lunes, 21 de septiembre de 2026

¡Vaya fin de semana!: Daniel Barenboim y Kent Nagano dirigen en Madrid.


Madrid, 19 y 20 de septiembre de 2026.

La escena lírico-sinfónica de Madrid es vibrante. Aunque no esté al nivel de Londres, París, Nueva York, Viena o Berlín, nos visitan varios de los más grandes artistas. Sin embargo, este fin de semana que acabamos de dejar, podrá haber sido coincidencia, podrá haber sido incluso anecdótico comparado con otros eventos aquí y en otras ciudades; pero es representativo de lo que he dicho antes. Dos leyendas vivas de la dirección orquestal nos han visitado estos dos últimos días: el argentino Daniel Barenboim con su West-Eastern Divan Orchestra han actuado en el Festival Escena Escorial, y el estadounidense Kent Nagano se ha estrenado como titular de la Orquesta Nacional de España con la Segunda Sinfonía de Gustav Mahler. Ambos aclamados maestros acumulan décadas trabajando con las mejores orquestas, en los mejores escenarios, cuentan con un amplísimo legado discográfico y nos han visitado en varias ocasiones. Barenboim es uno de los últimos grandes directores de orquesta vivos del siglo XX: sus interpretaciones de Wagner, Beethoven, Bruckner, Mozart y demás autores germanos se han traducido en aclamados conciertos y grabaciones. Nagano es un maestro con un repertorio muy variado: uno de los grandes adalides de Olivier Messiaen, cuyo San Francisco de Asís dirigió en Salzburgo, y notable intérprete de Mahler, Wagner (ha dirigido un Anillo con instrumentos originales en los últimos años), varios autores franceses, entre otros. 

El Festival Escena Escorial se ha convertido en heredero del Festival Internacional del Escorial, inaugurado en 2005 y que tras una primera edición apoteósica, ha contado siempre con algún evento de interés. Dirigido por Alondra de la Parra, titular de la ORCAM, en su primera temporada ha traído entre otros al pianista Grigory Sokolov para su concierto inaugural, y lo concluye con Barenboim y su orquesta del Diván. El maestro argentino es uno de los más aclamados en la capital. Aún se recuerdan sus giras en Madrid con la Staatsoper de Berlín en el antiguo festival de verano del Teatro Real, con solistas, coro, orquesta y puestas en escena entre 2000 y 2003, interpretando óperas y conciertos. En 2002 nos dirigió Tannhäuser y Elektra, y yo asistí con mis catorce jóvenes años, a ambas funciones. Entre 2004 y 2011 cambió el Real (debido a diferencias con el gobierno regional, ya que este último se negó a programar el Moisés y Aarón de Schönberg ese año, por considerarlo inadecuado para su festival de verano, debido a su dificultad para el público) por la Plaza Mayor, esta vez con su orquesta del Diván, dirigiendo gratuitamente para miles de personas, obras de Beethoven, Wagner y Berlioz, entre otros. Desde entonces, se le ha visto dirigiendo o tocando el piano en el Auditorio Nacional alguna que otra vez, pero a los prohibitivos precios de Ibermúsica.


La West Eastern Divan Orchestra, su orquesta del Diván, es su más querido proyecto. En 1999, Barenboim y el escritor palestino Edward Said fundaron esta orquesta, con el fin de reunir a músicos israelíes y palestinos (y luego españoles y de otros países árabes), con el fin de dialogar por la paz a través de la música. La orquesta se ha convertido no solo en un referente pacífico, sino en una formación musical del más alto nivel. En 2026, con una guerra genocida entre Israel y Hamás que está asolando Gaza, y con unos políticos israelíes alardeando de la mayor impunidad, la idea que creó esta orquesta sigue siendo necesaria, especialmente en una sociedad española más solidaria que nunca con la causa palestina, pero en la también que chascarrillos antijudíos disfrazados de lógico antisionismo se cuelan en algunos discursos. 

