Cada año que comento la transmisión por vídeo de la ópera inaugural del Festival de Bayreuth, celebro otro año de blog. Este año es el noveno. Durante estos nueve años, he intentado desde mi humilde bitácora, transmitir al lector lo que se vive en la vibrante escena operística madrileña, esperando que con ello, el mundo conozca un poco más la grandeza de las producciones líricas en la capital, y con qué pasión los madrileños amamos la ópera. Una vez más, gracias a la generosidad del Festival de Bayreuth, Stage+, la televisión alemana y finalmente internet, millones de wagnerianos y melómanos en todo el mundo pueden disfrutar de la magia de cada nueva producción en la colina verde, año tras año.
Este 2026 es especial, porque el Festival de Bayreuth, el más antiguo del mundo en su género, cumple 150 años. La voluntad inquebrantable de Richard Wagner, quien estaba revolucionando la ópera, convirtiéndola en un espectáculo de arte total, le llevó a construir un teatro donde poner en práctica sus visionarias ideas musicales y escénicas. La pequeña y encantadora ciudad de Bayreuth fue la elegida. Así, en 1876, hizo historia con la primera representación del ciclo completo de El Anillo del Nibelungo, en un teatro con un aforo que imitaba el de los anfiteatros de la Antigüedad. Con su estructura, era el espectáculo y no las grandes familias y sus lujosos atuendos, lo verdaderamente importante. Wagner murió siete años más tarde, pero su revolucionario teatro adquiriría una importancia para su país que fue más allá de lo musical, para bien y para mal. El Festival de Bayreuth se convertiría en el santuario principal de una religión que estaba en su punto más álgido: el nacionalismo alemán, con fatales consecuencias décadas más tarde. Desde la Segunda Guerra Mundial, el Festival volvería al espíritu wagneriano, pero desde una insospechada aproximación para el aún público aún nacionalista: el de la experimentación artística constante y cada vez más radical.
Para el sesquicentenario del festival, su actual directora artística y bisnieta del compositor, Katharina Wagner, ha optado por una celebración tan especial como osada: incluir en su programación nueve funciones de Rienzi, la gran ópera de juventud de la que el maestro renegó. El Festival, y con él la tradición operística, han reducido el canon wagneriano, aquel donde se reconoce su grandioso y revolucionario estilo musical, a diez de sus trece óperas completas, de El Holandés Errante (su cuarta ópera) a Parsifal (su decimotercera y última). Rienzi, la tercera de ellas, sin embargo gozó de una gran popularidad en vida del compositor y en Europa fue frecuente verla hasta la Segunda Guerra Mundial. De hecho, fue la primera ópera wagneriana que se vio en España, en 1876 en el Teatro Real de Madrid. Hoy en día es una rareza, y no goza de la misma popularidad que el canon, ni siquiera entre los wagnerianos más acérrimos. Es una obra que aunque tiene muchos grandes momentos, en los cuales se escuchan trazos de la grandeza posterior que vendrá, adolece de otros en los que la música no llega todavía a la madurez total. Además, al adoptar usos del género entonces en boga y hoy pasado de moda como es la grand-opéra, incluye demasiados coros, danzas y marchas militares que la hacen durar demasiado. Por eso es que hoy en día solo la fabulosa obertura y en cierta medida la plegaria del tenor del acto quinto es lo único de la obra que se escucha con asiduidad.
Parece que no se puede hablar hoy en día de esta ópera sin mencionar una desgraciada casualidad: era de las preferidas del odiado dictador genocida nazi Adolf Hitler. Cuando era un adolescente, en enero de 1905, Hitler asistió con su amigo August Kubizek a una función de Rienzi. El futuro tirano se quedó fascinado con esta grandilocuente ópera que contaba la historia de un noble romano medieval, que intentando liberar a su pueblo de la tiranía de los aristócratas, se convierte en un caudillo que buscaba devolver a Roma su antigua grandeza perdida. Años más tarde le contaría a Kubizek que "en aquella hora comenzó todo", es decir, su devastadora andadura política. Irónicamente, el Rienzi histórico, Cola di Rienzo, se convertiría en la clase de tirano que deseaba combatir y acabó derrocado. Y ya sabemos cómo acabaron Hitler y aquella Alemania a la que quiso "devolver" su grandeza perdida tras la Primera Guerra Mundial. A Hitler le debemos también no conocer cómo concibió Wagner esta ópera, porque el manuscrito original le fue regalado por su cincuenta cumpleaños, y con el tirano pereció en la Batalla de Berlín, perdiéndose para siempre. En la obra de Wagner, el pueblo derroca a Rienzi y este muere maldiciendo a este pueblo "degenerado" (palabra favorita de los nazis) indigno de él. Hitler se suicidó abandonando al pueblo al que llevó al desastre, pensando que ya no era el pueblo superior por el que tanto luchó. Es bastante molesto tener que mencionar la relación Rienzi-Hitler, sino fuera por la importancia de su representación en Bayreuth por primera y única vez, en un teatro que fue santuario del nazismo; y que en su enésimo -y necesario- ejercicio de expiación de culpa, ha realizado un concierto-conferencia en homenaje a los artistas judíos perseguidos por el nazismo, con música de Mahler y Haas. Además, la prensa alemana se ha encargado de explotar esta penosa casualidad de forma sensacionalista en todos sus titulares, reduciéndola a "la ópera favorita de Hitler".
