el borde, iluminado de amarillo, que representa la orilla. Al irse ellas, el telón con el anillo en color blanco se baja, y durante un breve momento, Sigfrido, Gunther y Hagen dialogan, hasta que se levanta y muestra al coro. Al matar Hagen a Sigfrido, todos se van, y éste canta solo su bella aria de despedida. Al morir el héroe, con el escenario vacío, aparecen Siegmund y Sieglinde, quienes le lloran mientras suena la marcha fúnebre. A mitad de la marcha, aparece Wotan con su lanza partida, y se une al cortejo fúnebre: una familia llora a su hijo perdido, el fin de su estirpe. Baja brevemente el telón, y se ven unas enormes rejas, delante de las cuales Gutrune espera tensamente. Éstas se levantan cuando entran Hagen y Gunther con el cadáver de Sigfrido, llevado por un cortejo de hombres semidesnudos y con enormes faldas negras, quienes adoptan una posición de duelo tras dejar el cuerpo. La escena monumental final de Brunilda empieza con ella entrando con un imponente vestido negro. Hacia el final de su monólogo, el escenario se ilumina de fuego y ella y el bailarín que representa a Grane, se quedan con el cuerpo de Sigfrido y se cierra sobre ellos una pared. El escenario se ilumina de azul y se ve al Oro del Rin, representado por un bailarín como al inicio, ahora con su máscara puesta, la que Alberich le quitó, mientras las hijas del Rin apartan a Hagen. A continuación aparece Alberich quien se intenta acercar a él, pero no lo consigue, y muere. La emocionante nota final termina, y en absoluto silencio el escenario se oscurece lentamente mientras se ve al Oro bailar radiante y finalmente libre.
Simone Young es la primera mujer que ha alcanzado la consagración y la fama mundial como directora de orquesta wagneriana. A sus 65 años, la maestra australiana se ha labrado una carrera especializada en el repertorio germano en general, y wagneriano en particular. Ha grabado oficialmente el Anillo, para el sello OEHMS, así como una integral de las sinfonías de Anton Bruckner, también ha llevado al vídeo la ópera Palestrina de Hans Pfitzner... y en 2024 debutó con éxito en el Festival de Bayreuth, dirigiendo el Anillo con la mediocre puesta en escena de Valentin Schwarz, levantando el nivel de esa puesta en escena a la que, tras su retirada en cartel al término de la edición de 2025, muy pocos echarán de menos. Esta producción del Anillo de la Scala de Milán, diez años después de que Daniel Barenboim lo dirigiera en este augusto escenario, tendría que haber contado con Christian Thielemann al frente de la orquesta. Sin embargo, el berlinés tuvo que abandonar el proyecto debido a problemas de salud. En su lugar, se ha contado tanto en las presentaciones por separado, desde 2023, hasta los ciclos enteros que se harán, con dos maestros wagnerianos experimentados: uno es Alexander Soddy, batuta emergente, y la otra es la propia Young, cuya interpretación al frente de la Orquesta del Teatro de la Scala ha sido elegida para ser inmortalizada en vídeo.
En el Oro del Rin, la señora Young realiza una versión más bien calmada, el problema es que la toma de sonido no parece buena. La orquesta acompaña a los cantantes, con una interpretación lenta del preludio. A partir de la cuarta escena, es cuando la orquesta brilla al nivel esperado, especialmente las cuerdas. Salvo un momento en el preludio, los metales de la orquesta suenan genialmente. Lo único que no mme gustó mucho es la rapidez justo en la conclusión de la obra: esa marcha con la que los dioses se dirigen a su nueva morada pierde solemnidad y majestuosidad dirigida así. En cambio, en Valquiria, o el sonido ha mejorado o la orquesta parece más inspirada: las cuerdas realizan una buena interpretación del agitado preludio del primer acto, y el violonchelo suena magnífico. En el segundo acto la orquesta alcanza su mejor momento, con un excelente preludio, y ahora con el metal en excelente forma. En el tercer acto, la madera interpreta un melancólico interludio antes del gran dúo final, pero la orquesta no alcanza toda la magia que debe en la música del Fuego Mágico que cierra la obra. En Sigfrido, realiza una dirección orquestal que va de menos a más. En el segundo acto da una brillante versión del preludio, y la trompa está magnífica en su solo. El tercer acto mejora aún más, desde el preludio, hasta las cuerdas sonando bellas, casi en piano, cuando Sigfrido descubre que Brunilda es una mujer, y luego cerrando una destacable labor desde el foso. En El Ocaso de los Dioses la orquesta llega a su máxima inspiración, y Young consigue que el sonido sea más espectacular. Las interpretaciones de los fragmentos más conocidos como El Viaje de Sigfrido por el Rin y la Marcha Fúnebre son excelentes, y así como los preludios de los actos segundo y tercero, sobre todo este último, con un lirismo muy especial que la orquesta italiana conoce de otros repertorios más afines. Buena forma de cerrar el ciclo.
