Cuando Wagner dijo aquello de "niños, cread algo nuevo" en una carta a su suegro Liszt, poco se imaginaría cómo terminarían interpretándolo futuros miembros de su familia. En épocas más recientes, su bisnieta Katharina Wagner, directora artística del Festival, ha llevado eso a las últimas consecuencias: en 2023, hubo una producción de Parsifal que se podía ver a través de unas gafas de realidad virtual. Para este Festival del 150 aniversario, además de la nueva gran producción de Rienzi, se ha decidido experimentar con algo aún más novedoso: una nueva producción de El Anillo del Nibelungo, exclusivamente para esta edición (dado que en 2028 se estrenará la que sustituirá a la ya retirada de Valentin Schwarz) cuya decoración corra a cargo de la Inteligencia Artificial, a cargo del curador Marcus Lobbes. La expectación creada, para bien y para mal, se inclinó hacia lo malo, a juzgar por lo leído en prensa y por lo que cuentan los que están asistiendo a las representaciones. Las fotografías de la prensa muestran un escenario vacío, en el que se proyectan diferentes imágenes: desde fuego, agua, bosque, oro, hasta fotografías históricas de los hermanos Wieland y Wolfgang Wagner, así como de todas las producciones del Anillo en la historia del Festival de Bayreuth: imágenes de las históricas producción de Wieland Wagner o de Chéreau, como otras pertenecientes a las de Flimm, Castorf o Schwarz. Para facilitar la proyección, los artistas han debido llevar un vestuario de plástico con tintes de color negro, más parecido a una bolsa de basura y con una textura que evoca a guantes descartables de supermercado. El resultado, muchos abucheos al final de las representaciones. ¿Y si Wagner, que tan equivocado estaba en su panfleto "El Judaísmo en la Música", hubiese llegado a la conclusión de que en lugar de los judíos, fuera la Inteligencia Artifical la que no es capaz de crear arte de verdad? El público de Bayreuth sí que lo piensa.
Este Anillo del sesquicentenario, a juzgar por lo oído y por lo leído en prensa sobre la producción, quedará en la historia del festival como una anécdota, comparada con la histórica y excepcional producción de Rienzi antes referida. Pero no será solamente esta ópera de juventud la única causa, sino también el evidente fracaso de haber confiado la decoración (porque no hay una puesta en escena como tal) a la Inteligencia Artificial, y al elenco, con unas voces en ocasiones demasiado líricas para los roles que interpretan. Lo que ha quedado para la historia, pero no es suficiente, es la dirección de Christian Thielemann al frente de la Orquesta del Festival de Bayreuth. Thielemann es, ya con Daniel Barenboim semiretirado, el principal director wagneriano del mundo. Realmente lleva años siéndolo, pero para muchos compartía el trono con el argentino. Además, Thielemann tiene una química especial con el Festival de Bayreuth, con el que lleva trabajando desde el año 2000. Ya entre 2006 y 2010 dirigió el Anillo en el Festival, en una interpretación antológica. Y ha dirigido todo el canon wagneriano en el Festspielhaus, hasta el punto de verse asociado con el mismo.
En los últimos años, y siguiendo la costumbre de su maestro Herbert von Karajan, del que fue asistente en el Festival de Salzburgo, cuenta con elencos de voces líricas, como se ha dicho antes, para óperas wagnerianas. De este modo, sus interpretaciones, enraizadas en la tradición alemana, de tempi lentos en los que permite a cada sección lucirse, así como transmitir lo épico de las partituras, hace que se centre en cuidar mucho las voces, lo que hace que pierda un poco de espectacularidad. En El Oro del Rin, realiza una bella pero un poco rápida interpretación del preludio, especialmente desde que suena el motivo de las cuerdas. La orquesta da unos golpes impactantes en la entrada de los gigantes y en la de Erda. La Valquiria es posiblemente lo mejor de este ciclo en cuanto a orquesta: desde el preludio del primer acto, electrizante y tenso, Thielemann da una interpretación majestuosa, pero también lírica cuando ha de serlo. En Sigfrido, su interpretación destaca en momentos como el preludio del primer acto, cuya lentitud transmite lo lúgubre de la cueva de Mime, o en el espectacular tercer acto, en el que las siempre maravillosas cuerdas tuvieron un lucimiento en el momento en que Sigfrido entra en la roca de las valquirias, tras una interpretación espectacular del interludio. Igualmente opulento, y al mismo tiempo lento, se muestra en el Ocaso, donde hay momentos memorables como el interludio del primero al segundo cuadro del primer acto, o en la marcha fúnebre. El final fue como siempre emotivo.
