Madrid, 14 de junio de 2026.
Noviembre de 2020. En un Madrid post-confinamiento, donde las mascarillas, los geles desinfectantes, la distancia social y los toques de queda son la nueva normalidad para la población; un director de escena alemán de fama internacional, Christof Loy, se encuentra dirigiendo la Rusalka de Dvorak en el Teatro Real de Madrid. Mientras tanto, la mayoría de grandes teatros de ópera estaban cerrados u ofreciendo streamings sin público. Era un milagro no solo que los teatros líricos españoles estuvieran abiertos, sino también que la capital española tuviera sus dos grandes coliseos musicales, el Real y la Zarzuela, ofreciendo funciones al público. En medio de ese panorama, el señor Loy asiste a una función de la clásica producción de La del Manojo de Rosas, de Sorozábal, en el teatro de la calle Jovellanos. El flechazo con nuestra lírica es inmediato. En 2024, Loy confirma en una entrevista a la revista Scherzo, que en la temporada 2025-2026 llevará a escena ¡tres! zarzuelas. Y así, al inicio de la presente temporada, y habiendo formado una compañía formada por cinco intérpretes españoles llamada Los Paladines, estrenó El Barberillo de Lavapiés en Basilea, con gran éxito, que luego recaló en Oviedo. Le siguió otra exitosa producción de Benamor en Viena, y en este mes de junio, una de las óperas españolas más importantes: El Gato Montés, de Manuel Penella, en el principal teatro de la lírica española: nuestro Teatro de la Zarzuela.
Esta famosa ópera se estrenó en 1917 en España y en 1921 se estrenó en Broadway con la participación de Concha Piquer, pero conoció en los años noventa un pequeño renacimiento de la mano de Plácido Domingo, que la grabó en disco y la representó en Estados Unidos. En 2012 y 2017, se vio en el Teatro de la Zarzuela, con la oscura producción de José Carlos Plaza. Ahora lo hace en la producción del señor Loy, conocido por sus trabajos de profundidad psicológica, en espacios tran grandes como minimalistas.
Loy no renuncia a su estilo antes mencionado, pero quizá consciente de la peculiaridad de nuestra lírica y de su público, tampoco despoja a esta obra de su carácter español. De hecho, se puede reconocer la historia sin llevarla estudiada de casa, ya que la habitual sobriedad de la obra de Loy, centrada en las emociones, la psicología de los personajes, sus conflictos; se adapta al mundo de la trama sin recurrir a decorados costumbristas. Dada la juventud de los personajes, y de sus intérpretes, la dirección de actores trabaja sus reacciones, siendo muy intensas en el primer acto, con el rencor de Juanillo, los celos y el mal genio de Rafael y la preocupación constante de Soleá. No obstante, la representación se alarga hasta casi media hora más de lo que indica el programa de mano, debido a los cambios de escena, que transcurren en pausas largas, especialmente en la segunda parte, descentrando un poco al espectador de la tensión de la obra.
El primer acto transcurre en un enorme y vacío salón, a cuya derecha hay un enorme portón que muestra un sencillo patio andaluz. El vestuario moderno, lleva a una época actual esta obra de la Sevilla decimonónica, pero su sobriedad no molesta, e incluso acentúa la sensación de estar en la España profunda. Como una premonición de su trágico destino, Soleá viste un llamativo vestido rojo. La danza de los gitanos al son de la canción de la gitana hace un bello juego de sombras gracias a la iluminación. El segundo acto muestra una habitación sobria, pero elegante, con la iluminación recreando el atardecer. Rafael viste su traje de luces y Soleá lleva un precioso vestido verde. Ambos personajes juegan amorosamente durante el famoso dúo. El segundo cuadro de dicho acto muestra el interior de la plaza de toros, con una letrero indicando la enfermería, y en la otra esquina del escenario, una enorme capilla, en cuyo interior hay una virgen. Los encargados de la enfermería bailan graciosamente durante el famoso pasodoble. Como en la obra, Soleá y Frasquita se quedan encerradas en la capilla, intentando salir como les es posible, solo para ver a un agonizante Rafael. El tercer acto, muestra en su primer cuadro de nuevo un enorme salón, totalmente blanco y vació, con unas sillas en las que Frasquita, el sacerdote, y la criada velan a Soleá, quien yace al fondo en una cámara mortuoria, vestida de blanco y totalmente cubierta. La iluminación logra aquí otro logro, ya que al ponerse tenue, acentúa la sensación de duelo por el fallecimiento de la protagonista. El último cuadro no muestra la cueva de Juanillo, sino un escenario oscurecido, con niebla y unos pocos arbustos, pero es igualmente efectivo.
José Miguel Pérez-Sierra, colaborador de Loy y director musical de su compañía Los Paladines, dirige a la Orquesta de la Comunidad de Madrid con su habitual agilidad, haciendo destacar especialmente a la cuerda, que brilló en los interludios orquestales. Lástima que al final de uno de ellos, un señor bostezó de manera ruidosa, entiendo que involuntariamente. Hay que hacer una especial mención al violonchelo en el tercer acto, que estuvo magnífico. El Coro del Teatro de la Zarzuela sonó genial, adaptándose bien a la dirección actoral de Loy.
Rodrigo Garull fue un varonil y vigoroso Rafael, el torero. Su voz se deja oír y tiene un timbre dramático interesante. A nivel actoral transmite lo temperamental del personaje.
La soprano armenia Mané Galoyan cantó bien a Soleá, una voz joven y agradable, con buenos agudos e interpretación entregada, aunque estando uno sentado en una butaca donde no se podía ver los subtítulos, era a la que menos le entendía, pero esto no es su culpa.
El barítono David Oller interpretó a Juanillo, el Gato Montés, y es también habitual colaborador del señor Loy y miembro de Los Paladines. La producción convierte a su personaje en un bandido desaliñado, atormentado, peligroso y vulnerable al mismo tiempo, debido a no poder estar con Soleá. Oller logra que a nivel actoral su interpretación sea muy convincente. A nivel vocal su voz tiene un timbre ligero, al que se le echa en falta más grave teniendo en cuenta el personaje, pero por otro lado esta circunstancia le beneficia en su creación del mismo; además de tener la dicción tan clara que cuando cantaba, los subtítulos no se echan en falta.
Notables Carol García, con una deliciosa voz como la Gitana, la veterana María Rodríguez como Frasquita, la madre de Rafael, también Gerardo Bullón como un destacable Hormigón y Manel Esteve como un divertido padre Antón.
No podía dejar de preguntarme si pese al entusiasmo inicial por la aparición repentina de un nuevo embajador internacional de nuestra lírica, este resistiría el riguroso examen del público más purista, aquél que desea ver las zarzuelas y óperas españolas como las "imaginaron" los autores; y que lleva encadenando decepción tras decepción esta temporada. Pero a juzgar por los aplausos al final del público parece que no solo lo ha resistido sino que ha tenido un considerable éxito. Y eso a pesar de los constantes cuchicheos en las partes orquestales por parte del sector más maleducado del público, que se resiste a aceptar que ya no se habla en los interludios orquestales, como quizá en su época de juventud. Buen trabajo el de esta producción.
Las fotografías escénicas son propiedad del Teatro de la Zarzuela.



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