El Teatro Auditorio de San Lorenzo del Escorial (muy cerca del famoso palacio-monasterio) estaba lleno hasta la bandera, con las entradas vendidas desde hace meses. Antes de iniciarse el concierto, la señora De la Parra dio un largo discurso sobre Barenboim, la orquesta y sobre el Festival. Entonces entró la orquesta a afinar, y poco después, recibiendo una fuerte ovación, entró el maestro, visiblemente frágil debido a su estado de salud (padece de Parkinson y en 2022 dejó la Ópera de Berlín debido a problemas de salud de índole neurológica). Ciertamente, la salud del maestro dio un toque de tristeza al inicio del concierto: ese hombre otrora fuerte que se recorría medio mundo en poco tiempo dando una y otra actuación, se sentó lentamente en la silla que le habían puesto en el podio, movía muy poco la batuta y la mano izquierda, incluso hojeó la partitura un poco desorientado al inicio de la primera pieza. De hecho durante la misma me daba la impresión de que la orquesta, liderada por su hijo Michael Barenboim como primer violín, andaba sola cuando el maestro no podía.

Pero cualquier limitación física se vio compensada de sobra debido al altísimo nivel de la orquesta. Barenboim no necesita moverse mucho para seguir liderando una formación,  con la que, debido al vínculo que mantiene con ella, se complementa hasta convertirse en una sola, y excelente fuerza musical. Porque desde la primera pieza, la famosa Octava Sinfonía de Schubert, la inacabada, el espectacular sonido de cada sección de la orquesta impresionó a los asistentes. Los contrabajos se arrancaron como en un leve susurro, hasta que fueron contestados por el resto de la orquesta. Entonces, las excelentes cuerdas, las imponentes trompas, las flautas, clarinetes y oboes, y la espectacular percusión dieron una interpretación electrizante del primer movimiento. Uno se asombraba con la facilidad para prolongar notas por parte de los metales. Al final del mismo, el público aplaudió espontáneamente, lo que provocó alguna sonrisa nerviosa en los músicos. El celestial segundo movimiento fue de lucimiento para la excelente madera, y de nuevo la orquesta volvió a responder con toda su fuerza. Pero lo mejor estaba por llegar.


Después vino una obra que Barenboim conoce de memoria y que es referente de ella: Tristán e Isolda, de Richard Wagner. Una ópera que durante 18 años dirigió en Bayreuth y que ha grabado muchas veces. La orquesta interpretó el Preludio y la Muerte de Amor. Esta última pieza fue de lo mejor de la velada: tras una interpretación briosa del preludio, el clarinete (sustituyendo a la voz) se arrancó íntimo y bello, para luego ir seguido de todos los demás, e inspiradísimos instrumentos, con unas cuerdas mostrando un espectacular trémolo en ambas piezas. Y aquí, Barenboim no tuvo ningún lapsus.

La segunda parte tendría que haber sido la Tercera Sinfonía de Beethoven. Pero hace unos días, y a petición del maestro, fue cambiada por la Tercera Sinfonía de Robert Schumann, la famosa "renana". Y ciertamente, la espectacular sinfonía estuvo bien servida por la orquesta. De hecho, escuchada en vivo y tan bien servida me pareció una experiencia muy superior a cuando la he escuchado en disco en mi casa, donde no era de mis favoritas. Sin embargo, por desgracia para mí, el que el evento durase más tiempo del previsto debido al discurso de De la Parra y los tiempos lentos del maestro, me obligó a irme después del segundo movimiento de esta obra, ya que a las 22 horas en punto salía el último autobús de El Escorial hacia Madrid, y la diferencia entre tomar el último autobús regular y el nocturno, es que con este último hubiera llegado en la madrugada a mi casa. Es lo malo de este teatro: está tan lejos de Madrid en transporte público que uno se siente como si viajara hasta Bayreuth, por aquello de la peregrinación por el arte, y si la función termina más allá de las diez u once de la noche, el autobús y el tren no esperan.

Aun así, ha merecido la pena desplazarse hasta El Escorial para poder disfrutar el arte que aún puede ofrecer uno de los directores de orquesta más grandes de la segunda mitad del siglo XX, aunque las visibles limitaciones que le impone su estado de salud invitan a pensar que podría ser la última vez que Barenboim dirija en España. Ojalá me equivoque.