Klaus Florian Vogt, el tenor imprescindible en Bayreuth, ha asumido la tarea titánica de cantar los cuatro roles de su cuerda más importantes en el Anillo: Loge, Siegmund y Como Loge, suena bastante lírico, como un término medio entre las tradicionales aproximaciones heroicas y grotescas a la hora de interpretar el personaje. Como Siegmund, es lírico y pasable en el primer acto, pero tiene momentos en los que la voz es demasiado inane. Siegfried, y todo ello después de haber cantado el rol de tenor solista en la Novena de Beethoven, también con Thielemann. Este señor tiene una voz muy peculiar, de un timbre juvenil pero al mismo tiempo tan poco heroico que no encaja con todos los roles que suele cantar. En lo referente a Siegfried, es un rol que le excede: da una de cal y otra de arena. Hay momentos en que la voz parece encajar por timbre, siempre que no se olvide que hay tenores de voces más grandes y que transmiten más personalidad que la suya. Y en otros, simplemente es insuficiente e incluso insulsa. Con un Schager ya tocado, parece que Vogt es, sin serlo por cuerda, el heldentenor wagneriano más solicitado, debido a su resistencia y capacidad de cantar muchas funciones sin mostrar mucho agotamiento... aunque sea con esa voz que tiene.
Camilla Nylund es otro quiero y no puedo como Brunilda. Hay momentos en que me recuerda un poco a Eva Marton, pero sin tener su volumen ni su su fuerza vocal. Me la recuerda por su voz desgarrada. Igual que Vogt, hay momentos en que parece encajar, pero otros en los que la voz tiende al grito, además de contar con un vibrato molesto. Y es una pena, porque roles como Eva en Maestros o Elisabeth en Tannhäuser se adaptan mejor a su voz.
Elza van der Heever es una Sieglinde muy aguda y de timbre dramático, y como en el Anillo de la Scala, habría sido ideal que se cambiara los roles con Nylund.
Michael Volle tiene una voz madura que le permite encajar con el rol, transmitiendo su ironía y su experiencia con el mundo, especialmente en Sigfrido, pero en Oro y Valquiria es capaz de mostrar, incluso aunque a la voz le falte más rotundidad, la nobleza y los conflictos del personaje. La fragilidad o ironía del mismo, musicalmente se traduce en su capacidad para atacar en piano, como en su gran final en La Valquiria, aunque la frase final la cantó con algún que otro apuro.
Es una alegría, relativa, el contar con un Alberich de la talla de Jochen Schmeckenbecher. Y no porque sea el nuevo Gustav Neidlinger. Este barítono ya lleva muchos años de carrera y se le nota la voz madura. Pero después de haber contado con un barítono tan ligero como Olafur Sigurdarson en el rol los últimos años, el oír a un Alberich con grave y timbre villanesco, es casi una bendición.
Gerhard Siegel tiene la voz ya madura y hasta un poco grave como Mime, tras décadas siendo uno de los referentes del rol, y siendo posiblemente, el spieltenor más importante del mundo operístico alemán. En sus interpretaciones se nota experiencia y tablas, una caracterización excelente de lo grotesco del personaje.
Christa Mayer tiene la voz ya madura, aunque con entrega escénica, para Erda y Waltraute. Pero le falta el grave y la presencia que Anna Kissjudit tiene en el rol de Fricka y la primera norna, una voz impresionante.
Mika Kares interpreta a Fasolt, Hunding y Hagen, con una solvente y espectacular voz de bajo profundo. A buen nivel Michael Kupfer-Radecky como Gunther y Magdalena Hintendobler como Gutrune. Siyabonga Maqungo, habitual en el Festival, es un Froh bellamente cantado, con una preciosa voz lírica.
El resto del elenco, entre cumplidor y notable. Y siempre acompañados, aunque solo en el Ocaso, del genial Coro del Festival.
Este Anillo-IA quedará en la memoria de los que fueron a verlo en el Festspielhaus, pero gracias al audio de las transmisiones radiofónicas, podemos disfrutar del regreso del maestro Thielemann al Anillo en el teatro para el que fue creado. Esperamos ya con ganas el Anillo de 2028.
Las fotografías y vídeos escénicos no son de mi autoría, si alguien se muestra disconforme con la publicación de cualquiera de ellas en este blog le pido que me lo haga saber inmediatamente. Cualquier reproducción de este texto necesita mi permiso.






No hay comentarios:
Publicar un comentario