miércoles, 1 de julio de 2026

Fuego vocal en medio de una gran nada: estupendo Trovatore veraniego en el Teatro Real.

 

Madrid, 29 de junio de 2026.

He llegado, a la crítica número 500, después de casi nueve años de actividad, los que cumpliré en un mes. Y me complace que esa cifra se corresponda con el acontecimiento lírico del verano en Madrid, que siempre se corresponde con una ópera clásica y popular. Este año, esa ópera es Il Trovatore, de Giuseppe Verdi, todo un monumento musical.

Verdi tenía un vínculo especial con España. Varias de sus óperas como Ernani, La Forza del Destino ( acuyo estreno en Madrid asistió), Don Carlo y este Trovatore, transcurren en nuestro país. Esta ópera, al igual que Simon Boccanegra, es una adaptación de una obra del dramaturgo romántico español Antonio García Gutiérrez. La trama es volcánica, algo habitual en el drama romántico: una gitana pierde a su madre en la hoguera, acusada de brujería. Para vengarse, secuestra al bebé del culpable, el conde de Luna, y tras sacrificar por error a su propio hijo, pensando que se trataba del hijo de su enemigo, termina criando a este, llamándolo Manrico. Años más tarde, el hijo del viejo Conde de Luna, y su hermano el trovador gitano, se disputan los amores de una bella mujer, Leonora. Una historia tan liosa es compensada con una música maravillosa, para un cuarteto protagonista de enjundia, con arias célebres y un famoso coro de gitanos, en una de las óperas más queridas por el público, de la que se dice que requiere los cuatro mejores cantantes del mundo. Azucena es el personaje más interesante de la trama, la que dirige la misma con su trágica vida y su terrible venganza. Traumatizada por la violenta pérdida de su madre, de la que no pudo ni despedirse, y quedándose sola en el mundo, esta mujer ávida de venganza es varias veces excluída: es mujer, es pobre y es gitana. Aunque estas circunstancias no blanquean ni redimen precisamente a este personaje, sí consiguen que este rocambolesco drama se centre en algo intemporal: el dolor ante las injusticias o la pérdida de nuestros seres queridos, puede llevarnos a desatar grandes tragedias y hacer un mal enorme. Más aún si se se es pobre y se es gitano, algo peligroso para la vida en el siglo XV, y aún una fuente de exclusiones en el XXI. 

Verdi le da dos números importantes en el segundo acto y un largo dúo con su hijo en el cuarto, y se encarga de cerrar la obra cuando grita "¡estás vengada, oh madre!" al final del acto segundo. Il Trovatore es una obra recurrente en la historia del Teatro Real y de los teatros madrileños que han programado esta ópera a lo largo del siglo XX. En el Real moderno, se vio en 2001, con un José Cura que fue abucheado en plena función, teniendo que retirarse de la producción; en 2007, cuando la vi por primera vez, para la que Roberto Alagna estaba previsto pero al final canceló y le sustituyó Francisco Casanova, acompañado de Fiorenza Cedolins y la mítica Dolora Zajick como Azucena.  Para este regreso, se vuelve a contar con la producción de Francisco Negrín, estrenada en 2019 en este mismo teatro, caracterizada por su oscuro minimalismo, aunque la estética y la ambientación no distraen del argumento principal. Para describirla, recurro a lo que dije en mi crítica de entonces, sobre la función que vi con Francesco Meli, Lianna Harotounian, Ludovic Tezier y Ekaterina Semenchuk:

"La producción de Negrín, tal y como dijo en la prensa, busca mostrar en escena cómo los fantasmas del pasado son capaces de atar y condicionar a los personajes. Para ello, hace aparecer a la madre y al verdadero hijo de Azucena, como unos personajes más de la acción. La acción tiene lugar en un espacio metálico, frío, que intensifica el patetismo y el lado más oscuro de la obra hasta hacerla irrespirable. En las zonas inferiores  hay espacios donde el coro, tan importante en la obra, canta sin estar del todo visible en varias escenas. Además, en determinados momentos hay dos postes que se cruzan formando una cruz, y que dividen el escenario de forma eficiente, como en la escena del convento. Este minimalismo salvaje intenta que nos concentremos en la tragedia de Azucena, pero en algunos momentos resulta aburrido: los efectos dramáticos que crean las apariciones de los fantasmas  no compensan el feísmo de la producción que en ocasiones termina por aburrir o por volverse irrelevante.

Nada más abrirse el telón, vemos a Azucena invocando el fuego en una mesa de donde salen llamas reales, y a su madre en lo alto del escenario. Ferrando cuenta su narración a unos niños mientras el coro canta escondido. En el segundo acto se ve al verdadero hijo de Azucena como la segunda aparición espectral y de gran peso, ya que en los dúos con Manrico ella habla más con el fantasma de su hijo biológico que con su hijo adoptivo, un reflejo de su locura. El coro de gitanos es un momento interesante, con las mujeres haciendo hechizos mientras los hombres cantan casi fuera de escena. Un contraste de vestuario tiene lugar entre los hombres del Conde de Luna, vestidos de cuero negro y los de Manrico, vestidos de cuero natural. En el tercer acto se ve al Conde rabiar mientras se ve a Manrico y Leonora juntos en una torre. En el dúo final se ve a la madre de Azucena sujetar con unas cadenas a los amantes, como un anticipo de sus trágicos finales antes de pasarle la cadena, es decir decidir el destino de la pareja, a su hija. Al final se ve a Azucena proclamar su triunfo final mientras empuja uno de los paneles que hacen la cruz mientras el fuego se proyecta al fondo del escenario y las llamas salen de la mesa omnipresente."