Michael Volle tiene en el Oro la voz avejentada, pero mejora a mitad de la obra, con una interpretación decente de su aria "Abendlich strahlt der sonne auge". En Valquiria, la voz, sumada a sus innegables dotes actorales y su excelente dicción, mejora considerablemente, especialmente en el largo y doloroso monólogo del acto segundo, del que dio una excelente y bien cantada interpretación. En el acto tercero, la voz vuelve a sonar avejentada en la despedida final, pero la interpretación es conmovedora, y Volle da una gran interpretación del dios. Como el Viandante-Wotan de Sigfrido, pone la intención, la experiencia y la autoridad escénica. Incluso si al personaje le puede venir bien un poco de guturalidad debido a su edad y recorrido, termina por echarse en falta un poco de nobleza. Aquí su Wotan es irónico y socarrón, más que misterioso y temperamental.
Klaus Florian Vogt es el tenor wagneriano más solicitado. No porque sea un heldentenor en el sentido de la palabra, sino porque su resistencia vocal le ha permitido, entre otras cosas, abordar todos los grandes roles de tenor en el Festival de Bayreuth, menos Loge (que cantará este año), Tristán (que sí ha cantado en Dresde) Erik y Rienzi. Su voz de timbre ligero, pero que se proyecta bien, que suena juvenil, aunque blanquecino por momentos, podría ser ideal para Lohengrin, incluso Parsifal, pero para los héroes del Anillo es otra cosa. Su Siegmund es más bien intermedio: tiene momentos de lirismo, como en el segundo acto, pero en el primero es bastante desigual, salvo en el Winterstürme, que le sale bien, quizá de tener el número curtido en conciertos e interpretaciones de esta obra. Una de las cosas que me daban recelo era ver a Vogt y a Camilla Nylund como la pareja protagonista del ciclo, porque ninguno de los dos tiene una voz ideal para Sigfrido y Brunilda, y la impresión que da tras escucharlos es la de un ejemplo de quiero y no puedo, de libro. Como Sigfrido, no tiene el timbre para el gran héroe. Su voz puede no desentonar en roles como Lohengrin o Walther von Stolzing, por aquello de su lirismo y el timbre juvenil del cantante, pero aquí no solo resulta creíble a medias (como en el acto segundo), sino que termina en muchos momentos por resultar inane. En los dúos con Mime, su voz se confunde con la del enano. Su mejor momento es los murmullos del bosque, pero por muy juvenil que suene su voz, no puede con Sigfrido. Mejora un poco en el Ocaso, pero la voz sigue sin llegarle. Como actor compensa un poco las limitaciones, ya que su interpretación en el acto tercero es socarrona, cuando cuenta a Hagen y Gunther su encuentro con las ondinas no para de reírse como el joven alocado que es, y muy emocionante en la muerte del personaje, cuando sonríe recordando a Brunilda. Pero hay que recordar algo importante: por muy bella, juvenil y lírica que sea su voz, no es para Sigfrido, por mucho empeño que le ponga.
Camilla Nylund es una soprano que le pone todo el empeño del mundo, pero su voz no termina de hacerse del todo a Brunilda. Esta voz empezó cantando Elisabeth de Tannhäuser, donde es más adecuada. Es una interpretación que suena lírica, pretendiendo sonar dramática. En Valquiria, sus limitaciones y virtudes canoras consiguen complementarse, pero lo bueno se salva gracias a su entrega en escena, con un grave apreciable en el segundo acto. Pero si en Valquiria tuvo sus más y sus menos, en la siguiente ópera se limita al vibrato excesivo y al grito, lo que hace que su actuación no parezca creíble: parece estar regañando o arengando a Sigfrido, en lugar de decirle lo que lo ama, aunque en los dos minutos finales del dúo su actitud pasa de recelosa a extasiada de amor. En el Ocaso no mejora hasta el final: en los dos primeros actos fuerza su voz lírica, por lo que su canto termina muchas veces al filo del grito. En su gran escena final mejora un poco, pues la interpreta con solemnidad, y su lirismo viene bien a los momentos más intimistas, pero sigue sin ser voz para Brunilda.
Elza van den Heever por otro lado, es una Sieglinde poderosa, con un timbre más oscuro, y dramático que el de Nylund. Su interpretación es imponente. Si ambas se hubieran intercambiado el rol en Valquiria, hasta se ganaría.