A pesar de todo, Rienzi es más que eso, y es más que una obra renegada. La historia fascinante de este histórico noble romano corrompido por el poder, acompañado de su potente música gana mucho cuando se escenifica. Por eso, es una alegría, dada su relevancia para la historia inicial del wagnerismo, verla al fin representada en el teatro de Wagner, con su genial coro y orquesta, y al mismo tiempo una pena que solo se represente este año. Para tan única ocasión, se ha llamado a un equipo femenino para su realización. Las directoras de escena húngaras Alexandra Szemerédy y Magdolna Parditka han tomado el argumento de Rienzi, y en un paralelismo con su historia, han trasladado la acción a una época actual. En un mundo polarizado y cada vez más desigual como el nuestro, hay nuevos Rienzis que llegan al poder prometiendo recuperar la grandeza perdida, apelando al sensacionalismo para ganarse a la gente. Por eso, esta ópera demuestra sorprendentemente adaptarse muy bien a una actualización, que las registas han logrado con éxito. La Roma de las señoras Szmerédy y Parditka es una ciudad pobre y desigual, en la que la crispación se respira en el aire. En esta producción asistimos al auge y caída de un tirano y su pueblo en un mundo de redes sociales y violencia.
El telón se abre al poco de comenzar la obertura, mostrando una casa con tres habitaciones. En ella vive Rienzi junto a su hermana Irene, y el hijo de ambos, de frágil salud. Rienzi trabaja en su despacho, y a mitad de la pieza, el hijo muere. Posteriormente, se iluminan los pisos de arriba y de abajo, mostrando un gris edificio, propio de países comunistas del este, en el que hay varios televisores en los que se muestran comentarios de redes sociales y noticiarios. Se muestran en las pantallas comentarios de gente sobre la incestuosa relación de Rienzi e Irene. El primer acto es un mítin político de Rienzi, Orsini y Colonna, que se presentan a unas elecciones, mientras aparecen rodeados de reporteros con sus cámaras y gente pendiente de sus smartphones. Rienzi gana esas elecciones, lo que se muestra en una pantalla que muestra los resultados electorales y los escaños obtenidos en la Curia Romana. Hay que decir que todas las noticias que se ven en los televisores, así como las pancartas a favor de los candidatos están en inglés, lo que contrasta con la ópera cantada en alemán. El segundo acto muestra la curia, y una escalinata en la que aparece el hijo muerto de Rienzi mientras fuera de escena canta el mensajero de la paz, como si en esta versión, este se mostrara en el fantasma de su hijo. Entre algunas escenas, así como al final, aparece una pared repleta de carteles propagandísticos en inglés, alemán y latín sobre la situación política. El ballet es el momento más importante de este acto. Se trata de una pantomima cómica del propio Festival de Bayreuth, dirigida por un niño caracterizado de estatua dorada de Ottmar Hörl, por la que desfilan actores disfrazados de personajes del Anillo, Lohengrin, Tannhäuser, Tristán, Maestros Cantores y Parsifal. Esta pantomima incluye una imitación de los descansos, con un puesto de comida y unos baños que imitan los del propio teatro, e incluso las fanfarrias.