Siete años más tarde, la producción sigue generando el mismo efecto. No molesta, pero tampoco destaca. Permite seguir la historia, pero en una obra con una historia tan efervescente de tensión e intrigas, tanto vacío y tanta oscuridad más que intensificar, ralentizan. Parece un paraíso de hormigón. los gitanos parecen haber sido transformados en Nosferatu. El fuego real emergente de esa mesa es efectivo a nivel visual pero uno se olvida de él. No es creíble que mientras Leonora dice que al fin tiene a su lado a Manrico y aún no se lo cree, lo esté haciendo apoyándose en una columna a considerable distancia de él. O que al final de la ópera, Azucena - y antes su madre- tira de una cadena de la que tiran Manrico y una moribunda Leonora, como una manifestación visual de cómo ella lleva las riendas, ahora literalmente, de la historia.

El maestro italiano Nicola Luisotti dirige a la Orquesta del Teatro Real en estas funciones, alternándose con François López-Ferrer, hijo de Jesús López-Cobos, el mítico director musical del Teatro Real entre 2002 y 2010. Luisotti dirigió el Trovatore en este mismo teatro en 2007, y en esta ocasión, como de costumbre, da una lectura apasionada, fuerte y ágil de la obra. Luisotti no se conforma solo con concertar las voces, sino que hace que la orquesta se esfuerce por tener su momento. Y lo consigue: hay tensión teatral. Las cuerdas no sonaron apagadas, sino vigorosas en toda la función. El clarinete tuvo sus momentos en el aria del Conde de Luna y en la bella y al mismo tiempo sombría introducción del acto cuarto. El Coro del Teatro Real, al frente del maestro José Luis Basso, tuvo algunos inconvenientes en la primera parte. Pero no por nada que se les pueda atribuir, sino a la inconveniente producción. En el primer acto, los hombres cantaban dentro de los decorados, que eran como una especie de cárcel que aprisionaba su vigoroso sonido, algo que afectó al célebre coro de gitanos del segundo acto. A partir del segundo cuadro de dicho acto, por fin aparecieron en escena, y las mujeres cantaron el breve coro de religiosas en un pianissimo maravilloso, casi de música sacra. Al inicio del tercer acto, los hombres pudieron por fin exhibir sus poderosas voces y su capacidad actoral. 

De nuevo, varios repartos han sido convocados para cantar esta gran ópera en el Real, hasta un total de cuatro elencos con varias de las mejores voces del momento. En esta crítica reseñaremos el primero.

El tenor polaco Piotr Beczała regresa al Real como un vigoroso Manrico. No podría decir que perfecto, pero lo que mostró, lo hizo a plena voz. Ya desde antes que apareciera, en el "Deserto sulla terra" que canta fuera de escena, se advertía un canto bellísimo. Así se mantuvo durante casi toda la función, sobreviviendo al difícil "Ah sì ben mio" y a la "Pira" del tercer acto (lástima que no se diera la repetición). Había entrega musical y actoral.

Marina Rebeka está en forma vocal, y se puede permitir soltar agudos potentes y hacer alguna exhibición de coloratura, pero al mismo tiempo es musicalmente fría. Así, en el "Tacea la notte placida" estuvo bien, pero la cabaletta "Di tale amor" se permitió soltar dos agudos espectaculares que asombraron al público. Luego en su gran escena del acto cuarto volvió a mostrar su potente agudo en el "D'amor sull'ali rosee", pero estuvo mejor al final del "Miserere" que sigue a la famosa aria. 

Ksenia Dudnikova fue una excelente Azucena. La voz corre por la sala, parece carnosa, y los graves, típicos de la escuela eslava, estremecen. Su actuación fue musicalmente impactante, aunque en el "Stride la vampa", algunos agudos parecían fuera de control. Nada que empañara una función estupenda, con una electrizante versión del aria "Condotta ell'era in ceppi".

Artur Ruciński, habitual en el Real, dio un Conde de Luna bien cantado, un villano que musicalmente muestra algo de nobleza y de belleza en el canto. Su Conde es una mala persona, pero no es un bruto repulsivo, sino un hombre educado consumido por el rencor y el odio. Su interpretación de "Il Balen del suo sorriso" fue bella, emotiva y cantada sensiblemente. 

Krysztof Baczyk fue un Ferrando al que costó oir en ocasiones. Una voz con grave, pero de timbre tosco. Rocío Faus sonó como una gran Ines, con una voz preciosa para tan corto personaje. Y lo mismo les pasa a los notables tenores Fabián Lara como Ruiz y Moisés Marín como el mensajero, con voces que merecerían personajes de más relevancia.

Al tratarse de la función de estreno, la jet set madrileña se dio cita en el teatro, a juzgar por las noticias de la prensa rosa al día siguiente, los paparazzi parados en la puerta principal, y los coches elegantes a la salida del espectáculo. Sin embargo, lo importante es que al acabar la obra la sala era una fiesta: ovaciones a todo el elenco, especialmente a Dudnikova, Rebeka y Beczala, quien fue el que más recibió. También como es habitual, hubo un abucheo casi unánime a Negrín (me enteré hace poco que era bisnieto del presidente Juan Negrín) y su equipo al salir a saludar. 

Esta vez el Real lo ha vuelto a hacer: no hace historia, pero nos ofrece una ópera maravillosa, con lo mejor que hay para interpretarla. Y el disfrute está garantizado. Hacía tiempo que no se veían tantas estrellas en la ópera del verano, quizá desde esa Tosca legendaria de 2021, en plena pandemia. Esperamos con ansia las funciones de Anna Netrebko a partir de la próxima semana.


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