Günter Groissböck como Hunding en Valquiria, tiene un grave apreciable, pero mejor es su actuación. Se echa en falta más grave, una voz que refleje mejor la brutalidad que sí hace al actuar. Sin embargo, como Hagen en el Ocaso mejora notablemente, no solo por la pasión que le pone, su entrega actoral a este igualmente brutal personaje (resaltado por su imponente y espectacular físico atlético), y en el tercer acto su interpretación a nivel musical es espectacular.
Olafur Sigurdarson como Alberich tiene el problema de su voz ligera, en un rol donde el grave se hace necesario para transmitir mejor la maldad del personaje, pero lo suple con su actuación, creando un personaje repulsivo. En Sigfrido, pone entrega, sabe actuar al personaje y transmitir su rabia y su maldad, pero el grave no está ahí, con lo que a nivel musical se queda inane, y uno no se cree que en el pasado fue alguien tan poderoso como Wotan. Aunque sí casa con el vagabundo en el que McVicar convierte al otrora señor de los nibelungos. Pero cuando en el Ocaso el personaje es interpretado por Johannes Martin Kränzle, el nivel sube tanto que uno piensa que es este veterano cantante quien debió interpretar al enano en todo el ciclo. La voz tiene más cuerpo, más grave y tiene un precioso timbre oscuro.
Okka von der Damerau es una Fricka bien cantada en el Oro, esa voz también ligera le da un toque de feminidad al matronil personaje, en Valquiria mantiene su mismo nivel. Norbert Ernst es un Loge más bien correcto, una voz más bella de lo que suele asociarse al rol, pero me recordaba peligrosamente a la de Vogt, quien cantará el rol en Bayreuth. Sin embargo, su interpretación parece estar más bien centrada en cantar bien, y actuar menos, aunque con el aparatoso traje que lleva no puede hacer mucho. El veterano Wolfgang Abilinger-Sperrhacke sigue siendo un magnífico Mime, por su genial voz de tenor cómico, su divertida interpretación repulsiva y grotesca del enano. Los gigantes son interpretados por los bajos Jongmin Park como Fasolt, y Ain Anger como Fafner. El eminente Park está en su mejor momento, y se nota en su impecable canto, con esa voz oscura e imponente de bajo profundo que tiene. Anger no canta tan bien pero actúa convincentemente, y mejor está en Sigfrido que en el Oro. Russell Braun, ya veterano, es un Gunther excelentemente cantado y actuado, con una preciosa voz de barítono. La soprano sueca Nina Stemme, la principal Brunilda de los últimos veinte años, y que interpretó este personaje en la anterior producción del Anillo en la Scala bajo Barenboim, ahora interpreta a Waltraute. La voz se nota ya bastante madura, pero el bello timbre que un día tuvo aún reluce, pese a su fatiga. A nivel musical, eclipsó a Nylund en su escena.
En cuanto a los demás dioses, son todos excelentes: Siyabonga Maqungo con un Froh de lírica y bellísima voz, André Schuen como un Donner imponente y Olga Bezsmertna como una Freia deliciosamente cantada. Bezsmertna repite en el Ocaso como una solvente Gutrune. Christa Mayer es una Erda bien cantada, pero adolece del grave necesario para el mítico personaje. Mucho mejor la interpreta Anna Kissjudit en Sigfrido, con su bellísima voz de contralto, rotunda, grave y como actriz transmitiendo la confusión y el desasosiego del personaje. Sorprendente Francesca Sopromonte como el pajarillo del bosque, no solo por su estética punk que recuerda a Lisbeth Salander en Millenium, sino por su potente y carnosa voz, lejos de la ligereza y jovialidad de las sopranos de coloratura o jilguero que interpretan este personajillo. En cuanto a las hijas del Rin, a destacar la Wellgunde de Svetlina Stoyanova. Las Valquirias, todas a un nivel notable. Las nornas en el tercer acto son bastante buenas.
Una vez más, ha sido un placer volver a ver el Anillo, aunque sea una tarea larga que siempre me toma alrededor de un mes. Creo que la producción de McVicar, de la que esperaba más conservadurismo habida cuenta de los trabajos que le vi en vivo, como una excelente Gloriana en Madrid, se limita a presentar la obra sin dramaturgias paralelas que hagan pensar mucho, lo que le quita algo de entretenimiento, pero con una estética gótica y lúgubre. Aun así, no está nada mal ver una producción que recuerde un poco al drama original, preferible a una producción moderna vacía y carente de sentido. Y si algo tiene la producción es su espectacularidad, lo que hace pensar que en vivo debió de ser mejor que en vídeo.
Ojalá se viera en otros teatros o en Bayreuth mismo. Siempre pensé que McVicar podría hacer un gran Anillo allí.












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