Al día siguiente por la mañana, tenía lugar el último de tres conciertos que desde el viernes hasta ayer domingo, ha dado el maestro estadounidense Kent Nagano al frente de la Orquesta y Coro Nacionales de España, para ofrecer la monumental Segunda Sinfonía de Gustav Mahler, una de las favoritas del público madrileño (lo digo con conocimiento de causa: Alondra de la Parra la ha interpretado en el Escorial hace unas semanas, y la orquesta de Televisión Española lo hará pronto en el Teatro Monumental). Con Mahler terminó la temporada pasada y la era de David Akfham al frente de la institución, después de doce gloriosos años, y empieza la de Kent Nagano. Independientemente de lo que vaya a ser el trabajo de Nagano, mejor o peor que el de Afkham, el hecho de tener a uno de los directores de orquesta más renombrados del mundo al frente de nuestra Orquesta Nacional es todo un acontecimiento. Nagano no debuta con la orquesta: ya la ha dirigido en algunas ocasiones. Ni tampoco es un desconocido en Madrid: ha venido también con Ibermúsica.


Debido a la popularidad de Mahler y a la expectación por Nagano, el Auditorio Nacional también estaba lleno. El concierto, sin embargo, no empezó con la monumental obra del compositor austríaco, sino con un estreno: "Deseo tomó delicia", de Mikel Urquiza, un compositor español. La obra, atonal, con su empleo de las percusiones, sonidos, y un coro que recitaba y cantaba frases de poemas de Safo, no resultó del todo comprensible para el público. Aun así, no quiero atacarla: reconozco su valía aunque quizá por mis escasos conocimientos no he podido rencontrarla.

El último compás de Urquiza dio paso al arranque de las cuerdas que daban inicio a la monumental obra de Mahler. La muerte, la espiritualidad, la naturaleza, la búsqueda de Dios, y la regeneración después de la oscuridad, el surgimiento de una vida; son temas recurrentes en la obra de Mahler y en esta sinfonía. El compositor crea un mundo de conflictos, de altibajos, hasta llegar a la plenitud total que la resurrección ofrece en la apoteosis que concluye la obra. El cuarto y el quinto movimiento incluyen algunas de las más bellas composicones jamás creadas para el canto lírico. El primero de ellos, llamado "Urlicht" o "Luz primigenia" en alemán, es un poema sacado de Das Knaben Wunderhorn, una colección de canciones que Mahler tomó de los autores Brentano y von Arnim. La contralto apela al espectador, casi musitando "oh, pequeña rosa roja", comenzando una bella canción que habla primero del dolor y luego de la necesidad de regresar a Dios. Ese regreso se desarrollará en el movimiento siguiente, que pone música al poema "Resurrección", de Gottlieb Klopstock, en el que la vida vence a la muerte y Dios espera con los brazos abiertos.


Un Nagano ágil y fuerte se puso al frente de la orquesta para dar una versión caracterizada por la búsqueda de detalles, la transición de sonoridades (logrando un contraste efectivo en el paso de un tiempo a otro por parte de un instrumento) y la alternancia de tiempos. Pensaba en cuán diferente podría ser esta interpretación de cómo la haría Afkham. Esta es una obra que hay que ver en vivo para apreciarla en toda su magnitud. Nagano hizo trabajar a la orquesta de modo que cada instrumento pudiera brillar. El fagot y las trompetas que sonaron fuera de escena tuvieron un efecto mágico. El coro fue espectacular, desde el inicio de su intervención en el movimiento final, con un sonido religioso, creando un ambiente único. Otra cosa fueron las cantantes solistas, las cuales cantaban por primera vez en España: la mezzosoprano alemana Christina Bock y la soprano canadiense Jane Archibald. Bock hizo un Urlicht más bien discreto, más recogido que angelical, pareció mejorar en su segunda intervención. Archibald tiene una voz agradable, pero igualmente discreta, en una parte que por otro lado, tampoco le permite destacar mucho.

La velada terminó con una fuerte ovación a Nagano, el coro y la orquesta, pero el público de las zonas altas aportó su granito de arena al espectáculo: durante la obra de Urquiza, un móvil sonó diciendo "no hay señal", lo que provocó alguna carcajada. A mi lado se sentó una señora que literalmente se durmió, para luego despertarse y ponerse a mirar el móvil hasta el final del concierto. Algo más serio también sucedió: un señor en el público tuvo algún problema de salud y hubo que sacarlo entre varios, hasta llevarlo a la ambulancia que le esperaba fuera.

Y así termina este intenso fin de semana, en el que dos titanes de la música nos han ofrecido algunas de las mejores obras de la música centroeuropea en sendos conciertos de altísimo nivel. Aunque estemos acostumbrados a grandes eventos musicales, nunca podremos olvidar estos dos inolvidables días.


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