El tercer acto muestra a Irene y Adriano viviendo juntos, mientras los romanos se preparan para la guerra. Hay una rebelión, liderada por Orsini y Colonna, que requiere el reclutamiento hasta de niños soldado, y se ve a una madre despedirse de su hijo reclutado. La rebelión termina con los romanos sucios y cansados, recibiendo medallas, con la ejecución de los rebeldes, lo que disgusta a Adriano, y con la madre antes mencionada llorando ante el cadáver de su hijo y luego recibiendo su uniforme militar. El acto cuarto comienza, sorprendentemente, con la plegaria de Rienzi, que debería inaugurar el quinto. Rienzi, ebrio, sujetando una botella en mano, intenta suicidarse, antes de cantar su famoso número. Volvemos a la curia, en la que se ve a la madre del niño soldado aplaudiendo con poco entusiasmo, pero Rienzi no es el mismo del acto segundo, cada vez que oye el Te Deum, se derrumba. Incluso Adriano intenta dispararle desde un edificio pero no puede porque está Irene. En el acto quinto, en el dúo de los hermanos, estos se autolesionan. Al final, se ve a Rienzi en lo alto de la escalinata, desvaneciendose con un grito de dolor, mientras que la curia se hunde, e Irene no muere, sino que abraza a Adriano, libre para amarlo tras la muerte de su dominante hermano, del que estaba bastante harta a lo largo de toda la obra.
Rienzi es una obra que habitualmente se representa con cortes. El propio Wagner preparó una versión cortada para representarse en una jornada, que es la edición de la clásica grabación de EMI con René Kollo. Lo más cercano que estamos a oir lo que estrenó Wagner fue la grabación de Edward Downes para la BBC, que dura 280 minutos. En esta ocasión, se ha preparado una "edición Bayreuth", que ha dejado la obra en tres horas y media, en la que los cortes han afectado menos a las partes cantadas. La dirección orquestal corre a cargo de Nathalie Stutzmann, ya habitual en el Festival. Una de las cosas que levantaban expectación era el cómo sonaría esta música con esta orquesta. El resultado es el esperado: la Orquesta del Festival de Bayreuth le viene como anillo al dedo. La señora Stutzmann la dirige con brío y pulso dramático, excelente en la obertura, el ballet y las marchas, reflejando el ambiente marcial de la música. Excelentes las cuerdas en la famosa aria de Rienzi, aquí cambiada de sitio por decisión de las directoras de escena. El Coro del Festival de Bayreuth, dirigido por Thomas Eitler-De Lint mantiene el nivel musical alto, especialmente en sus escenas del segundo acto, y el sobrecogedor coro en latín del cuarto, en un caso único en la obra wagneriana, en el que hay un canto en latín y además en gregoriano.
Andreas Schager lleva muchos años en el trono de los heldentenores, y junto a Vogt, es el tenor principal de Bayreuth. Además el rol no le es ajeno, en 2012 lo cantó en Madrid con gran éxito. Sin embargo, en esta ocasión la voz suena ya algo cansada y vibrante, lo que afectó a su famosa aria de la plegaria, donde pasó algún apuro. Sin embargo, su experiencia escénica y recursos musicales (atacar frases en piano para administrar la voz) le permiten sacar adelante la función.
Gabriela Scherer interpreta a Irene, hermana y pareja de Rienzi. En esta versión Irene no es la joven virtuosa y virginal del libreto, sino una mujer madura y cansada de su hermano, con el que ha tenido un hijo, y que parece que está sometida por él (¿una alusión a la relación de Hitler y Geli Raubal, o incluso un ataque a la de Donald y Melania Trump?). La voz oscura de Scherer podrá adaptarse mejor a las partes más dramáticas, por no decir que casa con la imagen de ella que crean las registas, pero le quita todo el lirismo al personaje, además de su poco grato agudo.
Jennifer Holloway fue un Adriano excelente, bien actuado y cantado.
El resto de secundarios es el habitual en los elencos de Bayreuth, y su nivel es habitualmente excelente. Vitali Kowaljow tiene la voz un poco avejentada como el Cardenal, Michael Nagy y Andreas Bauer Kanabas son unos bien cantados Orsini y Colonna respectivamente. Matthias Stier fue un Baroncelli excelente, con una bella y prometedora voz de spieltenor. Cecco del Vecchio fue interpretado por un notable Michael Kupfer-Radecky, y Victoria Randem tiene una voz muy dulce como el Mensajero de la paz.
La función se saldó con un enorme éxito, a juzgar por los aplausos entusiastas y la crítica. También por lo excepcional del asunto: a priori, Rienzi solo se programará este año, como se ha dicho. Esperamos que no, y que vuelva en ediciones posteriores. Es cierto que Wagner no la quería en Bayreuth, que no es fácil para muchos wagnerianos debido a su duración y grandilocuencia, pero en vivo y escenificada gana bastante. Aun así, la orquesta y el coro le vienen como anillo al dedo, y este ya es el Rienzi del siglo XXI, debido al excelso nivel escénico y musical. Afortunados son los que vayan a estas funciones en el Festspielhaus... el resto del mundo les vemos con sana envidia.
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